Boris Eifman, un enorme artista

03/May/2017

Milim Cultural Nº 254, Traducción de Alicia Benmergui (Fuente: The Jewish Chronicle)

Boris Eifman, un enorme artista

En el mes de mayo se presentará en Buenos
Aires, el Ballet uruguayo del Sodre con la obra del artista Boris Elfman, El
Hamlet Ruso. Boris Elfman es el hijo de
una pareja de judíos ucranianos enviados a Siberia durante la Segunda Guerra
Mundial cuando Boris era un niño pequeño.
Estudió coreografía en el Conservatorio de
Leningrado, a los 13 años hizo su primera escenografía y a los 16 años fundó su
propia compañía. «Para ese entonces comenzó con la creación de obras de
ballet que exploraron no sólo el movimiento, sino también el mundo interior del
ser humano.»
A diferencia de muchos otros judíos de
Rusia, Eifman nunca ha cambiado su nombre o huyó a los Estados Unidos o a
Israel, a pesar del acoso antisemita al que lo sometieron las autoridades. Elfman
permaneció en San Petersburgo hasta 1989, cuando luego de su viaje a Israel
creó su obra Mi Jerusalén. Boris Eifman es un coreógrafo que no hace nada a
medias. Sus ballets muestran la danza como un gran drama, basado en historias
como Anna Karenina, Los hermanos Karamazov, la vida de Rodin y una Aldea Rusa;
favoreciendo una expresión emocional extravagante, que constantemente rompe los
límites del lenguaje de la danza clásica.
Este año su compañía cumple 40 años, Elfman
dijo en una entrevista que siempre se sintió atraído por las ideas y la
herencia intelectual de Sigmund Freud. Ahora, con 70 años, él es uno de los
pocos coreógrafos y directores de compañías teatrales judíos en Rusia y
disfruta de un alto perfil y un fuerte apoyo estatal. Esto ha sido duramente
ganado, han sido más de cuatro décadas que su compañía ha resistido tiempos de
profundos trastornos en Rusia «Los primeros diez años, en la URSS, fueron
épocas muy difíciles, durante el cual trató de establecerse como un coreógrafo
libre en una sociedad que no lo era», dice Eifman. «Hemos tenido que
luchar por cada producción y cada actuación.» Entonces vino la
perestroika: «La libertad estaba fluyendo – pero se parecía a la anarquía,
porque la situación financiera fue un completo desastre, todo estaba cayendo en
picada y no había viabilidad financiera, incluso para crear un espectáculo
Muchos bailarines se pasaron al oeste y fue una tarea compleja poder mantener
el teatro.
«Los últimos años han sido una especie
de renacimiento. La compañía tiene un fuerte apoyo, tanto financiero como
moral, de las autoridades y hoy tenemos la oportunidad de presentar nuestro
arte por el mundo.» Cada temporada se dan alrededor de 100 actuaciones en
Rusia, además de extensas giras; este año han visitado Kazajstán, Hungría,
Eslovenia, Eslovaquia, Georgia, Bielorrusia, Mónaco y Tel Aviv, donde se
agotaron todas las entradas en la Opera Israelí.
La identidad judía de Eifman ha formado una
parte crucial de su arte. «Durante la era soviética me sentí algo
presionado a causa de mi identidad étnica», dice, «y ahora estoy
feliz de estar viviendo en tiempos en que a nivel oficial no se puede sentir
ninguna sensación de antisemitismo. Sin embargo, durante la época soviética,
con producciones tales como el Cantar de los Cantares y Mi Jerusalén, a pesar
de las circunstancias externas necesitaba hallar una forma de lograr una
expresión para trabajos relacionados con temas étnicos o religiosos». Mi
Jerusalén era «ante todo dirigida al público joven que ha perdido la fe en
muchos valores morales».
Es una persona que cree profundamente en
Dios», declara, «pero este tipo de conversación con un poder superior
es a nivel personal. No busca un mediador para su relación con Dios Cuando
viaja a diferentes ciudades siempre trata de asistir a una sinagoga, debido a
que muchas generaciones de judíos llegaron siguiendo los mismos pasos para
expresar sus creencias religiosas. Cuando se acerca al Muro de los Lamentos en
Jerusalén, siento que este era el lugar al que han llegado muchas generaciones de
judíos y en este momento se siente unido con las almas de todos ellos.
«En su estudio trabaja con bailarines
rusos y comparte una parte de su alma con ellos, para acercarlos y compartir
con ellos las almas de las personas con quienes se había relacionado en ese
otro mundo, a cambio de recibir de ellos su alma rusa. El gran alma judía y el
gran alma rusa juntos crearon algo nuevo, una nueva clase de experiencia
espiritual a través del arte del ballet.
Según Elfman cada artista guarda dentro de
sí mismo la memoria de sus ancestros, y él, por supuesto, no es ninguna
excepción – por lo tanto, tiene la concepción trágica de su arte, buscando la
comprensión filosófica de la vida con una sincera religiosidad. Pero su
privilegio está en la combinación de su alma judía, su invencible deseo de
saber la Verdad y la gran cultura rusa.»