El terror contado en primera persona: ¿cómo es sobrevivir al Holocausto y volver a nacer?

25/Ene/2017

Vix, Valentina Caredio

El terror contado en primera persona: ¿cómo es sobrevivir al Holocausto y volver a nacer?

En su casa de verano, Isaac Borojovich
disfruta no solo del calor de esta estación, sino también de la calidez que su
familia le transmite. Su esposa Raquel, sus cuatro hijos y sus cinco nietos han
hecho de él una gran persona. Emocionado me pregunta y se pregunta: “¿Qué más
se puede pedir en la vida? ¿Puedo pedir más a los 89 años? Más no”. Y cuánta
razón tiene.
A Isaac Borojovich la vida le puso uno de
los obstáculos más difíciles de superar: el Holocausto judío. Con 14 años se
tuvo que enfrentar a la muerte. Siendo un niño y luego un adolescente tuvo que
luchar por mantenerse vivo y por mantener viva a su familia. Se enfrentó a un
camino lleno de pozos, pero con mucha fe logró salir de cada uno de ellos. A
veces se plantea cómo hizo, cómo logró escapar tantas veces a la muerte:
“Suerte, experiencia, fortaleza mental, Dios me ayudó”.
La historia de Isaac Borojovich tiene que
ser contada, así como la historia de todos esos sobrevivientes que no solo
escaparon a la muerte sino que además lograron renacer y formar otra vida.
Porque sus vivencias pueden ayudar a que nunca más suceda una tragedia de esta
magnitud. A que ese antisemitismo que hasta el día de hoy sigue vigente -aunque
con menos intensidad- termine de una vez por todas. “Si hay un cáncer y lo
curas, ¡no aparece más! Pero si no lo curas, ¡sigue! No está curado. Es por eso
que sigue existiendo el antisemitismo”, manifiesta Borojovich.
Ser niño antes y durante la guerra
En un pueblo muy chiquito y hermoso llamado
Svir y ubicado en Polonia había 1.100 judíos y 500 cristianos. En ese pequeño
pueblo vivía Isaac Borojovich. En sus alrededores también vivían 40 familiares.
Su hogar estaba compuesto por su madre, su padre y su hermanita que tenía 6
años menos que él. Él con 14 y su hermana con 8 vieron cómo su niñez y su
adolescencia se desvanecía.
El primer día sintió un “barullo grande. La
gente no sabía qué pasaba. Solo había gritos”. Y ese día comenzó un sentimiento
que lo acompañó durante todos los años de la Segunda Guerra Mundial: “La
necesidad de sobrevivir. Solo pensaba en buscar comida y poder sobrevivir. Y
gracias a esos pensamientos estoy vivo”.
Tres guetos, seis campos de concentración y
una vida intacta: ese es el resultado de años de guerra y persecución. Su vida
comenzó a cambiar en el 39 cuando la ley soviética obligaba a tener
determinados metros cuadrados por familia: su casa era muy grande y en ella
habitaron otras dos familias. Pero la presencia de los soviéticos no fue tan
mala como cuando tiempo después llegaron los alemanes. “Ahí sí que empezó
todo”, expresa Isaac con la voz baja, como si no quisiera recordarlo.
Ese fue su primer gueto. Esa fue la primera
vez que sintió la necesidad de sobrevivir y de salvar a su familia. “Mi padre
estaba asustado y yo, con 14 años de edad, veía que si no me ponía al frente y
no conseguía comida, mi familia y yo no íbamos a existir más”.
Su afán por sobrevivir y su voluntad lo
llevó a trabajar y buscar diferentes escapatorias para sobrevivir: “Descubrí
que se puede lustrar los zapatos sin pomada y que los pisos se pueden lavar sin
jabón”. ¿Por qué su relato condujo a estos trabajos? Porque él quiere demostrar
cómo en el afán y en la búsqueda por sobrevivir la mente es fundamental.
FE: dos letras que hasta el día de hoy lo
marcan
Fue en ese primer gueto, el de Michaliszki,
donde se sintió iluminado por primera vez: Dios fue quien lo guió e impidió que
muriera. Estaba cortando la leña junto a un compañero cuando fue avisado que
tenía que volver: “Le dije a mi compañero que no me gustaba. Si llaman de golpe
no es para darnos dulces. Vamos a escondernos”. “Mañana es otro día”, pensó.
Luego veían qué excusa ponían cuando volvieran al gueto. Pasó todo un día y
cuando volvieron descubrieron que 19 niños de su edad habían desaparecido. “Es
bueno creer en algo. Si yo no me hubiera iluminado, no estaría vivo”. Y con su
voz llena de recuerdos repite: “19 niños”, como si esa cifra le hubiera quedado
marcada en la piel.
Una segunda iluminación vivió en ese
segundo gueto: “Otra salvada de la vida. Suerte, experiencia, fortaleza mental,
Dios me ayudó”. Pero, ¿qué pasó? Isaac siempre fue una persona muy culta, los
siete idiomas que sabe le permitieron moverse con más facilidad a lo largo de
su vida. Es así que un día escuchó como los alemanes, que hablaban sin cautela
porque creían que nadie les entendería, decían que iban a matar a todos
los partisanos que estaban en el bosque. Entre los guerrilleros clandestinos se
encontraba su primo, quien le había pedido que si sabía algo le contara. Los
partisanos esperaron a los alemanes en el bosque y los mataron a todos.
El día después “vinieron las preguntas”,
cuenta con picardía. Si hablaba, “me mataban”. Así que decidió no hablar,
pero eso le valió una dolorosa amenaza: si no hablaba, le quemarían los ojos
con un cigarro. No sabe cómo, pero le quedó una marca de cigarro en su cuello.
Cómo no lo quemaron no sabe, solo sabe que Dios nuevamente lo salvó.
El gueto se terminó y solo 10 personas,
quienes trabajaban para los alemanes, quedaron allí: toda su familia se fue a
otro gueto. Pero “olía algo feo. Algo malo iba a suceder”. Fue esa intuición
que lo llevó a escaparse junto a su prima en la noche, pero el siguiente gueto
quedaba a 30 ó 40 km de allí. “Tenía miedo, era un niño”, manifiesta. Si en ese
entonces hubiera sabido que estaba bien tener miedo… que no estaba mal sentirse
así y mucho menos en esa situación.
Para no atravesar el bosque en la noche,
decidió pedir ayuda en la casa de un amigo cristiano. Necesitaba pasar la noche
allí y luego, sí, escapar. Con una emoción que atravesaba las palabras me
preguntó qué me parecía que ellos le habían contestado. Y tan solo con sus
palabras imaginé lo peor: “Textualmente me dijeron que si no me iba enseguida,
llamarían a la policía”. Así que tuvo que irse caminando, en la noche, siendo
un niño… Pero llegó y encontró a toda su familia.
Allí dieron la orden de dividir el gueto:
unos irían a Vilnius, que era cercano a donde estaban, otro era más lejano y le
resultaba extraño que fueran allí. Solo que para ir a Vilnius debían pagar con
monedas de oro: su madre, su padre, su hermanita, él y un tío lograron pagar
esas monedas. El resto de su familia no. De pronto, toda esa familia de 40
personas se redujo a cinco, solo ellos y su tío. Los demás fueron asesinados
cuando iban hacia el gueto.
El gueto de Vilnius fue complicado “era
bastante difícil, pero se vivía”. Sin embargo, un día llegó la orden de
conducirlos a un campo de concentración: el primero en su historia, el primero
en los tres en los que estuvo en Estonia, el primero de los seis que atravesó
en toda su vida. Y también comenzó allí la separación con su núcleo familiar:
«A mi padre, a mi madre y a mí nos llevaron a un lugar, a mi
hermanita y a mi tío los llevaron a otro lado».
Un día cuando estaba yendo a trabajar notó
un movimiento extraño entre los alemanes. Le dijo a su padre que se quería
escapar. Pero su padre le dijo que si se escapaba lo iban a matar. Se acercó y
le susurró a su mamá que se quería ir. “Mamá siempre me apoyaba y me dijo que
haga lo que mi corazón me dicta”. Isaac intenta reestablecer las frases de su
madre, y en su voz, sus ojos y su postura se ve una melancolía llena de amor.
“La probabilidad de que me pudiera escapar
era 1 entre 1.000”. Pero lo logró. ¿Cómo? Se escondió en un pozo negro. Lo
cuenta entre risas: seguro que en ese momento no fue nada divertido, pero con
el paso del tiempo aprendió a reírse de algunas cosas que le sucedieron. Sobre
todo si se tiene en cuenta que ese desagradable pozo le permitió sobrevivir.
“No sé cuántas horas estuve allí, pero cuando estaba todo más tranquilo, salí.
Se llevaron a todos los niños de mi edad”. “¿Te puedes imaginar?, ¿cómo uno no
va a creer en Dios?”, me pregunta y a mí se me revuelve todo en mi interior. No
tengo respuestas, pero él sí las tiene: “Dios me salvó”. Eso es lo que mantuvo
vivo todos esos años, eso es lo que lo mantiene vivo hasta hoy en día. Esa fe
es la que le permite que sus 89 años tenga una vida feliz, a pesar de todo.
Más obstáculos, más fe
En ese campo se enfermó dos veces: “Estuve
inconsciente varios días porque tenía tifoidea”. Su mamá lo ayudó a salvarse:
“Mamá no comía y me daba la comida a mí, pobrecita”, cuenta bajando el volumen,
y otra vez aparece esa melancolía llena de cariño. Se salvó y enseguida dieron
la orden de irse.
Fue en el camino a otro campo cuando una
bomba le pasó cerca y lastimó su pierna. En esa peregrinación había 24º bajo
cero. “La mitad de gente se murió”. En el campo Ereda se encontraron nuevamente
con su hermanita y el tío: “Una alegría inmensa”. Pero nuevamente vino el
terror: tenían que encontrar la forma de sobrevivir a los fríos intensos. Su
curiosidad infantil le salvó la vida: “En los libritos que leía de pequeño
decía que los esquimales cuando están afuera, hacen un pozo en la nieve y se
tapan. Y eso fue lo que hice. Así, fui uno de los pocos que no se congeló”.
Entre risas pero lleno de emoción explica que si no hubiera leído se hubiera
muerto: “Otra salvadita de Dios”.
Recuerdos teñidos de tristezas, pero de
mucho amor
Me cuesta recordarlo a mí, imagínense lo
que le pudo costar a él. Con una paz inquebrantable pero su voz entrecortada y
un volumen más bajo de lo habitual, Isaac Borojovich relata lo que allí
sucedió: “Luego de sobrevivir a la noche, nos íbamos a ir todos juntos… -y deja
de hablar, generando un silencio ensordecedor en el que solo los pájaros del
balneario se escuchan-. Mamá agarró a mi hermanita… pero vino un alemán y la
arrancó de los brazos de mi mamá. No la dejó llevarla. Lloramos todos. No hubo
manera. Ese hombre sacó de los brazos de mi mamá a mi hermanita y no dejó
llevársela”.
Sobrevivir: LA misión
Los años pasaron, el Holocausto siguió
haciendo de las suyas, e Isaac solo tenía una misión en su mente: sobrevivir.
Luego de lo que sucedió con su hermanita, él junto a sus padres fueron a otro
campo de concentración, el de Stutthof. Y de allí los llevaron a otro campo. El
camino hasta allí duró seis días y lo resalta con su volumen, porque no puede
creer cómo sobrevivió a esos seis tortuosos días en un tren que no tenía ni
aire y donde no le daban ni comida ni bebida. “La mitad se murió. Les faltaba
el aire. Se morían por la falta de aire. Pero yo encontré un agujero. Pude
respirar, eso fue lo que me salvó”. Al llegar los separaron de su madre, luego
con el tiempo se enteró de que la habían llevado a una fábrica de municiones en
Hamburgo.
Se mantuvo unido a su padre. Pero un día él
se fue a trabajar y nunca volvió. Recién hace 15 años se enteró de qué había
pasado con su padre: “Una señora me dijo que mi padre junto a sus dos hermanos,
más 750 personas, habían sido asesinados el 16 de diciembre del 44 en una
fosa”.
“Estoy solo, me dije. Con 16 años estaba
solo. Y sabía que iba a terminar mal. Así que me hice el enfermo. Cuando el
doctor se dio cuenta casi me mata, pero luego de enojarse se rió porque lo pude
engañar y me dejó trabajar con él”. Nuevamente aparece su tono picaresco:
«Yo no pude creer tal cosa, tú tampoco, ¿verdad? Fue difícil pero me
pasó”.
Luego de eso, lo llevaron a un nuevo campo
de concentración. El último de esa tortuosa historia. Bergen-Belsen: “Un campo
donde no era necesario que nos mataran. Las personas se morían solas”. Allí
entabló una amistad con otro niño que, curiosamente, era un número menor al de
él. 73074 era su número, 73073 el de su compañero. Fue él quien le dijo
que venían unas mujeres y se emocionó: entre ellas estaba su madre. Ella no lo
reconoció, estaba demasiado flaco. Los volvieron a separar y seis días después
se terminó todo. Ya no había más alemanes así que decidió ir a buscar a su
madre y también un poco de comida. Al tercer día ya no daba más. “Apareció mi
madre y le dije que por suerte había aparecido. Quería despedirme de ella antes
de morirme”. Incluso, Isaac cuenta que un médico holandés le dijo a su madre
que “clínicamente no podría vivir. Pero la voluntad fue lo que le ayudó a
mantenerse con vida”.
Esa fue su última experiencia con la
muerte. Y, sin saberlo, fue su primer día de vida. Una llena de amor.
Uruguay: un destino que nunca hubiera
imaginado
Su madre recordó que sus hermanos habían
venido a Uruguay. Sin embargo, Isaac Borojovich quería irse a Israel. Pero no
se iban a separar, así que decidieron que los papeles que llegaran primeros
iban a determinar el lugar donde iban a comenzar su nueva vida. En setiembre
del 46 llegó a Uruguay, aunque antes pasó por París donde disfrutó al máximo e
hizo todo lo que se le había impedido hacer durante los años del Holocausto.
“Nunca me voy a olvidar”, cuenta emocionado
y lleno de amor, “a mí la gente me ayudaba muchísimo. Estoy muy agradecido con
Uruguay. El cariño, el amor y el bienestar que me dieron acá, en ningún lado lo
he recibido”.
Las secuelas del sufrimiento
Isaac no duda en agradecer lo que la vida
y, sobre todo, Uruguay le dio: “Mira esto -su casa de balneario-. Teniendo la
señora que tengo, cuatro hijos, cinco nietos, bienestar. Puedo recibirlos a
ustedes. ¿Qué más se puede pedir en la vida? ¿Puedo pedir más a los 89 años?
Más no”.
Sin embargo, todo lo que vivió lo marcó. Y
no solo son las marcas físicas del cigarrillo y de la bomba, son también las
secuelas que quedan dentro de sí. “Todos los días tengo pesadillas. Me
despierto a las 2, a las 4 y a las 6 de la mañana. Todos los días tengo
pesadillas. Sueños raros”. Sin embargo, su fortaleza, su fe y el amor por su
familia lo hacen ser fuerte: “Con todo, no me puedo quejar. Olvidarse es
imposible. Pero con todo lo que tengo adentro, tengo que mirar el futuro. Siempre
mirar adelante”.
Ese mirar adelante pero nunca olvidar lo
llevó a que festeje tres veces su cumpleaños todos los años: la fecha que dice
la cédula uruguaya, la fecha de su nacimiento según el calendario gregoriano y
la fecha en que fue liberado del último campo nazi.