El Museo Nacional del Bardo fue escenario de
una de las peores tragedias de la historia contemporánea de Túnez. El 18 de
marzo de 2015, una célula yihadista masacró a los turistas que lo visitaban,
provocando la muerte de 24 personas, dos de ellas de nacionalidad española.
Actualmente, un mosaico policromado con las efigies de las víctimas da la
bienvenida a los visitantes en la entrada al recinto. No se podría haber
escogido un soporte para el homenaje en mayor consonancia con el lugar, pues el
Bardo es el museo con la colección más impresionante de mosaicos romanos de
todo el mundo.
Durante un año y medio, la institución decidió
no retirar las huellas del atentado, una forma de evitar que se olvidase la
barbarie. Sin duda, el más aparatoso era el agujero de bala en una vitrina que
exhibía una estatua del dios romano Baco. Hoy ese impacto, como los que
alcanzaron la pared, han desaparecido. “Las señales del ataque acababan
acaparando la atención de los visitantes, dejando las piezas en un segundo
plano. Hemos creído que los mosaicos con las caras y los nombres bastan como
recuerdo”, explica Aziza Mraihi, responsable de las relaciones interculturales
del museo.
Más allá del homenaje a las víctimas, el museo
ha querido predicar la tolerancia religiosa con el ejemplo y acoge la excelente
exposición Los lugares santos compartidos, fruto de la colaboración con el
Museo de las Civilizaciones de Europa y del Mediterráneo, de Marsella. La
muestra explora los símbolos, personajes y lugares de culto comunes a las tres
grandes religiones monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el islam. Pocos
países constituyen un mejor ejemplo de este mestizaje interreligioso que Túnez,
pues, aunque es actualmente un Estado de mayoría musulmana, atesora influencias
culturales de las otras dos fes, la cristiana y la hebrea. No en vano, alberga
la más antigua comunidad judía fuera de Israel y fue un importante centro cristiano
en el norte de África.
Un buen número de objetos dan testimonio de
ello. “La mano de Fátima, un amuleto contra el mal de ojo muy popular en todo
el mundo árabe, es de origen pagano, y los primeros en adoptarlo fueron los
judíos”, cuenta Mraihi, que apunta también que el pez que lucían en sus
collares y otros ornamentos decorativos los primeros cristianos para
identificarse entre sí se convirtió en un símbolo de la buena suerte entre los
musulmanes.
En cuanto a los profetas, bien conocida es la
devoción por Abraham en las tres confesiones religiosas, pero no tanto la
veneración hacia la Virgen María en el Corán, considerada todo un ejemplo de
mujer virtuosa. De hecho, un panel de la exposición ofrece un dato
sorprendente: su figura aparece citada casi el doble de veces en el libro
sagrado del islam que en el Nuevo Testamento. Concretamente, 34 veces frente a
19. Esto explica, por ejemplo, que la iglesia de la Natividad de Belén sea
visitada por muchos fieles musulmanes, si bien según el islam Jesucristo no
nació en esta localidad palestina, sino en Egipto.
La lista de santos y templos venerados por
varias religiones, como la gruta de Elías en Haifa, es muy larga. Es esta
realidad de mezcla y enriquecimiento mutuo la que querían borrar a base de
balas los fanáticos. Y por ello, no hay mejor lugar para reivindicarla que este
museo.
Mosaico de religiones en el Museo del Bardo
20/Ene/2017
El País, España, Ricard González