Terezín: el secreto de la ciudad de los horrores en la que los nazis ocultaron miles de asesinatos

18/Ene/2017

ABC, España, Por Manuel P. Villatoro

Terezín: el secreto de la ciudad de los horrores en la que los nazis ocultaron miles de asesinatos

En su última novela histórica, «Los
prisioneros del paraíso», Xavier Güell recoge las historias de superación que
se vivieron en el campo de concentración de Theresienstadt. Un falso escaparate
de bondad hacia los judíos para engañar a Europa en el que morían al día entre
50 y 100 prisioneros
Una gran mentira que les granjeara buena
imagen en Europa. Eso es lo que buscaban los nazis con Theresienstadt, un campo
de concentración (y posteriormente gueto) ubicado a 70 kilómetros de Praga al
que, a partir del año 1941, Adolf Hitler envió a cientos de artistas judíos.
Todos ellos, con permiso para tocar música prohibida en el Reich, dar
conciertos, y llevar a cabo todo tipo de actividades culturales. ¿Cuál era su
objetivo? Lograr silenciar los rumores que hablaban de las barbaridades a las
que eran sometidos los reos en sus cárceles y acallar las voces que clamaban
contra la esvástica.
La farsa de la «ciudad que Hitler regaló a
los judíos» (como daban a conocer Theresienstadt los germanos) culminó en 1944.
Ese fue el año en el que la Cruz Roja Internacional envió una delegación al
campo de concentración para cerciorarse de que los rumores que hablaban de
sangre y muerte en los guetos eran falsos.
Los nazis prepararon entonces una gran
farsa para recibirles: pintaron las calles,organizaron un gran concierto
preparado por los maestros y los artistas que estaban allí recluidos, montaron
falsas tiendas en las calles y -entre otras tantas cosas- dieron abundante
comida a los prisioneros. El objetivo no era otro que engañar a los
representantes y hacerles creer en la bondad del «Führer» para con aquellos que
odiaba, y a los que asesinaba a diario de forma sistemática. El plan fue todo
un éxito, pues la delegación salió convencida de que, tal y como decía la
propaganda, los campos de concentración de Hitler eran una especie de
«balnearios».
De todos estos hechos, y específicamente
del «Freizeitgestaltung» (el comité encargado de regular las actividades
musicales en Theresienstadt) es del que habla el autor y director de orquesta
Xavier Güell en su última novela: «Los prisioneros del paraíso» (Galaxia
Gutenberg). Un texto en el que narra -a través de Hans Krasa, un personaje real
enviado al campo de concentración- cómo la música y la farsa ayudaron a cientos
de músicos a sobrevivir en plena Segunda Guerra Mundial.
«Necesitaban montar una farsa, que Europa
creyera que trataban de forma aceptable a los prisioneros en los campos de
concentración. Por ello, encerraron a multitud de artistas en este lugar y les
permitieron ejercer su profesión. Les dejaban tocar, organizar conciertos…»,
afirma Güell a ABC. Por desgracia, los únicos que tuvieron carta blanca para
dar rienda suelta a su creatividad fueron una minoría de los presos. El resto
se vieron sometidos a todo tipo de barbaridades y torturas.
El resultado de este infame cóctel fue una
prisión en la que vivían hacinadas 50.000 personas (cuando el espacio era para
apenas 5.000) y morían cada jornada decenas de hombres, mujeres y niños. Pero
también una cárcel en la que unos pocos artistas judíos tuvieron la posibilidad
de tocar música prohibida, componer obras posteriormente legendarias, y dar
conciertos a otros prisioneros con el objetivo de que el mundo considerase que
el ejército de Adolf Hitler era benévolo con los reos.
En este falso edén ubicado en el extenso (y
bárbaro) imperio nazi, convivieron juntos grandes compositores. Desde Hans
Krasa, hasta Gideon Klein. Los «mozarts» y «chopines» de su época. Auténticos
dandis que habían llenado teatros (como hoy se saturan estadios) gracias a su
música pero que, con el auge del nazismo, fueron detenidos y enclaustrados.
La vida de todos ellos (tan reales como lo
fue el jefe de las SS Heinrich Himmler) dentro del campo de concentración, son
las que narra Güell a través de esta obra. Una novela que, como él afirma,
sería histórica de no ser porque incluye algunos personajes de su invención
para agilizar y dar viveza al argumento. En la trama se mezclan amores
imposibles, barbaridades perpetradas por guardias alemanes ávidos de sangre,
superación y, en definitiva, la idea de que -como señala el autor- el gran
secreto de la vida es tener la capacidad de transformar el sufrimiento en
alegría.
«Estos compositores vivían en condiciones
durísimas, malcomían, pasaban frío, sufrían epidemias, no podían tener medicamentos…
pero, a pesar de eso, supieron usar el arte para sobrevivir. Sabían que cada
nota podía ser la última, y sabían que podían acabar muertos, pero pudieron
seguir adelante con dignidad humana», señala Güell.
El campo
Theresienstadt, antigua residencia militar
de los Habsburgo, comenzó su andadura bajo las órdenes de Hitler como basa para
las SS (las tropas más ideologizadas del Reich). Sin embargo, en 1941 Reinhard
Heydrich (encargado del protectorado de Bohemia y Moravia) decidió que aquella
región debía estar destinada a un objetivo mucho más beneficioso para: ser un
«gueto modelo».
Por aquel entonces Hitler ya había dado el
visto bueno a los primeros asesinatos con gas en Auschwitz (de forma secreta,
eso sí) y los rumores de que había comenzado el exterminio masivo de judíos
empezaban a cubrir una buena parte de Europa. Los alemanes necesitaban, por
tanto, un lugar idílico (al menos en apariencia) que convenciera a los
excéntricos de la bondad del «Führer». Al menos solo aparentemente, pues dentro
de sus muros la brutalidad sería similar a la de otras prisiones.
«Los nazis decidieron que los
“prominentes”, gente importante como artistas o militares condecorados, serían
recluidos en este campo»
Así nació el campo de concentración de
Theresienstadt. Un lugar que los nazis promocionaban en principio como un
«balneario» al que solo podían acudir los judíos de mayor relevancia y que
(según prometían) sería un camino intermedio entre ellos y Palestina.
«Los nazis decidieron que los
“prominentes”, gente importante como artistas, militares condecorados, ancianos
con medios económicos altos y de importancia social, músicos…, serían
recluidos en este campo», determina el autor de «Los prisioneros del paraíso».
El elenco de personalidades que pasaron por él hasta el final de la guerra
incluía a las hermanas de Kafka, las hijas de Freud, el director del teatro
nacional de Praga, directores como Kurt Gerron, pintores, arquitectos,
intelectuales de todo tipo y un largo etc. Era una auténtica ciudad de los famosos.
Las atrocidades
Este «balneario» (ubicado en un paisaje de
ensueño) recibió tan buenas críticas que, aquellos que acudían, lo hacían
vestidos con sus mejores galas. Realmente pensaban que habían sido elegidos de
forma exclusiva para tener el privilegio de vivir allí. Por el contrario, todo
formaba parte de un elaborado plan de Adolf Hitler para dar una imagen
agradable de los atroces campos de concentración que estaba creando por media
Europa.
La realidad, no obstante, era muy bien
diferente. «Las condiciones en las que vivían eran brutales. Terminaron
residiendo en él 50.000 personas cuando solo había sido para, como mucho,
5.000. La penosa forma de vivir hacía que murieran por jornada entre 50 y 100
personas debido al frío o las infecciones. Tampoco se les dejaba escribir más
de un número determinado de palabras al mes, ni guardar medicamentos. Si
desobedecían, el castigo era la muerte. Eran unas circunstancias horribles»,
añade Güell.
A su vez, y como el autor novela en su
libro, la ciudad estaba regida por un grupo de ancianos judíos que debían pasar
por el trauma de elegir los nombres y apellidos de aquellos que serían
deportados a campos de exterminio como el de Auschwitz. «Su responsabilidad era
brutal. Aunque las grandes decisiones las tomaban los nazis, a ellos les
dejaban actuar como si fuesen los responsables de la ciudad, siempre que no se
salieran de las pautas establecidas. Lo más duro era que les hacían hacer el
listado de los deportados, un número que no bajaba de unos 1.000 nombres a la
semana», determina el autor.
En «Los prisioneros del paraíso», Güell
muestra la dureza de las decisiones que debían soportar cuando, por ejemplo,
envían a los niños de un coro al tren de la muerte.
Además, también obligaban a los prisioneros
a mantener el orden y actuar como la policía del campo de concentración. Estos
agentes o «kapos» (como se llamaban) recibían varios privilegios por ello si
llegaban a ser más severos que los propios alemanes. «Ese es el gran drama, el
que les hacían pensar que ellos tenían la culpa. Así les desgarraban».
Por si fuera poco, los miembros del consejo
eran personalidades «sobradamente preparadas» que habían «llevado a término en
sus respectivas ciudades varias actividades para defender a todo su pueblo».
Eso hacía que fuese todavía más duro para ellos el verse obligados a tomar
estas decisiones. Y más, sabiendo que -si no hacían aquello a lo que eran
obligados por parte de los mandos nazis- las represalias serían todavía
mayores. «Muchas veces tenían que tomar decisiones atroces para asegurar el
futuro del gueto. Esa es la perversa utilización que hacen de ellos los
alemanes», completa Güell.
¿Bondad en el campo?
Mientras en el patio de Theresienstadt los
guardias mataban a bebés a tiros y llegaban al campo millares de personas en
trenes claustrofóbicos, el alto mando alemán buscó una forma de lograr que el
gueto pareciese un nido de bondad a entidades como la Cruz Roja Internacional.
Una organización que preguntaba día tras día sobre las presuntas barbaridades
que se cometían en las cárceles nazis.
Fue precisamente por ello por lo que
Heydrich permitió a los reos crear el «Freizeitgestaltung», una organización
regida por presos que se encargaba de organizar todo tipo de actividades
culturales. Desde conferencias, hasta conciertos y clases de música. Podían
hacerlo, al fin y al cabo, pues contaban con algunos de los mejores artistas
judíos formados en Europa. «Había óperas, representaciones teatrales,obras de
cabaret… Todas ellas, hechas por artistas de primerísimo orden», explica a
ABC el autor de «Los prisioneros del paraíso».
Así fue como Theresienstadt se convirtió en
el estandarte de la cultura judía. Una cultura hecha por judíos y artistas de
primerísimo orden. «Hay que entender que, por entonces, los principales festivales
musicales y artísticos de Europa habían dejado de existir o habían reducido
drásticamente sus actividades.
El milagro
«El milagro de este campo de concentración
es que, gracias a la gran farsa para la que fue diseñado, en él se produjo una
actividad cultural extraordinaria», completa el director de orquesta y autor.
Con todo, estas actividades solo las podían llevar a cabo algunos pocos
privilegiados.
Unido al gran milagro que se vivió en él
llegó la heterogeneidad de pensamientos. La duda eterna de si aquellos pocos
músicos debían aprovechar sus privilegios o, por el contrario, negarse a
ejercer su arte para no participar en esa pantomima internacional. Una dura
decisión que Güell plasma a la perfección en su nueva novela a través de sus
personajes.
«Un artista que no puede dar rienda suelta
a su arte se muere»
En el campo de concentración, según el
autor, había dos criterios diferentes entre los presos «prominentes». Dos
formas de entender su existencia: «Algunos miembros del consejo apoyaban las
actividades. Creían que el gueto sobrevivía porque era de utilidad para los
nazis. Por ello, pensaban que debían apoyar las actividades lo más posible». No
obstante, también había otros tantos que pensaban lo contrario, que aquella
farsa impedía que las autoridades aliadas supieran lo que realmente estaba
sucediendo en los campos de concentración.
Desde la perspectiva de un músico curtido
en decenas de escenarios como él, el autor tiene clara su opinión con respecto
a este espinoso tema: «Un artista que no puede dar rienda suelta a su arte se
muere. Antes de las actividades de esta organización, lo más duro para estos
prisioneros era no poder ejercerlo, más allá incluso de estar encerrados. Para
ellos fue una salvación. Sabían que tocaban unas notas que podían ser las
últimas porque al día siguiente podían morir, pero sabían que mientras hubiera
música, había esperanza. Hasta el último momento, el arte nos ayuda a
sobrevivir como seres humanos dignos».
El gran maestro
Además de presos anónimos, hombres y
mujeres desconocidos cuya llama vital se extinguía a diario por culpa de los
guardias germanos y de las precarias condiciones en las que vivían, entre la
extensa lista de prisioneros que habitaban aquellos muros, había algunos
artistas tan famosos como Verdi lo había sido en su época. El principal era
Hans Krasa. Un compositor que había dado conciertos a lo largo y ancho del
mundo y se había labrado un gran nombre a base de trabajo duro y talento. Sobre
sus hombros recayó la dirección de las actividades culturales relacionadas con
la música dentro del «Freizeitgestaltung».
«Krasa era uno de los músicos más mimados
por su tiempo hasta la llegada al campo de concentración. Había nacido en una
de las familias judías más ricas de Praga. Era un dandi que se había tomado la
vida con cierto sentido lúdico. Había aprovechado todas las posibilidades que
tenía por su situación. Tenía un enorme talento. Empezó a componer desde muy
temprano y era un pianista excepcional», añade Güell.
Krasa comenzó a los 18 a dirigir orquestas
con enorme éxito. Sus obras triunfaron primero en Europa y luego en América.
«Estrenó su primera sinfonía con un éxito extraordinario. Dio giras por todo el
mundo. Era una persona admirada como un gran artista y un gran compositor. Con
un éxito extraordinario entre las mujeres… Y de la noche a la mañana se lo
arrebataron todo y le encerraron en este campo de concentración. Perdió todo»,
completa.
Xavier Güell
Este compositor, un hombre con una
«capacidad para orquestar magnífica» (según Güell) fue uno de los autores más
prolíficos dentro de Theresienstadt. «Brundibár», su obra más conocida, la
perfección en el campo de concentración, donde la interpretó más de medio
centenar de veces
Nuestro entrevistado sabe muy bien de lo
que habla. Y ya no solo por su amplísimo conocimiento de la cultura musical,
sino porque Krasa es uno de los principales protagonistas de su novela.
Pero Krasa no era el único de los grandes
«maestros» que había en Theresienstadt. Otros músicos y artistas de talento
como Gideon Klein (de tan solo 20 primaveras cuando llegó al campo de
concentración), Pavel Haas o Viktor Ullmann también fueron recluidos en este
lugar y, como no podía ser de otra forma, tienen un papel en «Los prisioneros
del paraíso».
«Viktor Ullmann hacía críticas sobre las
obras que se representan allí. Además, creó en el campo “El emperador de la
Atlántida”. Ullmann compuso más en Theresienstadt que en toda su carrera hasta
entonces», completa el director de orquesta.
La estafa
Los meses en Theresienstadt pasaban entre
hambre y arte para los presos. Así fue hasta que la Cruz Roja Internacional
informó, allá por 1944, de que iba a hacer una visita al campo de concentración
para descubrir definitivamente las barbaridades que, según se decía, se estaban
perpetrando en aquellas prisiones. Tan pronto como supo la noticia, el
comandante del campo empezó lo que se llamó la «labor de embellecimiento» del
lugar. Lo primero que hizo fue deportar a unos cinco mil judíos al este.
Principalmente personas desnutridas y niños enfermos.
No acabó en ese punto su cruel trabajo. A
continuación, acotó un camino que debería seguir la comitiva de la Cruz Roja
que acudiría al campo (en la que habría tres personas) y ordenó llenar ese
itinerario de falsas tiendas, bancos en los que sentarse y parques infantiles.
Además, se repartió entre los reclusos pan recién horneado y verduras
(alimentos que no habían comido en años) y se les ordenó que se vistieran con
sus mejores galas. Finalmente, se les obligó a no decir absolutamente nada a
los representantes bajo pena de muerte.
Tampoco desaprovecharon la oportunidad de
tener en el campo a un director de la talla de Kurt Gerron y le ordenaron
grabar la visita con imágenes seleccionadas de forma estratégica (entre ellas,
niños jugando, o parejas haciéndose arrumacos).
Como no podía ser de otra forma, se ordenó
también al «Freizeitgestaltung» que organizara un concierto. «Tocaron el
Requien de Verdi para unas 2.000 personas. La comitiva quedó sorprendida por la
calidad extraordinaria de la interpretación. Fue algo excepcional. Normalmente
no tenían acceso tantas personas a los conciertos. Solo solían acudir el
consejo de sabios, otros músicos, algunos oficiales nazis y unos pocos
seleccionados», completa el autor de «Los prisioneros del paraíso».
El resultado fue un éxito rotundo para los
nazis. Tal fue el calibre del engaño, que la delegación de la Cruz Roja
Internacional afirmó que los prisioneros vivían en muy buenas condiciones para
lo que se esperaba.