Si alguien cree que Israel es solamente lo que ve en los noticieros, si considera que lo único que hay en el país son problemas, tensiones, conflictos, y muy especialmente si se cree la imagen demoníaca que a veces se presenta del país, no dará crédito a estas líneas.
Martes de tarde, Kiryat Ata en el norte de Israel. En un aula en la nueva Autoridad para el Mejoramiento del Servicio Policial a la Población Árabe, varios jóvenes participan en una clase. Son casi todos varones, en su enorme mayoría árabes musulmanes. Hay también beduinos. Y algunos cristianos, entre ellos una chica de Kfar Yasif, cuyo hermano es policía.
Cada uno está frente a una computadora. Se abre la puerta y entra Jamal Hakrush, que desde hace varios meses es el ciudadano árabe musulmán de mayor rango en la Policía israelí. Su rango, que en hebreo es «nitsav», equivale al de General en el ejército. Son varios los oficiales con ese grado y por sobre ellos, solamente uno, el «rav nitsav», que es el Inspector General, jefe máximo de la policía.
Hakrush es árabe como todos los jovencitos allí presentes. Ciudadano israelí como todos. Y está allí para alentarlos y exigirles, hablándoles en hebreo aunque para todos el árabe es el idioma madre, que estudien bien, con seriedad, para poder tener éxito en el examen de ingreso a la Policía israelí. Por decisión del gobierno y del Ministro de Seguridad Interna, se ha lanzado un proyecto quinquenal destinado a reclutar 1300 nuevos policías, 600 de ellos judíos y 700 árabes, personal bien entrenado que haga posible, entre otras cosas, abrir en esos cinco años 12 estaciones de policía en ciudades y localidades árabes, donde la criminalidad es altísima y la población necesita respuestas que hoy no tiene.
El marco en el que nos hallamos, la Autoridad para el Mejoramiento del Servicio Policial a la Población Árabe, fue creada en agosto último, como una especie de etapa preparatoria para los jóvenes árabes que sienten necesitan más herramientas para salvar los exámenes de ingreso al curso de policía, que es exigente. Desde agosto, 1600 ciudadanos árabes se han presentado, manifestando su deseo de reclutarse a la Policía israelí.
Y allí está ahora frente a esta clase el ejemplo más vivo de que es posible. No es casualidad que captamos un profundo respeto y admiración cuando lo escuchan y le prestan atención. Lo percibimos también de parte de oficiales de menor rango que él, judíos, que se quedan a escucharlo. Hakrush, de Kfar Kana, sirve en la policía desde hace 38 años. «Comencé con las funciones más sencillas en la policía, desde abajo, hice de todo», nos cuenta en su despacho.
Somos una decena de periodistas invitados al lugar. Le pedimos que nos cuente de sí mismo, de su historia en la policía. Hakrush se sonríe. «He estado en funciones de comandancia durante aproximadamente 30 años.Y cada vez que era promovido, alguien me decía que seguramente sería la última. Yo escuchaba y seguía adelante. Y aquí estoy».
Su resumen es categórico: «Yo soy una demostración de que en la Policía de Israel no importa cuál es la identidad del policía. Los cargos están abiertos a todos los que tengan la capacidad de desempeñarlos. Tampoco importa a quién se presta el servicio. Todos lo necesitan. Y no importa si uno es policía judío o árabe». Y agrega: «la prueba de que no importa es que yo fui jefe de tres estaciones de policía en ciudades judías, en las que toda la población era judía, sin tener nunca problemas, trabajando junto a mis subalternos, y al parecer haciéndolo bien, ya que seguí subiendo de rango».
Hakrush explica sobre la problemática del alto índice de delincuencia en el seno de la población árabe, dando un ejemplo preocupante: aunque los árabes son el 20% de la ciudadanía israelí, son los responsables del 60% de los crímenes. La intención es combatir el fenómeno, en parte mediante el programa ya mencionado. En dicho marco entra el esfuerzo por reclutar más policías, entre ellos también jóvenes árabes.
«Y no es cuestión de que yo quiera ser ejemplo para ellos», dice con una leve sonrisa. «Yo sé que soy un ejemplo. Es un hecho. Es que yo no quiero ser el único, sino quien abrió el camino, que después de mis promoción, lleguen muchos más».
Durante mucho tiempo, entre 30 y 40 ciudadanos árabes entraban por año a la policía israelí. A juzgar por la cantidad de pedidos ya presentados y por el buen porcentaje de éxito entre quienes hacen el curso preparatorio y logran pasar el examen, todo indica que estos números se multiplicarán considerablemente.
Los problemas no han desaparecido, casi de más está decirlo.
Pero entre las luces y sombras que componen toda sociedad moderna, también la israelí, conocer personalmente a Jamal Hakrush, ver su entorno, escucharlo y sentir de primera mano su historia, es más que un rayo alentador.
Surrealismo policial
22/Nov/2016
Semanario Hebreo, Ana Jerozolimski