Si quiere saber por qué nadie en su
sano juicio tomarse las Naciones Unidas en serio, atienda a los siguientes tres
hechos:
1) La semana pasada la Organización Mundial
de la Salud (OMS), un organismo de la ONU, distinguió a Israel como el primer
país del mundo en obtener su calificación más alta en lo relacionado con los
equipos médicos de respuesta inmediata desplegados en el extranjero. Dicho de otro
modo: la OMS ha juzgado que las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) serían su
primera opción de respuesta inmediata ante cualquier desastre.
2) Hace dos semanas, el diario Israel Hayom
informó de que los servicios de la ONU para mantener la paz han pedido a Israel
que forme a los cascos azules en el ámbito de las urgencias
médicas. El seminario está previsto para las próximas semanas.
3) Cada año, esta misma ONU clasifica a
Israel como el mayor transgresor mundial de los derechos sanitarios, de hecho es
el único país que merece una condena específica.
Si reflexiona sobre esas tres decisiones,
sólo puede sacar la conclusión de que la ONU cree que el principal transgresor
mundial del derecho a la salud es la primera opción ideal ante cualquier
catástrofe, así como para adiestrar a sus propios cascos azules. La ONU
aprueba periódicamente, por abrumadora mayoría, resoluciones que incluso su
personal especializado sabe que son un sinsentido. Así, su última condena
contra Israel por violar flagrantemente los derechos sanitarios se aprobó en
mayo por 107 votos a favor, 8 en contra y 8 abstenciones.
Si alguien cree que hay una manera de
cuadrar este círculo, no hay caso: la contradicción no se puede resolver
asumiendo que los esfuerzos israelíes de asistencia en catástrofes son de algún
modo ajenos a sus prácticas médicas habituales. A lo largo de los últimos años,
por ejemplo, miles de sirios heridos en la guerra civil de su país han ido por
voluntad propia a los Altos del Golán y se han entregado a un Ejército enemigo
(Israel y Siria siguen oficialmente en guerra) para poder recibir en Israel
atención médica que no pueden obtener en ningún otro sitio. Esos son los mismos
Altos del Golán donde, según la resolución, Israel vulnera por sistema los
derechos sanitarios de los sirios.
De manera similar, los palestinos de la
Margen Occidental tienen una mayor esperanza de vida y una menor tasa de
mortalidad infantil que otros vecinos de Oriente Medio, como Egipto, Jordania o
incluso Turquía, miembro de la OCDE, gracias, en parte, a su acceso a los
hospitales israelíes. Se trata de la misma Margen Occidental donde, según la
resolución, Israel vulnera por sistema el derecho a la salud de los palestinos.
Se podría alegar que los periódicos
episodios de resoluciones delirantes que sufre la ONU no tienen
importancia. Después de todo, sus condenas anuales de las prácticas médicas de
Israel no han impedido a la OMS o a sus servicios de mantenimiento de la
paz reconocer que aquél destaca en este campo, y que esperan beneficiarse
de su pericia.
El problema es que esas decisiones son una
rara excepción a la norma. La mayor parte de las veces, las resoluciones de la
ONU, ajenas a la realidad, conforman la base de la política internacional.
Fijémonos, por ejemplo, en la votación
celebrada en la ONU en 2012 para reconocer a Palestina como Estado
observador no miembro, a pesar de que no cumple los requisitos básicos de la
estadidad fijados en la Convención de Montevideo de 1933, que exige que los
Estados tengan un Gobierno efectivo. Palestina tiene dos: el de la Autoridad
Palestina en la Margen Occidental y el de Hamás en Gaza, con el resultado de
que su ostensible presidente ni siquiera puede entrar en esta última y su
mandato no rige allí.
Aunque aún se desconoce que impacto
tendrá en la Corte Penal Internacional la aceptación de Palestina,
el efecto en la Unesco ha sido devastador: no sólo ha
tenido como consecuencia la pérdida de la financiación de EEUU –nada menos
que un 22% del presupuesto del organismo–, sino que el hecho de que los palestinos
presenten constantemente resoluciones que niegan los hechos históricos
relacionados con Jerusalén se ha vuelto tan embarazoso que hasta la
directora de la Unesco rechazó públicamente la más reciente.
En 2002, respondiendo a las críticas
mundiales contra los esfuerzos desplegados por las IDF para frenar una
mortífera oleada de atentados suicidas palestinos, el secretario general
de la ONU, Kofi Annan, hizo su célebre pregunta: “¿Es posible que Israel tenga
razón y el resto del mundo se equivoque?”. Al final, resulta que incluso
la ONU reconoce que la respuesta a esa pregunta es “sí”, no en vano dos de sus
organismos acaban de elogiar la conducta médica de Israel, pese a la referida
votación en contrario de 107 frente a 8.
He aquí precisamente la razón de que
Israel se haya negado desde su fundación a tomarse en serio las resoluciones de
la ONU: ningún país en su sano juicio aceptaría determinar sus políticas
basándose en las exigencias de una organización tan a menudo desconectada de la
realidad. De hecho, la única conclusión sensata que se puede extraer de la
esquizofrenia de la ONU para con Israel es que la organización necesita
desesperadamente una exhaustiva reforma para dejar atrás su propia
enfermedad.
La esquizofrenia de la ONU con Israel
21/Nov/2016
PorIsrael, por Evelyn Gordon