LA BITÁCORA 24-3-2011
CLAUDIO FANTINI
Si las potencias de Occidente hubieran observado pasivamente como Gadafi bombardeaba las ciudades que se habían emancipado de su régimen, habrían recibido una ola de críticas mayor que la que les está cuestionando la operación militar en marcha. Así ocurrió cuando la etnia hutu exterminó a un millón de tutsis en Ruanda. También cuando las sanguinarias milicias janjauí, armadas y financiadas por el líder sudanés Omar Bashir, ejecutaron su operación de exterminio en Darfur. En ambos casos se les cuestionó no mover un dedo, o reaccionar demasiado tarde.
No obstante, atacar al dictador libio porque bombardea a su propio pueblo, plantea el dilema de actuar del mismo modo en otros países árabes donde ocurra lo mismo. Usar el aparato militar contra una rebelión social es una desmesura no sólo practicada por el lunático Muamar Gadafi. En Bahrein, batallones del ejército saudita ingresaron con la intención de sofocar las protestas de la mayoría chiita contra la discriminación que sufren desde que llegó al trono el rey Hamad. La familia Saud sabe que si cae la dinastía Al Jalifa en el pequeño reino insular, los chiitas de la Provincia Oriental, despreciados por el wahabismo, que es la vertiente coránica oficial en Arabia Saudita, volverán a su vieja aspiración de unificarse con el chiismo del sur iraquí.
Si los militares sauditas masacran protestas que reclaman en Bahrein pasar del absolutismo a la monarquía constitucional ¿qué harán los países que están atacando al ejército libio? La misma pregunta vale para Siria, cuyo ejército se movilizó contra los manifestantes que ya se atrevieron a incendiar una sede del Partido Baaz.
A diferencia de las coronas saudita y bahreiní, el régimen de Bashir el Assad es apenas menos hostil que cuando lo comandaba su padre Hafez el Assad, quien en 1982 bombardeó la rebelión islamista en la ciudad de Hama dejando 20 mil muertos. Ante una acción militar de Occidente es probable que el régimen baasista lance una lluvia de misiles sobre Israel, emulando a Sadam Husein cuando disparó sus proyectiles Scud sobre Tel Aviv en plena Tormenta del Desierto.
También tiene el dedo en el gatillo militar el dictador yemenita Alí Abdulá Saléh. La rebelión de la tribu Al Ahmar y el salto a la oposición que dio su hermanastro y número dos del ejército, Alí Mohsen, vaticinan la caída de un déspota que difícilmente se rinda antes de hundir a Yemen en un mar de sangre.
Los bombardeos con que respondió a las rebeliones populares en Cirenaica confirman que Gadafi es un sicópata del poder. Aunque no esté claro como se lo derrotará, está claro que no se podía contemplar pasivamente su criminal represión. El problema es que para ser consecuente con lo actuado en Libia, Europa y Estados Unidos deberían actuar del mismo modo en los otros rincones del Oriente Medio donde los tanques apuntan a las rebeliones.
El dilema occidental
24/Mar/2011