Tenía 13 años cuando fue capturada por los
alemanes en Varsovia. Durante seis años vivió maltratos, hambre, y todo tipo de
torturas en Auschwitz. Tras el fin de la guerra, viajó a la Argentina, donde
vive hasta el día de hoy
Se arremanga el puño de la blusa como
puede. Una tinta negra asoma sobre su piel traslúcida, algo cortada por los
años. La impresión «48914» se adueña de su antebrazo izquierdo y
remonta a recuerdos que Eugenia Unger hubiera querido desterrar de su mente,
pero que son indelebles. «A veces me pellizco para ver si de verdad estoy
viva», dice con mirada sincera y una lucidez sorprendente en su relato.
Mientras sus asistentes emprolijan su maquillaje, sus ojos verdes se clavan en
la nada, o más precisamente en crueles pero sabios 90 años de vida: «A
veces no sé por dónde empezar a contar mi historia», confiesa con la voz
resquebrajada. Por momentos se la ve aturdida y consternada ante el esfuerzo de
describir la peor pesadilla documentada en la historia de la humanidad: el
Holocausto judío o la masacre nazi de la II Guerra Mundial.
Hasta los 13 años, Eugenia tuvo una vida
convencional y feliz como la media de los niños de su edad en Polonia. Su padre
era director del principal matadero de Varsovia, tenía dos mil trabajadores
bajo su mando. El pueblo polaco no era muy amigable con la comunidad judía y
eso fue algo que Eugenia sintió desde chica. «Genia» –como la
apodaron sus amigos- estaba con sus tres hermanos y su padre cuando el 1° de
septiembre de 1939 explotó la primera bomba en Polonia. «Papá, papá ¿qué
pasa?», «Nada Eugenia, esos son los nashe (deportistas en
Polonia)». «Gina» lo miró desconfiada y se colgó de su larga
pierna. La historia que inventaban los adultos para ocultarle la guerra a sus
hijos era poco creíble. Los nazis rompían las casas, mataban a los judíos y
bombardeaban todo. «No había agua, comida ni hospitales. Cuando salíamos
con baldes a buscar agua, quedaban los baldes vacíos sin personas»,
cuenta.
«Me acuerdo que las autoridades pedían
que por favor la gente llevara sábanas porque ya no había vendas y cada vez
habían más personas mutiladas». Aquel día, su mamá le pidió que hiciera un
bolso, pero Eugenia solo agarró una muñeca. El pánico se había apropiado de las
calles y la colectividad sentía la persecución a cuestas. «El
antisemitismo siempre existió en Polonia. Siempre se reían, siempre decían
cosas, pero yo no me daba cuenta porque era chica», cuenta. «Me daba
mucho miedo que mis padres salieran de noche», recuerda mientras se
aprieta las manos y reconoce que hoy no quiere volver a Polonia y que para ella
llegar a Argentina después de la guerra fue «el paraíso».
«Desde los 13 a 19 años mi vida fue
una odisea, pero tengo que seguir porque es un legado tremendo que tengo
solamente por haber visto los crematorios en el campo de concentración de
Auschwitz donde los nazis mataban gente día y noche. Tantas veces he estado en
las filas de judíos dentro de las cámaras de gas. Dios me preservó para dar
estos testimonios», se consuela. Eugenia estuvo seis años en manos de los
nazis. Llegó a Auschwitz junto a su madre. «Los trenes eran una pesadilla.
La gente viajaba como sardinas. Era inhumano. Aún recuerdo los gritos de
desesperación y que la gente hacía sus necesidades encima porque no podía
moverse. Algunos intentaban cortarse las venas», describe con un dramático
relato al mismo tiempo que se pregunta dónde estaba Dios y dónde estaba el
mundo cuando pasaban estas cosas en el «siglo XX cambalache».
La niña del pijama a rayas
Cuando Eugenia llegó a Auschwitz lo primero
que hicieron los nazis fue raparla, desvestirla y obligarla a ponerse el pijama
a rayas de presidiarios que usaban los alemanes para delatar a los judíos
dentro de los campos de concentración. En su antebrazo izquierdo tatuaron el
número «48914». Desde aquel 1° de setiembre de 1939, Eugenia –como
millones de judíos- había dejado de ser persona para convertirse en un ser
humillado y despreciado. Sus sueños habían sido usurpados por una guerra cruel
y absurda que, bajo el mando de Adolf Hitler, buscaba la purificación de la
raza aria. Los propios alemanes le daban de comer a los perros adelante de los
judíos que se desplomaban del hambre ante sus ojos: «No gastaremos ni una
bala. Que mueran de hambre», decían en voz alta como signo de desprecio.
Los niños no podían caminar porque tenían alfileres en lugar de piernas, los
ojos hundidos y hasta pelos en la cara. Muchos de ellos despertaban muertos en
las camas que compartían entre no menos de cinco.
Como su cabellera larga y su ropa, también
había dejado de existir su muñeca. Su único juego había pasado a ser el armado
de bombas al que los niños eran forzados mediante torturas con rebenques y
cadenas. «Hace poco vi la película Último tren a Auschwitz. Yo estaba
adentro de ese tren y viajé en el techo del miedo que tenía. No sé cómo estoy
viva. Ni yo puedo creer que pasé eso durante seis años que parecieron seis
siglos. Después de la guerra, nadie tampoco se ocupó de los judíos. Nadie nos
recibía, no había Cruz Roja ni nada. Solo me pregunté ‘¿Adónde voy?’ Dormí cuatro meses en la calle
pidiendo limosna. Lloraba desesperadamente porque venían los hombres a
ofrecernos una moneda para que las judías nos prostituyéramos. Yo pensaba que
el mundo iba a abrir los brazos», reflexiona al mismo tiempo que reconoce
que quiere que el mundo sepa lo que pasó hace 77 años atrás.
En Auschwitz, Eugenia fue testigo de las
peores atrocidades. Vio cómo mataban a bebés a golpes contras las paredes, cómo
la gente moría de hambre o en las cámaras de gas. Varias veces estuvo en las
filas de la muerte, pero su destino era otro. El trato hacia nosotros fue
siempre humillante. Nos rapaban y nos ponían la misma ropa a todos: una remera
y un pantalón a rayas. Durante la mañana hacían un tzeil-apel, un recuento de
prisioneros y luego nos llevaban a una plaza donde en el medio había un cadáver
colgando en la horca. Los nazis nos decían que si intentábamos escapar ese
sería nuestro final», relata.
En el campo conoció a Ana, su amiga y
cómplice. Juntas, sobrellevaron el miedo y la desgracia. Se han visto obligadas
a comer ratas y hasta a veces carne humana para subsistir ya que los nazis los
dejaban morir de hambre. Esta mujer -que para entonces tenía 13 años- recibió
la contención de su mamá, a quien no vio más luego de que se la llevaran unas
nazis. Tampoco vio más a ninguno de los 60 integrantes que conformaban su
familia. Solo eran Ana y ella, dos nenas que no sumaban 40 kilos.
El plan de escape
En 1944, hacia el final de la II Guerra
Mundial, el Reino Unido y EEUU se aproximaban a los campos de concentración por
el oeste, mientras que la Unión Soviética lo hacía por el este. La SS decidió
abandonar los campos de concentración para evitar que el mundo supiera del
Holocausto. Tal es así que destruyeron evidencia, asesinaron prisioneros y
forzaron a otros a moverse hacia los campos del interior de Alemania.
Fue en una de esas marchas de la muerte en
la que Eugenia tomó fuerzas y vio la única posibilidad de escape. «Yo
sabía que nos iban a matar porque estábamos descalzas. Nos habían obligado a
sacarnos los zapatos. Mientras caminábamos por una zona rural, miré a Ana y le
dije: `Ahora Ana, corramos´. Ana –que ya no podía moverse de lo débil que
estaba- se quedó como autista, mirando a la nada. Eugenia la tomó de la mano y
la sacó de la fila de miles de judíos forzados a caminar. «Corrimos hacia
un establo lleno de vacas y nos escondimos ahí. Teníamos el uniforme a rayas y
nos podían delatar», cuenta.
En un momento alguien abrió el portón del
establo y el pánico volvió: «Era un nazi, pero por suerte cerró la puerta
y no entró», agrega. Ya de noche, cuando no se sentían voces ni gritos,
salieron del establo y corrieron hacia un molino donde pasaron la noche y desde
el cual veían cómo los judíos eran castigados con rebenques. «Al día
siguiente, entramos a una casa en la que robamos ropa y pollos. Muchos judíos
morían de hemorragia intestinal por tanto tiempo sin comer dentro de los
campos», lamenta.
El fin de la guerra
Tras lograr escapar de los nazis, comenzó
desesperadamente a buscar dónde vivir. Como algunos países latinoamericanos
negaban la entrada a los judíos, pasó cuatro años mendigando y deambulando por
distintos lugares. Se casó con David Unger, uno de los combatientes del ghetto
de Varsovia, con quien hoy tiene dos hijos. «Ya tengo seis nietos»,
cuenta orgullosa.
Eugenia llegó clandestinamente a la
Argentina en 1959 y desde entonces vive en Buenos Aires. Hoy es Personalidad
Destacada de los Derechos Humanos de la Ciudad de Buenos Aires y una de las
fundadoras del Museo del Holocausto en Buenos Aires. «Llegué de
contrabando con mi hijito de un año en brazos. Ya habían pasado cuatro años de
la guerra. Argentina es el paraíso», admite.
A su vez, recorrió el
mundo dando conferencias y escribió tres libros: Renacer de las cenizas;
Holocausto: lo que el viento no borró; y Eugenia Coraje. Su historia de vida
también fue parte del guión de La lista de Schindler. Con 90 años, Eugenia aún
llora a las 6 millones de víctimas del Holocausto, pero insiste que ella
sobrevivió para asegurarse que nunca más nadie vista un pijama a rayas.
Eugenia Unger, la niña del pijama a rayas que sobrevivió al Holocausto
27/Sep/2016
Infobae, Por Karina Deschamps