El arqueólogo que fantaseó con asesinar a Hitler y Mussolini

09/Sep/2016

El País, España, Por Tommaso Koch

El arqueólogo que fantaseó con asesinar a Hitler y Mussolini

Un documental rescata la historia de
Ranuccio Bandinelli, quien planeó matar a los dos dictadores durante un viaje
artístico por Italia en el que ejerció de cicerone
El tren de Florencia a Roma tardaba unas
horas. Ranuccio Bianchi Bandinelli tenía tiempo de sobra para pensar. Así que
se sumergió en una tormenta de ideas. Tenía 38 años y el peso de la Historia en
sus hombros. Por la ventana, veía la primavera de 1938. Por dentro, discutía
con el destino. Hacía falta alguien que acompañara a Hitler y Mussolini en la
visita del Führer por el Lacio y la Toscana. Hombre mundano, experto de arte
romano y arqueólogía, con un alemán fluido y la afiliación al partido fascista,
Bandinelli era perfecto. Salvo por un detalle, que en Roma desconocían: había
jurado fidelidad a la dictadura solo para seguir ejerciendo como profesor. En
él, en realidad, ardía el fuego del antifascismo. El mismo que le sugirió la
idea de incendiar también a los dos dictadores. Así lo confesó ese día a su
diario: “Si un atentado doble puede ser organizado, esta es la ocasión”.
Pero, ¿sería capaz de hacerlo? Si él mismo
dudaba, 80 años después Enrico Caria tampoco podía creerse lo que leía.
Invitado a la villa de los herederos del estudioso, el cineasta halló la
autobiografía Diario de un burgués. La abrió, la deshojó y acabó ante el
capítulo El viaje del Führer en Italia. Así que empezó a leer en voz alta.
“Todos”, recuerda a EL PAÍS, “se quedaron atrapados. Yo el primero. Una semana
después propuse la película al Instituto Luce [el principal archivo italiano de
cine]”. El documental El hombre que no cambió la Historia se presenta hoy, en
el festival de Venecia, fuera de competición.
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El título no es ningún spoiler. Cualquiera
sabe que Mussolini e Hitler siguieron vivos y aprovecharon para cometer las
peores atrocidades que el siglo XX recuerde. Pero pocos conocen el relato de
cómo su cicerone se pasó cuatro días explicándoles los secretos de Miguel Ángel
a la vez que planeaba cómo cancelarlos de la faz de la Tierra. De contarlo se
encarga Caria, con una mezcla de imágenes de archivo, dibujos animados y
filmaciones actuales, mucho humor y una voz que lee los diarios del arqueólogo,
que tiene varias obras publicadas en España.
“Creo que Bandinelli vivió la posibilidad
de matar a los dos tiranos sacrificando su propia vida con el mismo estado de
ánimo de quien sube a una azotea para lanzarse. Una vez arriba, todo es
posible”, asevera el director. Al fin y al cabo, el cambio de rumbo era la
esencia del toscano: “Nace aristocrático pero para interpretar su tiempo abraza
el materialismo histórico de Marx. Es un artista dotado, pero gana su
curiosidad de estudioso. Su capacidad de desviarse de caminos ya trazados y coger
las riendas de su destino lo convierte en una figura de extraordinaria
modernidad”.
Así, en un año al revés, Hitler invade
Austria y es propuesto para el Nobel de la Paz, Spencer Tracy recibe un Oscar
que lleva por error el nombre del personaje Dick y un filocomunista es el guía
de confianza de dos fascistas. Es la mañana del 6 de mayo de 1938 cuando
Bandinelli conoce a sus odiados compañeros de viaje y empiezan su recorrido.
Mientras, trata de creerse su misión. Comprueba si alguien le sigue, estudia
cómo introducir una bomba en los Uffizi, imagina llevar un chaleco explosivo.
Sin embargo, es más un académico que un
espía. De ahí que también aproveche para estudiar a sus acompañantes. Y es aquí
donde el documental ofrece otra perla. «Estamos acostumbrados a ver a los
dos dictadores animando a las masas; este retrato íntimo los enseña en una
dimensión privada donde se muestran ignorantes y mezquinos», afirma Caria.
En efecto, Bandinelli humilla a ambos líderes en su diario: Mussolini camina «torpe
como un títere» y pone en escena «una comedia pueril»; Hitler
«se parece en la estética al conductor de un tramvía» y deja entrever
su «intertidumbre sexual». «Está claro que no se gustan»,
escribe.
Todavía peor salen parados los tiranos
cuando se habla de arte. Mussolini, según Bandinelli, no tiene interés ni
conocimiento, tanto que mira desesperado a su guía en busca de ayuda ante los
comentarios de Hitler. Y parece obsesionado con gustar a sus interlocutores. El
Führer al menos está fascinado por la creación, aunque suelta argumentaciones
tan superficiales como absolutas, que mezcla con su frustración de artista
fallido.
Hay incluso un momento en que Bandinelli se
queda solo con Hitler en el panteón romano. El italiano siente todo el terror
que se puede experimentar estando en silencio frente al Führer. Se convence de
que este le ha leído la mente y descubierto su plan. Pero nada más lejos de la
realidad: el alemán le revela a Bandinelli que a veces sueña con dejar la
política y pasarse semanas en los museos italianos.
Poco después, el profesor comprende que ha
solo jugado a creerse un mártir. «Desde el primer día mis propósitos han
revelado ser fantasías», escribe en su diario. La visita termina, la
Historia sigue su curso. Al menos, Bandinelli aprende una lección: en 1940, en
su regreso a Florencia, Hitler pide el mismo guía. Pero el estudioso esta vez
está preparado: se inventa un resfriado.
¿QUÉ HUBIESE CAMBIADO?
Tal vez para justificarse, o llevar mejor
el fracaso de su misión, Bandinelli le acaba restando importancia. Por un lado,
reconoce que el plan nunca fue en serio: «Por mucho que todo pudiera
hacerse, nada se haría». Por otro, se pregunta si en el fondo la guerra es
inevitable e incluso matando a Hitler y Mussolini, sus partidos y las masas
entregadas seguirían hacia el mismo abismo. Es decir, quizás nada hubiese
cambiado.
Caria no está de acuerdo: «Es cierto,
la llegada al poder de un ‘hombre fuerte’ se produce a menudo con consenso
popular. En ese sentido fascismo y nazismo hubiesen sobrevivido. Pero la
desaparición de un dictador casi siempre da pie a ajustes de cuentas y luchas
por el poder que ponen todo en juego. Sí, creo que el curso de la Historia
podía ser desviado».