Es hora de que Europa le exija al mundo
musulmán su compromiso para frenar la barbarie y para ofrecer a los refugiados
el territorio y la ayuda económica que necesitan tras años de fanatismo y
violencia
No sólo el Papa dice que estamos viviendo
la tercera guerra mundial, sino que desde hace años viene siendo anunciada con
llamaradas proféticas, primero por la ya fallecida Oriana Falacci y luego por
la española Pilar Rahola, entre las pocas mentes lúcidas de los últimos
tiempos. Pero fueron desoídas, como ocurrió con tantas voces temerarias de los
rodantes siglos. Una llamada “corrección política” prefería ignorarlas, porque
exigían valor. Eso que estuvo ausente en el primer ministro inglés Neville
Chamberlain, a quien sucedió -para beneficio de la humanidad- otro conservador,
pero valiente y lúcido: Winston Churchill, quien tras la humillante conferencia
de Munich le dijo: “Le dieron a elegir entre la indignidad y la guerra; eligió
la indignidad, ahora tendrá la guerra”.
La nueva guerra mundial exhibe analogías y
diferencias con las dos anteriores. Algunos parecidos se refieren al involucramiento
de gran parte del planeta, una crueldad masiva y sin límites, y un fanatismo
desenfrenado. Las diferencias podrían centrarse en el novedoso protagonismo del
islam y la psicótica acción de los asesinos suicidas.
La creciente intervención de los mal llamados
“lobos solitarios” ha convertido cualquier lugar del globo en un sitio expuesto
a la matanza. Pueden ser un supermercado, un club, templos, mutuales, desfiles,
paseos callejeros. Esta característica exige mejor diagnóstico, más
coordinación y una firme voluntad para enfrentar semejante catástrofe, la misma
voluntad que inspiró a Churchill. Aliados de verdad. No se trata de disparar
misiles o deshacer el Califato Islámico. La arcaica invención del Califato
podrá desaparecer, pero no quienes se nutren de sus enfermos ideales. El
problema es más complejo.
La palabra asesino proviene del árabe: Hash
Ashin (los que consumen hachís o son adictos al hachís). Formaron una secta
sanguinaria durante las cruzadas y se dedicaron a matar en nombre de Alá a
cualquier cristiano que tuviesen cerca. Pertenecían a la rama chiita que
predomina ahora en Irán, donde nació Las mil y una noches, que fue luego más
pacífica que la sunita. Los chiitas recuperaron su carácter agresivo durante la
revolución de Khomeini al frente de sus ayatolas, que muchos progresistas
apoyaron con la ilusión de que traían la libertad. Ahora, en gran parte del
islam predomina un espíritu bélico de todos contra todos. Es curioso que
compartan un mismo libro, llamado Corán. Pero diversas interpretaciones o la
veneración por individuos de un lejano pasado generan enfrentamientos absurdos.
Esta situación no es original, porque lo mismo sucedió en el mundo occidental.
Las guerras de religión entre cristianos produjeron el exterminio de casi una
mitad de Europa por la otra mitad. ¿No recordamos la Inquisición y la Noche de
San Bartolomé, entre miríadas de tenebrosos ejemplos? Pero en Occidente se
produjo el milagro del racionalismo y de la ilustración. Entonces su común
libro, la Biblia, que también contiene porciones sanguinarias, dejó de citarlas
para exaltar los versículos que cantan al amor y a la vida. Se leen, memorizan
y repiten los párrafos que traen consuelo y calientan la fraternidad. Las
religiones que comparten la Biblia se convirtieron en bálsamo y convocan a la
paz.
Cada sura del Corán, por su lado, repite
una frase maravillosa: “En nombre de Alá, clemente y misericordioso”. De ahí
puede colegirse que los aspectos que no responden a esas características
deberían ser marginados. Incluso resulta más que evidente que Alá creó la vida
y, en especial, al hombre, culminación de su obra universal. En conclusión, el
suicidio debería ser considerado un pecado. Y quitar la vida de un semejante
también es un pecado, porque ofende la máxima creación divina. La Biblia y el
Corán tienen muchas analogías: derivan de la misma fuente monoteísta que
inspiró a Abraham y a Moisés y los sucesivos acordes proféticos. Llegó la hora
en que el asesinato sea condenado también, de forma inequívoca. ¡En todas las
mezquitas, sitios de oración o escuelas coránicas! Debería ser una decisión
asumida por la mayoría moderada de los musulmanes que pueblan el mundo. Sin
rodeos, ni máscaras, ni excusas. De lo contrario se convierten en cómplices de
la degradación que empuja su fe hacia el abismo. No es aceptable que se prometa
el paraíso a quienes cometen suicidio para matar semejantes. Ni que se honre y
premie a sus familiares como parientes de héroes: son parientes de
trastornados, de criminales, de gente que merece el infierno. Esto ocurre a
diario, es bochornoso y ningún país lo condena (por “corrección política”). Del
elogio al suicidio y al asesinato brotan los “lobos solitarios” y la atracción
de jóvenes con trastornos mentales.
Llega a ser tan horrenda la manipulación
religiosa de ciertos líderes musulmanes como la adoptada por Khomeini durante
su guerra con Irak. Este monstruo ordenó fabricar medio millón de llavecitas de
plástico para colgarlas en el cuello de los niños. Las llavecitas les abrirían
las puertas del paraíso después de morir. Instaló a los niños delante de sus
tropas y les exigió avanzar contra la vanguardia iraquí. Testimonios
irrefutables de soldados iraquíes narran cómo estos hombres, ante el avance
suicida de miles y miles de criaturas, empezaron a vomitar, arrojar sus armas y
correr despavoridos hacia la retaguardia.
Tras siglos en que el islam parecía una
religión pacífica y hasta ejemplar en muchos aspectos, surgió una fanática
entidad llamada Hermanos Musulmanes, que produjo un retroceso de matices cavernarios.
En lugar de avanzar hacia la luz, lo hizo hacia el atraso. Los Hermanos
Musulmanes fueron organizados en 1928 por un maestro de escuela, Hasan
al-Banna, nacido en un pequeño pueblo egipcio. Predicó que el islam fuera
enseñado más allá de las mezquitas para enfrentar las corruptas ideas de
Occidente, basadas en la ciencia atea y la impúdica democracia. Entre 1928 y
1938 esta pequeña asociación se instaló en la ciudad de Ismailiya, junto al
canal de Suez, y experimentó un increíble desarrollo. De Egipto se expandió a
los demás países árabes. Últimamente fue fogoneada por Arabia Saudita, debido a
que regímenes laicos como el del presidente Nasser los consideraban un peligro.
La jihad es el nombre de la actual guerra
santa. Pretende conquistar el mundo. Lo expresa sin rodeos. Entre sus objetivos
inmediatos figura dominar el Medio Oriente y luego Europa. Se les ha tornado
más nítido este propósito, porque ya no lo nublan incertidumbres. Hace rato que
dirigentes musulmanes afirman que con el útero de sus mujeres conquistarán el
llamado Viejo Continente. La aceleración se logra mediante los refugiados.
Europa, con la conciencia aún maltrecha por las guerras y genocidios
anteriores, no se atreve a enfrentar este novedoso problema. No se atreve, por
ejemplo, a ponerse de acuerdo en que la tragedia de los refugiados sirios fue
provocada por los propios árabes y musulmanes, no por los daneses, ni los
noruegos, ni los húngaros. Y que deben resolverlo los propios países
musulmanes. No les faltan tierras ni recursos. Deberían instalarlos en las
enormes extensiones de Arabia Saudita y otros países árabes, con el apoyo
económico de todos los países del mundo y -fundamentalmente- las fortunas
incalculables que atesoran los emiratos del Golfo. ¿Por qué tienen que irse a
vivir a países con otras tradiciones, lenguas, costumbres y creencias? Con la
excepción de Turquía, Jordania y el Líbano, ningún otro país árabe los recibe.
Mientras, a Europa llegan miles de víctimas deshechas y, junto con ellas, buena
cantidad de terroristas.
Los argentinos tuvimos el atroz privilegio
de sufrir el primer atentado terrorista islámico y antisemita de todo el
continente americano. Tiempo después ocurrieron el ataque a las Torres Gemelas
y otras abominaciones. Tenemos el deber de ponernos al frente de una acción
mundial, bien coordinada y eficaz, que comprometa a la mayor parte de las
organizaciones y exija un cambio radical en la educación islámica, para que se
condenen el suicidio, el asesinato y la prédica del odio. ¡Y que lo hagan “en nombre
de Alá, el clemente y misericordioso”. El suicidio heroico fascina a muchos
desequilibrados, en especial jóvenes. Constituye el más horrible arsenal de la
muerte en esta novedosa guerra mundial.
Bajo el signo de una nueva guerra mundial
09/Ago/2016
PorIsrael, Por Marcos Aguinis