Centenares de miles de personas han muerto
en los últimos años a manos de la violencia del extremismo islamista, decidido
a imponer su única verdad, su interpretación fundamentalista de su religión,
sobre el mundo todo, comenzando por sus propios correligionarios, los
musulmanes mismos. Mucha sangre ha corrido ya en Oriente Medio y Europa, entre
otros sitios, y por cierto en Israel, por los crímenes del terrorismo. Hemos
visto decapitaciones masivas por parte del Estado Islámico, de musulmanes y no
musulmanes, en Libia, Egipto, Siria, Irak, hemos visto a un piloto jordano
quemado vivo dentro de una jaula, sabemos de numerosos crímenes…pero
necesitamos a veces la difícil posibilidad de personalizar en un individuo, en
una víctima, el significado de la barbarie. Para ponerle rostro, nombre y
apellido, a las víctimas todas.
Y eso sentimos al ver la foto del sacerdote
Jacques Hamel, de 84 años, asesinado esta semana mientras celebraba misa en la
localidad de Saint-Etienne-du-Rouvray, en Normandía, Francia. No sabemos qué
tipo de persona era, cuán querido era por sus semejantes, cuán respetado por
los fieles que concurrían a su iglesia. Pero lo imaginamos dentro de su casa de
oración, habiendo dedicado decenas de años de su vida a la misión sacerdotal-adorando
a Dios con la fe, no con la violencia- y viendo súbitamente que irrumpen a la
iglesia dos personas con cuchillos, gritando «Alá hu Akbar», Dios es
grande en árabe, y quizás preguntándose si acaso estarán dirigiéndose al mismo
Dios.
El Padre Hamel se convirtió pues en nuestra
mente, en uno de los símbolos máximos del horror que el Islamismo extremista
quiere imponer en el mundo. Hubo atentados con mucha mayor cantidad de víctimas
por cierto. No «solamente» un sacerdote muerto y una monja gravemente
herida. Pero éste, tiene un significado especial. Fue cometido dentro de una
casa de oración, casi recalcando por qué el terrorismo perpetrado en nombre de
Alá, es una afrenta directa a la verdadera fe.
Pero en realidad ¿acaso no lo es embestir
una multitud en Niza, matando a familias enteras, a varios niños, mientras
festejaban una fiesta nacional? Y degollar inocentes en Irak, Siria y otros
lares ¿no lo es también? ¿Y abrir fuego en el Bataclan en París matando a más
de un centenar de personas allí y en otros escenarios cercanos del terror?
En los dos últimos años, el mundo siente
que todo se centra en las salvajadas del Estado Islámico, por su forma de
actuar ante cámaras, por los degollamientos filmados y difundidos, por su
manejo de la tecnología del siglo XXI para retrotraernos al siglo VII en sus
peores momentos. Sería un error olvidar que este radicalismo comenzó antes del
autoproclamado Califato de Abu Bakr el-Baghdadi. Cabe recordar que el fenómeno
es muy anterior y que el Estado Islámico no es sino su más mediáticamente cruel
expresión, por cierto no la única.
El Papa Francisco dijo que «el mundo
está en guerra» pero que «no es una guerra entre religiones, porque
todas las religiones quieren la paz». Pues creemos que en esto, su
Santidad se equivoca.
El terrorismo islamista no puede ser
identificado con el Islam todo. Sería injusto y equivocado. De los 1600
millones de musulmanes en el mundo, la enorme mayoría rechaza el terrorismo en
su nombre. Pero es menester imperioso conocer la raíz del extremismo
fundamentalista, para intentar combatir a una minoría que secuestró a la
religión de tantos musulmanes que sí, como dice Francisco, quieren la paz. Y
viene, sí, de la interpretación literal de versículos originales del Corán, al
extremo, como órdenes a cumplir hoy, en el siglo XXI. Si toman como dogma a
cumplir palabras determinadas de su libro sagrado, está colocada la base para
la muerte: «Y preparaos todo lo que podáis para luchar contra ellos (los
infieles), como fuerza y como equipo para aterrorizar al enemigo de Alá».
Ahí está una de las bases.
De fondo hay una problemática compleja,
inclusive en casos en los que no se llega a la espantosa violenta que el mundo
ha estado viendo en los últimos años. Y lo explica otra destacada figura de la
Iglesia católica, el Cardenal Raymond Burke, patrono de la Soberana Orden de
Malta, quien según informó InfoVaticana, declaró que «cuando los
musulmanes se convierten en mayoría tienen la obligación de someter a toda la
población a la ley islámica», agregando que «el Islam quiere gobernar
el mundo, es una religión que, según su propia interpretación, también debe
convertirse en el Estado».
Todo indica que la batalla que sería clave,
la interna en el propio Islam, no tiene fuerza. La mayoría está amedrentada por
la minoría que le ataca. La lucha, pues, está en manos del mundo libre,
precisamente para poder seguir siendo eso… libre, y para poder vivir.
Espanto
01/Ago/2016
Montevideo Portal, por Ana Jerozolimski