Cuando la música es violencia

14/Jul/2016

Enlace Judío, Por Alex Ross (The New Yorker), traducido por Silvia Schnessel

Cuando la música es violencia

De las trompetas de los muros de Jericó a
canciones pop como tortura en la guerra de Irak, el sonido puede ser un arma
poderosa
En diciembre de 1989, el dictador panameño
Manuel Noriega fue expulsado del poder por fuerzas estadounidenses. Para
escapar de la captura, se refugió en la Nunciatura papal en la Ciudad de
Panamá. Cuando un general estadounidense fue a hablar con el nuncio papal, el
Ejército de Estados Unidos hizo sonar música por los altavoces para evitar el
espionaje de periodistas. Los miembros de una unidad de operaciones
psicológicas decidieron entonces que poner música sin parar podría llevar a
Noriega a rendirse. Hicieron peticiones de canciones en la estación de radio
local de las fuerzas armadas, y dirigieron el estruendo a la ventana de
Noriega. Creían que el dictador prefería la ópera por lo que hicieron que
predominara el rock duro. Las canciones transmitían mensajes amenazantes, a
veces burlones: “No More Mr. Nice Guy”, de Alice Cooper, “Me sacudiste toda la
noche”, de AC/DC.
Aunque los medios de comunicación
disfrutaron con el espectáculo, al presidente George HW Bush y el general Colin
Powell, entonces jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, no lo
aprobaron. Bush encontró la campaña “irritante y ruin”, y Powell hizo que la
quitaran. Noriega había recibido entrenamiento en operaciones psicológicas en
Fort Bragg en la década de los años sesenta, y se decía que era capaz de dormir
profundamente en medio del clamor. No obstante, los funcionarios militares y
policiales estaban convencidos de haber dado con una táctica valiosa. “Desde el incidente de Noriega, se ha visto
mayor uso de altavoces”, declaró un portavoz de las operaciones psicológicas.
Durante el sitio del complejo de los davidianos, en Waco, Texas, en 1993, el
FBI les puso música y ruido día y noche. Cuando los militantes palestinos
ocuparon la Iglesia de la Natividad, en Belén, en el año 2002, las fuerzas
israelíes trataron de expulsarlos con heavy metal. Y durante la ocupación de
Irak, la CIA añadió música al régimen de tortura conocido como “interrogatorio
mejorado”. En Guantánamo, los detenidos eran despojados de su ropa interior,
encadenados a sillas, y cegados por luces estroboscópicas mientras heavy metal,
rap, y melodías infantiles invadían sus oídos. La música ha acompañado los
actos de guerra desde las trompetas de los muros de Jericó, pero en las últimas
décadas se ha convertido en un arma como nunca antes – equipada para el paisaje
irreal de la batalla moderna.
La intersección de música y violencia ha
inspirado una serie de estudios académicos. Numerosos libros examinan la
tortura y el acoso, listas de soldados de la guerra de Irak e interrogadores,
tácticas musicales en los esfuerzos estadounidenses de prevención del delito,
crueldades sónicas infligidas en el Holocausto y otros genocidios, las
preferencias musicales de militantes de Al Qaeda y skinheads neonazis. Y una nueva
traducción del libro de Pascal Quignard 1996, “El odio de la Música” (Yale),
que explora asociaciones seculares entre música y barbarie.
Cuando la música se aplica a extremos
bélicos, tendemos a creer que se ha vuelto contra su naturaleza inocente. Por
citar lugares comunes estándar, tiene encantos para calmar un pecho salvaje; es
el alimento del amor; nos une y nos hace libres. Resistimos la evidencia que
sugiere que la música puede nublar la razón, remover rabia, causar dolor,
incluso matar. No es probable que los tratados sobre el lado oscuro de la
música se vendan tanto como los alegres libros de ciencia popular que
promocionan la capacidad de la música para hacernos más inteligentes, más
felices y más productivos. Sin embargo, es probable que nos acerquen a la
verdadera función de la música en la evolución de la civilización humana.
J. Martin Daughtry, autor de “Escucha la
guerra: sonido, música, trauma, y supervivencia en los tiempos de guerra de
Irak”, subraya algo crucial sobre la naturaleza del sonido y, por extensión, de
la música: escuchamos no sólo con nuestros oídos, sino también con nuestro
cuerpo. Luchamos contra sonidos fuertes antes que el cerebro consciente
comience a intentar entenderlos. Por lo tanto, es un error colocar “música” y “violencia”
en categorías separadas; como escribe Daughtry, el sonido en sí mismo puede ser
una forma de violencia. Detonar proyectiles provoca ondas de choque
supersónicas que ralentizan y se convierten en ondas de sonido; esas ondas se
relacionan con lesiones cerebrales traumáticas, una vez conocidas como neurosis
de guerra. Los síntomas del trastorno de estrés postraumático a menudo se
activan con señales sonoras; los residentes de Nueva York lo experimentaron
después del 11 de septiembre cuando el reventón de un neumático hacía saltar a
todos.
El sonido es tanto más potente porque es
ineludible: satura un espacio y puede traspasar paredes. Quignard – novelista y
ensayista de aforismos oblicuos, escribe:
Todo sonido es algo invisible con forma de
perforador de envoltorios. Se trate de cuerpos, habitaciones, apartamentos,
castillos, ciudades fortificadas. Siendo inmaterial, rompe todas las
barreras… Escuchar no es ver. Lo que se ve puede ser abolido por los
párpados, detenido por tabiques o cortinas, volverse de inmediato inaccesible
por paredes. Lo que se escucha no conoce párpados, ni separaciones, ni
cortinas, ni paredes… El sonido penetra. Viola.
El hecho de que los oídos no tengan
párpados explica por qué las reacciones a sonidos no deseados pueden ser
extremas. Nos enfrentamos a intrusos sin rostro; nos tocan manos invisibles.
Los avances tecnológicos, especialmente en
el diseño de altavoces, han aumentado los poderes invasivos del sonido. Un
dispositivo comercial llamado Mosquito desalienta a los jóvenes de estar
ociosos; emite sonidos en un rango de 17,5 a 18,5 kilohercios, que
generalmente, sólo pueden oír los menores de veinticinco años.
Los seres humanos reaccionan con especial
repulsión a las señales musicales que no son de su elección o agrado. Muchas
teorías de neurociencia sobre cómo actúa la música en el cerebro, tales como la
noción de Steven Pinker de que la música es “pastel de queso auditivo”, un
placer biológicamente inútil, ignoran cómo afectan los gustos personales a
nuestro procesamiento de información musical. Un género que enfurece a una
persona puede tener un efecto placebo en otra. Un estudio realizado en 2006 por
la psicóloga Laura Mitchell, que pone a prueba la forma en que las sesiones de
musicoterapia pueden aliviar el dolor, encontró que una persona que sufre
estaba mejor atendida con su “música preferida” que con una pieza con supuestas
cualidades calmantes de forma innata. En otras palabras, la terapia musical
para un fan de heavy metal debe incluir heavy metal, no Enya.
“La música en la Prevención y Castigo
Americanos del Crimen” de Lily Hirsch (Michigan) explora cómo se puede explotar
las divergencias en el gusto con fines de control social. En 1985, los
administradores de una serie de tiendas 7-Eleven en Columbia Británica
comenzaron a poner música clásica y fácil de escuchar en sus estacionamientos
para espantar a los adolescentes ociosos. La idea era que los jóvenes
encontraran insufriblemente anticuada una banda sonora semejante. A
continuación, la empresa 7-Eleven aplicó esta práctica en toda América del
Norte, y pronto se extendió a otros espacios comerciales. Para disgusto de
muchos fans de música clásica, especialmente jóvenes solitarios, parece que
funciona. Es una inversión del concepto de música ambiental, inventado para dar
un barniz sonoro agradable a los entornos públicos. Aquí la música instrumental
se convierte en un repelente.
Para Hirsch, no es coincidencia que
7-Eleven perfeccionara su técnica de purificación musical mientras las fuerzas
estadounidenses experimentaban el acoso musical. Ambos reflejan una estrategia
de “disuasión a través de la música”, capitalizar rabia contra lo no deseado.
Difundir tecnología digital portátil, desde un CD en el reproductor iPod y los
teléfonos inteligentes, significa que es más fácil que nunca imponer la música
en un espacio y girar los tornillos psicológicos. El siguiente paso lógico
podría ser un algoritmo de Spotify que puede descubrir qué combinación de
canciones es más probable que vuelva loco a alguien.
Cuando Primo Levi llegó a Auschwitz, en
1944, se esforzó en darle sentido no sólo a lo que veía, sino a lo que oía.
Cuando los prisioneros regresaban al campo al cabo de un día de arduo trabajo,
marchaban animosos al son de música popular: en particular, la polka “Rosamunde”,
un éxito internacional entonces. La primera reacción de Levi fue reírse. Pensó
que estaba siendo testigo de una “farsa colosal con sabor teutónico”. Más tarde
comprendió que la yuxtaposición grotesca de música ligera y el horror estaba
destinada a destruir el espíritu tanto como los crematorios destruían el
cuerpo. Las cepas alegres de “Rosamunde”, que también emanaban de los altavoces
durante los fusilamientos en masa de los judíos en Majdanek, se burlaban del
sufrimiento que infligían los campos.
Marchas en los campos nazis
Los nazis fueron pioneros del sadismo
musical, aunque aparentemente los altavoces se habían desplegado para ahogar
los gritos de las víctimas más que para torturarlos. Jonathan Pieslak, en su
libro de 2009, “Objetivos de Sonido: soldados y música americanos en la guerra
de Irak”, encuentra un precedente cinematográfico en la película de Alfred
Hitchcock de 1940 “Corresponsal en el extranjero”, donde los espías nazis
atormentan a un diplomático con luces brillantes y música swing. Hasta cierto
punto, el interrogatorio mejorado con sonido puede haber sido una fantasía de
Hollywood que migró a la realidad del mismo modo que otros aspectos del régimen
de tortura estadounidense se inspiraron en programas de televisión como “24”.
Del mismo modo, en la batalla de Faluya de 2004, altavoces montados en
vehículos todo terreno bombardearon a los iraquíes con Metallica y AC/DC,
imitando la escena de Wagner en “Apocalypse Now”, en el que una escuadrilla de
helicópteros despide “La Cabalgata de las Valkirias” mientras arrasa a un
pueblo vietnamita.
Jane Mayer, un escritor de esta revista, y
otros periodistas han demostrado que la idea de castigar a alguien con música
también surgió de la investigación en la era de la Guerra Fría como concepto de
“tortura sin contacto” – sin dejar marcas en los cuerpos de las víctimas. Los
investigadores de la época demostraron que la privación y manipulación
sensorial, con largas temporadas de ruido, podían provocar la desintegración de
la personalidad de un sujeto. A principios de la década de los cincuenta, los
programas para entrenar soldados estadounidenses y agentes de inteligencia para
soportar la tortura tenían un componente musical. El concepto se extendió a unidades
militares y policiales de otros países, donde se aplicó no a los aprendices,
sino a los presos. En Israel, los palestinos detenidos eran atados a sillas de
jardín de infancia, esposados, con capucha, y sumergidos en música clásica
modernista. En el Chile de Pinochet, los interrogadores empleaban, entre otras
selecciones, la banda sonora de “La naranja mecánica”, cuya notoria secuencia
de terapia de aversión, atribuída a Beethoven, puede haber fomentado
experimentos similares en la vida real.
En Estados Unidos, la tortura musical
recibió autorización en septiembre de 2003, según nota del general Ricardo
Sánchez. Se puede usar “Gritos, Música fuerte, y Control de luz” “para crear
temor, desorientar a los detenidos y prolongar el impacto de la captura”, siempre
que el volumen fuera “controlado para evitar lesiones”.
¿Puede calificarse de tortura forzar a
escuchar música? La musicóloga Suzanne Cusick abordó la cuestión en un artículo
de 2008 de la Revista de la Sociedad para la Música Americana. Durante la
administración Bush, el gobierno de Estados Unidos sostuvo que las técnicas que
inducen dolor físico más que psicológico no equivalen a tortura tal como han
definido las convenciones internacionales. Cusick, sin embargo, deja claro que
la táctica de música fuerte muestra un grado de enfriamiento del sadismo
informal: la elección de las canciones parece destinada a divertir a los
captores tanto como a repugnar a los cautivos. Probablemente pocos detenidos
entiendan las letras en inglés dirigidas a ellos.
No hay política oficial respecto a las
listas de reproducción en prisión; los interrogadores las improvisaron usando
cualquier tipo de música que tuvieron a mano. Muchos veteranos de Irak
escuchaban las mismas canciones por su propio interés, sobre todo cuando se
preparaban para una misión peligrosa. Ellos, también, buscaban los rincones más
anárquicos del heavy metal y el rap gangsta. Ciertas canciones sirven tanto
para fustigar a los soldados en un frenesí letal como para aniquilar el
espíritu de “combatientes enemigos”, no se puede pedir una demostración más
clara de la no universalidad de la música, de su capacidad para sembrar
discordia.
Los soldados dijeron que utilizaban la
música para desprenderse de la empatía.
Como señalan Hirsch y otros estudiosos, la
idea de la música como inherentemente buena se afianzó sólo en los últimos
siglos. Los filósofos de épocas anteriores tendían a ver el arte como una
entidad ambigua, poco fiable, que debía ser adecuadamente administrada y
canalizada. En la República de Platón, Sócrates se burla de la idea de que “la
música y la poesía eran sólo teatro inofensivo”. Él distingue entre los modos
musicales que “convenientemente imitan el tono y el ritmo de una persona
valiente activa en la batalla” y los que suenan suaves, afeminados, lascivos, o
melancólícos. El “Libro de los Ritos” chinos diferencia entre el sonido alegre
de un Estado bien gobernado y el sonido resentido de un ser confuso. Juan
Calvino creía que la música “tiene un poder increíble e insidioso de llevarnos
donde quiere”. “Tenemos que ser más diligentes para controlar la música de
manera que nos sirva para el bien y no nos haga daño”, dijo.
A pesar de la catástrofe cultural de la
Alemania nazi, la idealización romántica de la música persiste. La música pop
está considerada en la tradición americana como la fuerza redentora del mundo.
Muchos consumidores prefieren ver sólo el lado positivo del pop: la aprecian
como influencia cultural y espiritualmente liberadora, de alguna manera libre
de la rapacidad del capitalismo, aunque invada el mercado. Cada vez que se
sugiere que la música podría provocar o incitar la violencia, los fans de
repente devalúan su poder, describiéndola como un vehículo de juego inofensivo
que no puede impulsar cuerpos en acción. Cuando Eminem proclama que “sólo está
haciendo el payaso”, le toman la palabra.
El patrón de agresión sonora que va del
sitio de Noriega a la guerra de Irak plantea estas cuestiones en términos muy
duros. Hubo una resaca desagradable de triunfalismo cultural en la música
contundente, hipermasculina, utilizada para humillar a los presos extranjeros.
“La subjetividad del detenido debía estar perdida en un mar de sonidos
estadounidenses”, escriben Johnson y Cloonan. En un nivel simbólico, los
rituales en Guantánamo presentan una imagen extrema de cómo se impone la
cultura americana en un mundo a menudo reticente.
Aunque la música tiene una enorme capacidad
de crear sensación comunal, ninguna comunidad puede formarse sin excluir a los
extraños. El sentido de unidad que fomenta una canción en un rebaño humano
puede parecer hermosa o repulsiva en función de si se ama u odia dicha canción.
La sonoridad aumenta la tensión: la música a todo volumen es un movimiento
hegemónico, una declaración de desdén para cualquiera que piense diferente.
Tanto marchando como bailando o sentados en silencio, nos está moldeado en una
masa única a través del sonido. Como se observa en “El odio a la música” de
Quignard, la palabra latina obaudire, obedecer, contiene audire, escuchar. La
música “hipnotiza y hace que el hombre abandone lo expresable”, escribe.
“Escuchando, el hombre está cautivo”.
En un capítulo dedicado a la música
ambiental infernal de Auschwitz, Quignard cita a Tolstoi: “Cuando uno quiere
tener esclavos, debe tener tanta música como sea posible”.
AuschwitzAuschwitz
Los pasajes más inquietantes de su libro
sugieren que la música siempre ha tenido un corazón violento que puede tener
sus raíces en la necesidad de dominar y matar. Especulan que parte de la
primera música fue hecha por cazadores para atraer a sus presas, y un capítulo
habla del mito de las sirenas, a las que los hombres engañan con la canción
igual que una vez engañaron a los animales con la música. Quignard reflexiona
que algunas armas al principio fueron usadas como instrumentos dobles: estirar
una cuerda de un arco podía arrancar resonancias o enviar una flecha por el
aire. La música se basó visiblemente en la masacre de animales: arcos de crines
de caballos, cuernos arrancados de cabezas de caza mayor.
¿Qué hacer con estas nefastas reflexiones?
Renunciar a la música no es una opción, ni siquiera Quignard se atreve a
hacerlo. Se puede renunciar a la ficción de la inocencia de la música.
Descartar esa ilusión no es disminuir la importancia de la música; más bien, nos
permite registrar el misterioso poder del medio.
Admitir que la música puede convertirse en
un instrumento del mal es tomarla en serio como forma de expresión humana.