La versión nazi de «Titanic» que le costó la vida a su director

05/Jul/2016

ABC, España

La versión nazi de «Titanic» que le costó la vida a su director

Hitler lo tuvo claro desde el principio: el
cine era un arma tan eficaz como el más letal de los tanques. Comenzó a usarlo
en 1933, poco después de ganar las elecciones y subir al poder en Alemania.
Pero fue sobre todo a partir del estallido de la Segunda Guerra Mundial, en
1939, cuando la maquinaria propagandística nazi cogió músculo y empezó a rodar
superproducciones antisemitas del calibre de «El judío eterno» (1939) o «El
judío Süss» (1940).
Fue en 1943 cuando a Joseph Goebbels se le
ocurrió la idea de llevar al cine los acontecimientos del Titanic, el famoso transatlántico
que, tras chocar contra un iceberg en su viaje inaugural de 1912, se hundió en
aguas del Atlántico con 2.200 pasajeros a abordo. Murieron más de 1.500. Uno de
los mayores naufragios de la historia ocurridos en tiempo de paz, que el Tercer
Reich utilizó en tiempos de guerra para glorificar al pueblo alemán e intentar
desacreditar a lo aliados.
La película contó con el presupuesto más
alto de la historia del cine germano hasta ese momento y fue encargada
directamente Herbert Selpin, un afamado director alemán con pocas simpatías con
el partizo nazi que había debutado en 1932 con «Chauffeur Antoinette». Sin
embargo, tras 23 películas, tuvo la mala suerte de que le llegara este proyecto
que le constó literalmente la vida. Tal es así, que se le conocerá a partir de
entonces como «la última víctima del Titanic».
El filme cuenta la historia del famoso
transatlático, cuya construcción había supuesto un esfuerzo tan grande para la
naviera White Star Line, que su presidente, Sir Bruce Ismay, intenta batir el
récord de velocidad en el viaje inaugural a toda costa. El objetivo es obtener
la confianza de los inversores, sin atender a las advertencias del oficial
alemán que viaja a bordo del barco como segundo piloto. Las señales de peligro
están ahí y solo parece verlas este valiente, honrado y honesto germano, a
diferencia de los irresponsables, incrédulos, prepotentes y obtusos británicos
cegados por el ego y la ambición. Todo esto, claro, hasta que se produce la
colisión y afloran la cobardía de los ingleses y el heroísmo de los pasajeros
alemanes que viajaban en tercera clase.
Selpin vs Goebbles
Desde el principio del rodaje, Selpin se
mostró reacio a seguir las indicaciones de Goebbels, que parecía interesado
unicamente en resaltar la mezquindad de los pasajeros ingleses durante el
desastre. Las discusiones entre el director y el guionista, Walter
Zerlett-Olfenius, eran continuas. Selpin no podía soportar que el rodaje no
avanzara debido a la juergas de los oficiales de la Marina nazi llegados para
asesorarle, que se dedicaban a cortejar a las actrices más que a realizar su
trabajo.
Tras un viaje a Berlín para filmar algunas
escenas en un estudio, mientras el resto del equipo se quedaba en el puerto de
Gotenhafen para rodar otras, el cineasta comprobó que no habían avanzado ni un
solo plano. Cuando fue a pedirle explicaciones a su guionista, éste defendió a
los condecorados oficiales aduciendo que, con la cruz de hierro en el pecho,
estos podían hacer lo que se les diera la gana sin que él tuviera autoridad
para llamarles la atención. Selpin, entonces, hizo el comentario sarcástico que
jamás debió haber hecho: aseguró que las condecoraciones de sus uniformes les
habían sido asignadas por las mujeres que habían conquistado más que por sus
méritos de guerra.
Zerlett-Olfenius no solo presentó su
dimisión, sino que viajó a Berlín y denunció a Selpin. El director fue detenido
por agentes de la Gestapo y llevado en presencia de Goebbels, que intentó por
todos los medios que se retractase de lo dicho. No tuvo éxito y, al día
siguiente, el fue encontrado muerto en la celda, ahorcado con sus propios
tirantes.
Werner Klinger fue el encargado de terminar
de rodar «Titanic», con la prohibición explícita de Goebbles de que nadie
mencionara el nombre de Selpin durante las semanas que quedaban de producción.
El ministro de propaganda también tuvo que amenazar al equipo para que
obedeciera las órdenes de un reincorporado Zerlett-Olfenius, que tenía a toda
la plantilla en su contra tras la traición al anterior director.
La versión soviética de «Titanic»
El montaje final de Klinger fue brillante y
la película llegó a estrenarse en la Francia ocupada con gran éxito, en la
Navidad de 1943. El objetivo era recuperar la enorme cantidad de dinero
invertido en la cinta. Sin embrago, Goebbels prohibió su proyección poco
después en Alemania, pues las escenas del hundimiento de Selpin eran tan reales
que el ministro de Hitler temía que fuera a desmoralizar a su pueblo en tiempos
de guerra y bajo la incesante lluvia de bombas de los aviones enemigos.
Millones de euros de presupuesto y la vida de una respectado director para que
luego «Titanic» ni tan siquiera llegara a las salas en la salas germanas bajo
el Tercer Reich.
La película sí llegó a estrenarse en la
Alemania Occidental una vez terminada la guerra, aunque fue inmediatamente
retirada de las salas por la nefasta imagen que daba de los ingleses. Los
soviéticos dejaron intacta las escenas en las que se criticaba a los
británicos, pero le despojó de todas las soflamas nazis, proyectándola después
en la Alemania Oriental con muy buenas críticas.
La maldición de esta película, sin embargo,
no se detuvo en la muerte de Herbert Selpin. El barco en el se rodó, el
Casquillo Arcona, fue hundido por la aviación británica tres semanas antes del
fin de la guerra tras haber sido confundido con un navío militar. Murieron los
más de 5.000 heridos y prisioneros de los campos concentración que iban a
bordo. Mientras la protagonista, Sybille Schmitz, fue marginada por la
industria del cine y acabó suicidándose absolutamente sumida en una fuerte
adición a las drogas y al alcohol.
A finales de los 90, el «Titanic» de Selpin
y Klinger fue recuperado en DVD, donde se aprecian unos efectos especiales
increíbles para la época. Se cree que James Cameron se inspiró en alguna de sus
escenas, muy parecidas a las que aparecen en la versión de 1997, aquella
historia de amor que, protagonizada por Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, se
convirtió en la película con más Oscar de la historia.