Obama y la palabra Prohibida

24/Jun/2016

PorIsrael, por: Julián Schvindlerman

Obama y la palabra Prohibida

¿Por qué no puede el Presidente de los
Estados Unidos admitir que el terrorismo islámico es islámico? ¿Por qué usó el
atentado en San Bernardino para sermonear sobre la islamofobia y el de Orlando
para condenar la homofobia, pero ninguno para denunciar por su nombre al
islamismo? ¿Y por qué se niega Barack Obama a pronunciar La Palabra Prohibida
-fundamentalismo islámico- toda vez que un musulmán asesina a civiles invocando
las virtudes de la yihad?
Obama tiene a La Palabra Prohibida
atragantada en su ideología. Él es tan preso de la corrección política que es
incapaz de definir con claridad qué enemigo enfrenta su nación. Omar Mir
Saddiqi Mateen, un estadounidense-musulmán de ascendencia afgana, masacró a
casi medio centenar de homosexuales en una discoteca en suelo americano.
Telefoneó a la policía para declarar su adhesión al Estado Islámico. Posteó en
su Facebook: “Ahora saboreen la venganza de Estado Islámico” y “Quizás Alá me
acepte”. Fue el peor ataque islamista dentro de los Estados Unidos desde el
9/11 y ocurrió en un contexto donde el ISIS está arrojando a homosexuales desde
azoteas y apenas un mes después de que el responsable del grupo para ataques
internacionales, Abu Mohammed al-Adnani, pidiera a sus seguidores que matasen
infieles en los Estados Unidos durante el Ramadán. Pero el Presidente Obama
cree que la sociedad debe debatir ahora acerca del control de armas o el odio a
los gays o la estigmatización de los musulmanes (todos temas importantes sin
duda alguna) antes que sobre del islam político (que es el asunto troncal
aquí).
Universalmente cuestionado por su
reticencia anormal a pronunciar La Palabra Prohibida, Obama respondió con
indignación: “¿Qué lograría exactamente al utilizar esa etiqueta? ¿Qué
cambiaría exactamente? ¿Llevaría a EI a matar a menos norteamericanos?… No hay
magia en la frase ´islam radical´. Es un mensaje político. No es una
estrategia”. Bueno, aunque Obama no lo comprenda, las palabras importan. El
pueblo americano tiene derecho a saber precisamente quién lo está atacando y lo
menos que se puede pedir al líder de la nación -y del mundo libre- es que se
exprese con claridad al respecto. ¿Tuvo algún inconveniente Dwight Eisenhower
en llamar nazis a los nazis? ¿Evidenció algún prurito Ronald Reagan en
denominar comunistas a los comunistas? La falta de rigor conceptual de este
presidente no es un asunto semántico. Es un asunto de filosofía política de
primer orden. Y tiene consecuencias reales en nuestro mundo.
Obama es un negador, o bien un minimizador,
de la amenaza yihadista. Cuando el ISIS comenzó a publicitar las decapitaciones
de enemigos capturados, la asesora principal de la Casa Blanca Valerie Jarret
le trasladó al Presidente el impacto que eso podría estar teniendo en la
sociedad americana. “No vendrán aquí a cortar nuestras cabezas” le respondió
distendidamente Obama. En su ya icónico ensayo en The Atlantic, Jeffrey
Goldberg relató que Obama “con frecuencia recuerda a su personal que el
terrorismo toma muchas menos vidas en EE.UU. que la portación de armas, los
accidentes automovilísticos y los tropiezos en las bañeras”.
Observadores memoriosos han recordado que
un día antes de que el ISIS matara a 130 personas en Paris, Obama se jactó de
que este grupo “está contenido”; que un día antes de que una pareja de
musulmanes acribillara a tiros a estadounidenses en la localidad californiana
de San Bernardino, Obama declaró ante un periodista que “el pueblo americano
debería tener la confianza de que, ya sabes, vamos a ser capaces de defendernos
y asegurarnos de que, ya sabes, tendremos unas buenas vacaciones y seguiremos
con nuestras vidas”; y que poco antes de que los hombres de Abu Bakr
al-Baghdadi se apoderasen de vastas
extensiones en Irak y Siria, Obama dijo que frenarlos no era “algo en lo que
hay que meterse” porque ellos no representan “una amenaza directa para
nosotros”. Dígale eso a las 49 víctimas de Orlando, Sr. Presidente.
La reticencia de Barack Obama en señalar al
enemigo islamista y de actuar de manera decidida en su contra -después de todo,
¿Para qué combatirlo si más gente muere en las bañeras? ¿Para qué nombrarlo si
no es más que una etiqueta?- ha tenido su impacto en la realidad. Un reciente
documental emitido en PBS atribuye en buena medida a la inacción del presidente
la asombrosa expansión del ISIS, que bajo su mirada creció hasta contar 40
grupos afiliados en 16 países. Un estudio de la Rand Corporation revela que
entre 2010 y 2013 el número de yihadistas en el orbe se duplicó y que el número
de grupos yihadistas trepó un 58%. Una investigación de la Universidad Estatal
de Indiana detectó 38 casos de “lobos solitarios” (no exclusivamente
islamistas) en EE.UU. entre 1940 y 2001, otros doce durante la presidencia de
George W. Bush y más de cincuenta desde que Obama llegó a la Casa Blanca.
Pero a no inquietarse, que, tal como el
Presidente de los Estados Unidos ha postulado en el 2013, “Esta guerra, como
todas las guerras, debe terminar. Eso es lo que la historia recomienda. Eso es
lo que nuestra democracia demanda”. Sólo falta que ISIS tome nota.