La «tregua» y su componente antisemita

30/May/2016

El Observador, Por Leonardo Haberkorn

La «tregua» y su componente antisemita

La esposa de un empresario judío
secuestrado y torturado en 1972, da su testimonio: «un lugar triste en la
historia uruguaya»
«Mi nombre es Silvia Rozental de
Wegbrait. He ocupado un lugar triste en la historia uruguaya».
Así decía el mensaje que recibí por
Facebook.
La historia que la señora Rozental tenía
para contarme ocurrió en 1972, en uno de los períodos más negados de la
historia reciente: la tregua entre el Ejército y el Movimiento de Liberación Nacional
Tupamaros.
La tregua tuvo varias etapas. En la primera
se negoció una rendición con ciertas condiciones del MLN, que no prosperó. En
una fase posterior, los líderes capturados del MLN acordaron colaborar con los
militares y ordenaron a algunos tupamaros que trabajaran junto con sus captores
en la elaboración de planes de gobierno y en el combate a los «ilícitos
económicos». Tal tarea llevó a que, al margen de la justicia competente,
empresarios y profesionales acusados de corrupción fueran secuestrados. Ellos
eran la causa de la pobreza y de la guerrilla, sostenían ambos bandos.
En muchos casos, los detenidos por
«ilícitos económicos» fueron torturados en los cuarteles. En un giro
paradójico e irónico de la historia, algunos tupamaros que antes habían sido
torturados se prestaron a colaborar en la tortura de los «ilícitos».
Los libros Ecos revolucionarios, de Enrique Vescovi, y Milicos y tupas (escrito
por el autor de la nota) aportan testimonios.
Silvia Rozental fue protagonista
involuntaria de «la tregua». Vive en Buenos Aires desde hace décadas.
Su fallecido marido, Jaime Wegbrait, fue uno de los secuestrados bajo la
acusación de realizar «ilícitos económicos». Era dueño de la fábrica
APSA, representante en Uruguay de la empresa estadounidense RCA Víctor.
«Quiero contar mi historia para que nunca más vuelva a repetirse»,
dijo.
«A mi unidad trajimos a Wegbrait y al
contador Buka, dos judíos, grandes cagadores», recuerda en Milicos y Tupas
el coronel retirado Luis Agosto, que en aquel entonces era capitán en el cuartel
de artillería conocido como La Paloma, en el Cerro de Montevideo.
«Fue ahí cuando descubrimos las
famosas empresas fantasmas, igual que las SAFIs de ahora. Descubrimos libros
contables de empresas con sellos de Panamá. Los tipos tenían un abogado en Panamá
y un cofre fort. Hacían los giros a Panamá, que eran ficticios, y metían esos
dólares en los cofres y luego en el mercado negro de acá».
Un ministro de 1972 que habló para el libro
con la condición de que no se publicara su nombre dijo: «Los militares
consideraban que la corrupción era una especie de entendimiento entre el gran
capital y el gobierno, por el cual se saqueaba el país. Esto era así sobre todo
para los mandos bajos, los capitanes y mayores, que eran los que estaban en los
cuarteles, influenciados por los tupas. Entonces comenzaron a investigar las
actividades comerciales pensando que era una forma de saqueo que se estaba
haciendo al país. Para darle una idea: yo era ministro y un día me avisan que
en el aeropuerto de Carrasco estaban revisando a la gente que salía para ver si
se llevaban dólares. Llamé al jefe de Carrasco y me dijo que la operación
estaba a cargo de militares del Estado Mayor Conjunto. Entonces llamé al Esmaco
y le dije a un general que eso era una barbaridad. ‘¿Usted cree que tiene
alguna importancia que alguien saque cuatro vintenes en dólares? Si alguien
quiere sacar dólares en serio alquila una avioneta y lo hace por Melilla. Esto
hay que pararlo, lo único que hace es correr a la gente’. Andar con dólares era
poco menos que un delito».
¿Antisemitismo económico?
Por haber pertenecido al MLN, el contador
Carlos Koncke estuvo en el cuartel de La Paloma, donde durante la tregua llegó
a dictar clases de economía marxista a los oficiales del cuartel. «Buka
era un gordo bueno, un simple contador como hay miles», relató en Milicos
y tupas. «Lo detuvieron porque lo denunció un tupa de veintipocos años, un
estúpido, un débil mental, que lo hizo solo para estar bien con los milicos.
¿De qué lo acusaban? ¡De nada! ¡En aquel momento no existía el blanqueo de
capitales, porque no había impuesto a la renta! Pero los milicos no entendían
nada de nada».
Koncke contó que a Buka «lo torturaron
de manera brutal. Yo sentía la necesidad de consolarlo, de acercarme y decirle,
‘mire que esto va a pasar’, pero no lo pude hacer. Todo ese episodio fue una
estupidez de última categoría».
Entrevistado por teléfono desde Israel
cuando aquella investigación, Buka dio la impresión de ser alguien que, por una
lógica cuestión de salud mental, endulzó un poco sus recuerdos. «A pesar
de que me hicieron el submarino, como a todos los tupamaros que tenían allí, se
puede decir que en general me trataron con respeto». Negó las acusaciones
de Agosto. Dijo que era un simple contador, que no cometió delitos. Muchos de
los detenidos de esa campaña contra los «ilícitos económicos» fueron
judíos. Consultado Buka respecto a si creía que hubo un componente de
antisemitismo en todo el asunto, respondió: «No sé. Uno me dijo una vez:
‘Ahora, judío de mierda, te vamos a sacar todo’. Pero pienso que fue la
expresión de un individuo aislado».
«Chiche, sácame de acá»
Silvia Rozental tiene otra visión. «A
Jaime lo llevaron en agosto del 72. Golpearon la puerta. «Somos las
Fuerzas Conjuntas», anunciaron y me dijeron que se iban a llevar a Jaime
para interrogarlo. Les dije que era un industrial reconocido, una persona que
daba empleo. Me pidieron que les diera una frazada y me dijeron que al día
siguiente lo iban a traer. Estuvo tres meses secuestrado».
-¿De qué lo acusaban?
-Un día antes habían allanado el estudio
del contador Buka y encontraron un cheque en dólares, librado contra un holding
panameño, en el que figuraba el apellido Wegbrait. Estaba prohibido operar en
dólares en ese momento. Lo tomaron como un «ilícito económico» sobre
el cual le correspondía a las Fuerzas Conjuntas hacer justicia por cuenta de
ellos mismos. Poco tiempo después, el gobierno autorizó a operar en dólares.
-¿Se lo acusaba de sacar el dinero del
país?
-No, era un tema contable. Los Wegbrait
siempre invirtieron el dinero que ganaban en sus industrias. En esa época, diez
o doce fábricas pertenecían al grupo Wegbrait: APSA, Reciplast, Cuerygom,
Productos Proteicos Uruguayos… De todo eso ya no queda nada. Mis tres hijos
tuvieron que empezar cada uno por su cuenta.
-¿Habían tenido alguna advertencia previa?
-No. Pero un tiempo antes nos habían
llamado de la policía para decirnos que habían allanado un local tupamaro y
nosotros figurábamos en una lista de objetivos.
-¿Los militares que lo tenían secuestrado
se comunicaron con usted?
-Cuando Jaime ya llevaba 10 o 15 días
preso, un oficial me llamó. Me dijo que si yo quería hacerle llegar comida y
cosas, él lo podía hacer. Me citó en la puerta del cine Plaza, en la plaza
Cagancha. Yo le decía: yo no sé quién es usted, ¿cómo lo voy a ubicar? Él me
dijo: «Yo la conozco». Nos tenían fichados a todos.
-¿Se encontró con ese oficial?
-Sí. Yo le daba chocolates y galletitas
para Jaime y él me traía cartas de mi marido. Pero estaban todas tachadas, con
la mitad de las cosas tapadas de negro. Solo podía leer lo que ellos querían.
-¿Ese oficial actuaba así por razones
humanitarias o le pidió dinero?
-Yo le di algo de plata. Tuve que hacer
muchas cosas que nunca pensé que iba a llegar a hacer.
-¿Pudo ver a su marido alguna vez?
-Sí. Me autorizaron a verlo en el Día del
Perdón, la fecha judía más sagrada. Me dijeron que fuera a la sede de Región
Militar Número 1, en la avenida Agraciada. Fui sola. Cuando entré me temblaban
las piernas, estaba embarazada, tenía solo 30 años. Era una casa muy grande,
antigua, fría, con unos escritorios muy bellos. Me hicieron esperar media hora.
Luego me recibió el general Esteban Cristi, que era el jefe. Se mostraba
ostentoso y orgulloso del papel que estaba desempeñando. Me trajeron a Jaime.
Estaba con una capucha negra, parecía un delfín. Me abrazó y me dijo:
«Chiche, sácame de acá lo antes posible». No resistía más. Lo
torturaban.
-¿Qué torturas recibió?
-Le hicieron el submarino, le dieron picana
y lo encerraron en una celda de un metro por uno cincuenta. Querían que diera
nombres de dirigentes de organizaciones judías. Decían que los judíos tenían la
culpa de la situación en la que estaba Uruguay, porque sacaban divisas del país
al donar dinero a Israel. Jaime no dio nombres, prefirió ser torturado por los
militares. No sé si había tupamaros presentes.
«Me trajeron a Jaime. Estaba con una
capucha negra, parecía un delfín. Me abrazó y me dijo: «Chiche, sácame de
acá lo antes posible». No resistía más. Lo torturaban»
-¿Pudo verlo otra vez mientras estuvo
secuestrado?
-Pude visitarlo algunas veces en el cuartel
de La Paloma. Lo tenían en el patio, tirado entre fardos, junto con otros
prisioneros. Una vez que fui a verlo con Luisito, mi hijo mayor que entonces
tenía 4 años, vi un ejemplar de Main Kampf sobre el escritorio de un coronel.
Entonces lo miré y le dije: «Veo que
ustedes actúan de acuerdo a las enseñanzas de Hitler». «No», me
respondió. «Tenemos un ejemplar de Main Kampf pero no somos antisemitas.
Somos antisionistas», me respondió. A mi marido y a Buka los militares
constantemente los tildaban de «judíos de mierda».
-¿A su esposo lo dejaron salir del cuartel
en algún momento, como le permitieron a otros prisioneros?
-Sí, dos veces. Yo había pedido que cuando
fuera a tener a mi hijo, él pudiera venir. Cuando salí de casa para tener al
bebé, avisé a la Región Militar Número 1. En pleno trabajo de parto, a las
cinco o seis horas de estar internada, trajeron a Jaime y lo dejaron estar dos
horas conmigo. Pero siempre acompañado de un capitán del Ejército, que no se
despegaba de nosotros. La situación era tan tensa que tuve una crisis de
nervios. Me tuvieron que dar calmantes. Después de dos horas, antes de que
naciera mi hijo, se lo volvieron a llevar. Mi hijo nació con depresión nerviosa
como consecuencia de los calmantes que me habían dado, pero por suerte se
recuperó. A Jaime lo trajeron un rato al día siguiente, otra vez acompañado del
mismo oficial. Luego pedí que lo dejaran participar del briz milá (la ceremonia
de circuncisión) de mi hijo. Lo trajeron, pero otra vez con el mismo capitán,
que no se despegó de su lado. Salió en todas las fotos.
ARCHIVO
Decían que los judíos tenían la culpa de la
situación en la que estaba Uruguay, porque sacaban divisas del país al donar
dinero a Israel. Jaime no dio nombres, prefirió ser torturado por los
militares. No sé si había tupamaros presentes
-¿Cuándo lo liberaron?
-Al mes de haber nacido el niño me llamaron
por teléfono y me dijeron que podía pasar a recoger a Jaime por APSA, en
avenida Italia. Fui en mi Fiat 850 y ahí estaba, muy flaco. Poco después el
gobierno sacó una ley para regular los «ilícitos económicos». La ley
decía que era legal tener un holding. Tuvieron que asociar a dos militares a
APSA para seguir funcionando. Ahí la cosa se calmó un poco.
-¿Cómo afectó esta historia a su marido?
-Como consecuencia de que se lo torturó de
forma sangrienta, nunca recuperó su salud mental. A los pocos meses de haber
salido cayó en una crisis de nervios muy grande. No dormía o tenía pesadillas
terribles. Tuvimos que internarlo en la clínica psiquiátrica del doctor García
Badaracco, en Buenos Aires, donde nos habíamos mudado. Estuvo con un tiempo
chaleco de fuerza. Los primeros dos meses no lo pudimos ver. Luego de un año
salió, pero al tiempo tuvo otras internaciones. Fue muy difícil para mí y para
los chicos.
-¿Volvieron al Uruguay?
– Después de unos años comenzamos a ir en
verano a Punta del Este. En 1986 se publicó un libro llamado «El poder
económico en Uruguay». Ahí se hablaba del grupo Wegbrait. Un gerente de la
fábrica de Jaime, le dijo: «este año no vengan». Pero Jaime no le
hizo caso. Nosotros alquilábamos una casita en la parada 18. Y entraron dos
personas, que nunca pudimos identificar. Se robaron algunas cosas de valor. Después
del robo, empecé a recibir amenazas por teléfono de gente que decía ser
tupamara: «¿Vio lo que les pasó por venir a donde no les
corresponde?». Los policías que vinieron a investigar el robo se reían. Al
día siguiente, volví con los chicos a Buenos Aires.
Profesor de matemáticas
El oficial del Ejército que aparece en las
fotos de la ceremonia de circuncisión del hijo de Jaime Wegbrait y su esposa
Silvia, es el hoy coronel retirado Ruben Atilio Sosa Tejera, según confirmó el
propio oficial.Luego de la dictadura, Sosa se desempeñó como profesor de
matemática. En 2006 fue denunciado como «torturador» por la
Federación Nacional de Profesores de Educación Secundaria y otras
organizaciones sociales y se realizó un escrache frente a su domicilio. En 2007
la justicia desestimó una denuncia en su contra presentada por este motivo.Sosa
prefirió no hacer declaraciones.
Los nazis de azul y blanco
Fui a buscar a al ex ministro de Economía
de la dictadura, Alejandro Vegh Villegas para tratar de chequear una información
que recogí durante la investigación realizada para Milicos y tupas, que
finalmente no incluí en el libro.
Seis años atrás, un dirigente de la
colectividad judía me dijo que en 1974 se entrevistó con Vegh Villegas, para
informarle de una campaña de recolección de fondos para ayudar a Israel en la
guerra de Iom Kippur. En esa oportunidad, Vegh le habría relatado que los
militares le habían pedido que desarrollara acciones contra la colectividad
judía, algo que él no había aceptado. El dirigente de la colectividad se
entrevistó luego con un funcionario de la embajada de Estados Unidos que le
dijo que ellos tenían la misma información.
La persona que me relató esta historia
falleció meses atrás. Busqué a Vegh para ver si podía ser más preciso al respecto.
Lo ubiqué en un bar al que concurre a diario, y al que jocosamente llama
«mi oficina». Estaba por almorzar, charlaba con un colega más joven y
se acompañaba con una copa de vino blanco. Sobre la mesa estaba el libro que
está leyendo: una biografía de Hitler.
Me dijo que no recordaba haber tenido esa
conversación con mi fuente, seguramente por el paso de los años. Pero creía que
la historia bien podía ser cierta. «Es cierto que había militares muy
antisemitas», dijo.
«Algunos de ellos creían que yo era nazi.
Y tan errados no estaban, porque yo tenía cierta simpatía con el nazismo y con
la tradición alemana. Algunos civiles -amigos sociales- y algunos militares
pensaban que yo podía ser una ayuda para ellos en este tema. Me invitaron a
participar de una reunión de una agrupación llamada Azul y Blanco, que era
nazi. Yo fui, fue en Colonia, pero después de ver lo que era no fui nunca más.
Ahí estaba Acosta y Lara, había también algunos militares, más coroneles que
generales. Yo tenía cierta simpatía pero cuando me propusieron participar de
Azul y blanco claramente lo rechacé. Debo haber decepcionado con mi conducta a
mucha gente de esta tendencia, que simpatizaba con este tipo de pensamiento, el
general Cristi, los hermanos Zubía, y algunos otros. Había militares que
estaban más a la derecha que yo, que no es fácil (Vegh se ríe) ¡Yo era una
especie de bolchevique para ellos!». Los generales a los que alude Vegh
son Esteban Cristi y los hermanos Eduardo y Rodolfo Zubía, importantes figuras
de la dictadura militar, hoy fallecidos.
Armando Acosta fue subsecretario del
Ministerio del Interior y director interventor de Secundaria en el gobierno de
Jorge Pacheco Areco. Fue asesinado por el MLN el 14 de abril de 1972, acusado
de ser parte del Escuadrón de la Muerte, una organización paramilitar que
asesinaba militantes izquierdistas. Azul y Blanco fue también el nombre de un
periódico de ultraderecha que se publicó entre 1971 y 1973.