Tevie, mi querido Tevie

16/May/2016

Ing. Roberto Cyjon, ex Presidente del CCIU

Tevie, mi querido Tevie

El talento de Scholem Aleijem, consistió en crear, entre otros, a este personaje de gran empatía con el cual nos identificamos fácilmente. Un emblema que integra dilemas, alegrías, pesares, valores universales, emociones y paradigmas no del todo resueltos por el judío de época, ni por el actual.
Scholem Yacov Rabinovitz, autor tragicómico con el seudónimo: Scholem Aleijem (que haya paz sobre ustedes), ubicó buena parte de su obra en la aldea: Kasrilevke. Onetti hizo lo propio con Santa María, García Márquez con Macondo y William Faulkner con Yoknapatawpha. Íconos  mágicos que no indican sitios geográficos, sino refugios de una identidad y sensibilidad humana sin fronteras. En el caso de su novela: “Las hijas de Tevie”, a su schtetl (aldea) la nombró: Anatevka.
Tevie es lechero, un trabajador de todos los días, imprescindible para su comunidad. Sacrificado y pobre, en contacto directo y personal con su clientela: el pueblo. Luchador y líder que ordeña su vaca para nutrirlos día a día con la esencia de su alma. Tevie sabe de enterezas y flaquezas. Es flexible y negociador tanto con lo cotidiano real, como con lo filosófico. Su mentor es el mismo Dios. A él le consulta cuando está perturbado, también le discute y reprende. Tevie sabe de tradición, no de “sabios”. “Él mismo” es un sabio, que no educa su sabiduría, sino que simplemente la vive como herramienta de comprensión para aquello que lo lastima o alegra.
Este lechero seductor, hombre de familia judía rural de finales del siglo XIX, es fruto de un autor que construye un personaje desde su propio cosmopolitismo deslumbrante pero indescifrable. Rabinovitz vivió en Kiev, ciudad imponente del modernismo europeo, un Manhattan o Paris de nuestra época. Lo transita desde su emancipación contradictoria: religiosa y agnóstica, comprometida pero no ideológicamente definida; desde la vulnerabilidad de lo incierto y la fragilidad del “estar” y no “pertenecer”. Experimenta riqueza y más adelante pobreza. Rabinovitz podría ser considerado socialista, materialista, religioso, laico, humanista, o solo un artista que transparentó a la diáspora hostil.
Tevie engloba dichos sentimientos y avanza con ese bagaje traumático, envuelto en el desafío de transcurrir fiel a sus principios, trabajar, amar y, a su vez, sufrir por amor. Está dotado de un cariño interior enérgico e invencible, que así como le abre horizontes, resulta golpeado en el camino. Para su hija Tzeitel, “calculaba” que el prometido adecuado era el carnicero del pueblo. Un hombre mayor, rico y rudo para quien el yidish, idioma monumental del ethos judío europeo y herramienta que Rabinovitz utiliza con la maestría de un fino orfebre, tiene su expresión: a grober ying (un hombre grueso). Ella no lo acepta. Ama a un joven sastre, humilde, también pobre, quien la quiere con igual devoción. Primer dilema que Tevie enfrenta no sin dificultades, pero con la anuencia divina a la cual acude como un oráculo redentor. Un infame pogrom hace estallar la alegría durante el casamiento, con la maldad de un odio sin explicación. Qué poco valía en esencia, el dinero del carnicero; cuán lírico y frágil resultó ser el amor del sastre. Ese pueblo pendía de una condena antisemita que a ambos sobrepasaba. Su hija Hodel se enamora de un joven judío marxista radical y ambos emigran a Siberia para forjar la revolución universal por un mundo mejor, lejos de Anatevka y de los elementos con que Tevie contaba. Un horizonte que no era el propio y debía incorporar a su vida, le gustase o no, sin concebirlo, pero ineludible. Canta, baila, grita, llora: ¡Tradición, tradición! Sin consuelo, más con resignación resiliente, se sostiene de los valores con los que se educó y crió a su familia. Le pregunta a su esposa con ternura superficial y, a su vez, sutil profundidad: “¿tú me amas?” Tevie necesita un sostén. Ella le responde con pragmatismo simple: “No sé si te amo…te cocino, te plancho…te quiero”. Esa compañera de ruta que oficiaba de “cable a tierra” para este personaje superlativo, sería el fleco del cual Tevie se sostuviese cuando su hija Chava, diera un paso “más allá”. Se enamoró de un buen muchacho, campesino del mismo pueblo, pero no judío. Tevie desesperado apela a la religión, el primer y último soporte de su identidad ante tal adversidad, y se rasga las vestiduras en un estremecedor acto de frustración. No lo puede tolerar. Chava ya “no sería más su hija”. Hasta que el comisario, personaje ambiguo que comandó el pogrom obedeciendo el mandato de un poder que excluía al judío de la sociedad, le advierte, con un resto de decencia, que se fueran todos del pueblo “antes que fuese tarde”.
El drama del desarraigo, la igualdad de la miseria, siempre patética, que cubría al carnicero y al sastre, mujeres niños y ancianos agolpados sobre muebles y pertenencias apelmazadas en carruajes precarios tirados por caballos fatigados, nos llevará al momento más conmovedor de la vida de Tevie. Chava, quien se queda en el pueblo con su compañero cristiano, le ruega que la bendiga antes de partir. Ese padre amoroso, que irradió una luz conductora sobre su aldea mágica en la cual ya no podía permanecer, se quiebra y renace. La aprieta en un tan prolongado como efímero abrazo de despedida y aceptación. Se resignifica a sí mismo con un perdón otorgado y reclamado, materializando lo compatible dentro de lo contradictorio, lo “imposible” con lo “imperioso”. Esa incoherencia paradigmática, abría una llave de nueva y desconocida emancipación, para la cual las únicas alternativas eran la tolerancia y el amor.
Esa fue la vida misma de Rabinovitz quien abandona Kiev en 1908 y viaja a Nueva York para encontrarse con una comunidad judía frágilmente emancipada, que apeló al realismo de su emigración en barco y no carruajes. A otro continente, a una salvación física allende el mar que Europa no concedería, y terminaría encendiendo en hornos crematorios pocas décadas después. Un “nuevo judío” en otra tierra, quizás no prometida pero de salvaguardia, que en ese momento rechazó lo que Scholem Aleijem representaba. La comunidad judía norteamericana no pudo reflejarse a sí misma, al escuchar la narrativa de su “propia historia”, que le espejaba “quién seguía siendo”, mientras pretendían “ser otra cosa”. Nuestro autor vuelve a Rusia  derrotado pero no vencido y da charlas a pequeños grupos de escuchas. Se gana la vida contando sus relatos, también las anécdotas de Motel, otro de sus inseparables personajes, éste oriundo de Kasrilevke. Un niño travieso y curioso que Rabinovitz lleva dentro. Reflejo de su fortaleza innata, impulsora de sus aventuras en un mundo enorme, que trascendía sus fronteras personales y del cual quería ser parte. También Motel, al igual que su creador, termina en Nueva York tras epopéyicas y divertidas circunstancias.
El contexto de época, guerra y entreguerras y décadas posteriores, afectó a múltiples intelectuales y artistas. Marc Chagall, desarraigado en Paris, al igual que Rabinovitz ambos rusos de nacimiento y espíritu judío, pintó para la posteridad a “El violinista” (1923-1924). Varias décadas después, la novela “Las hijas de Tevie” fue llevada al cine (1971) con título similar: “El violinista sobre el tejado”. Película que también logró conmovemos por siempre con sus melodías alegres y removedoras. Las sentimos tan nuestras como al mismo Tevie. Otro gran literato judío, Isaac Bashevis Singer, centrifugado de su Polonia natal en similares circunstancias, escribiría en “Amor y Exilio” (1935): “(…) estoy perdido en América, perdido para siempre.”
Rabinovitz, enfermo, retorna a Nueva York en 1914 tras la misma hipótesis de salvación que otrora sus hermanos, ya “americanizados”. Dicha comunidad, ampliada y muy numerosa, había tenido el tiempo para madurar y moldear juntos, al modernismo que sí los aceptó y al que, a su vez, supieron integrar con la tradición que nunca abandonaron. En este último retorno, Scholem Aleijem sí fue reconocido y su obra aclamada. Finalmente le rindieron un enorme homenaje. Lo acompañaron en su funeral, el 13 de Mayo de 1916, configurando la mayor multitud que la megalópolis jamás hubiese visto en sus calles. Desde lo “particular”, Anatevka se fundió y amalgamó con los rascacielos neoyorquinos en esa emancipación judía “universal” que Tevie protagonizó, no con menores penurias que su autor, cuyo legado evocamos hoy a cien años de su ingreso a “la eternidad”.