Más allá de cualquier debate ideológico, es
un hecho concreto que la influencia del grupo político-terrorista Hezbollah ha
favorecido la ingobernabilidad en varios de los conflictos armados en los
países de Oriente Medio. Líbano, Siria y Yemen son los ejemplos palmarios donde
el accionar y la presencia del grupo han sido factores desencadenantes de
ingobernabilidad.
En el caso libanés, para ser un Estado
moderno y librarse de Hezbollah, Líbano debe dejar de ser un Estado
confesional. Un país cuyo presidente debe ser siempre cristiano maronita, su
primer ministro, sunita y el presidente del Parlamento, chiíta, difícilmente
pueda funcionar cuando dentro de sus instituciones se ha creado un Estado
paralelo e ilegal. Ello es lo que ha hecho Hezbollah en el país de los cedros,
donde no sólo secuestró la voluntad y las decisiones del Estado sino que es más
fuerte que el propio ejército libanés, por la conocida ayuda material y
logística, además del armamento que le proporciona la República Islámica de
Irán, a quien Hezbollah responde como virtual ejército de ocupación en Líbano.
Líbano ha sido bendecido por la naturaleza,
dispone de hermosas montañas, pistas de esquí superiores a muchas en el mundo.
Sus playas del Mediterráneo nada tienen que envidiar a la Costa del Sol. Cuenta
con excelentes universidades, una gastronomía formidable y una población
extremadamente bien educada para la región. Sin embargo, es sectario en su
sistema de gobierno. Y ello es como disponer de un avión privado con toda la
tecnología y el confort, que pueda unir grandes distancias sin reabastecerse,
en el cual se pueda volar conectado en todo momento a internet y descansar en
confortables asientos-cama. Pero si ese lujoso y moderno jet no dispone de tren
de aterrizaje, ¡no funcionará! Nunca despegará.
Un Líbano democrático, fortalecido en sus
instituciones, libre de ocupación, de la implantación de estados mafiosos dentro
de su Estado, de terrorismo, corrupción y clientelismo político, como de
confesionalismo sectario y feudalismo, es posible. Un Estado soberano e
independiente que garantice la seguridad para todos los libaneses, con los
mismos deberes y derechos para todos sus ciudadanos, será un punto desde el que
se avanzará en la pacificación regional, por lo que debería interesarle a la
comunidad internacional. Para ello, es necesario acordar un nuevo pacto
nacional, con la participación de la sociedad civil y política, extirpando el
terrorismo sectario para facilitar la manera racional, científica y técnica de
combinar modernidad y tradición.
Un nuevo contrato social, basado en la
libertad, sin el control de Teherán, de Siria —o lo que queda de su régimen— y
sin las armas ilegales de Hezbollah. En definitiva, un Estado que ofrezca
equidad, justicia e igualdad a sus ciudadanos.
Por ello, es primordial que el Líbano
adopte un sistema federal de gobierno y deje de lado la tradición del poder
sectario y tribal. La fórmula estructural del pacto de 1943 definió la política
libanesa y estableció el marco de coexistencia entre las comunidades cristianas
y musulmanas dentro de un país —por ese entonces— libre, soberano e
independiente de lo que hoy se conoce como la influencia del terrorismo local y
regional. El acuerdo de 1943 debe ser reconsiderado. Fue quebrantado en los
últimos 40 años debido a la ocupación siria-iraní y al nacimiento y la
proliferación de grupos terroristas confesionales que se convirtieron en
verdugos de las instituciones democráticas libanesas.
Revisando la historia, desde abril de 1975
hasta la fecha, no cabe duda de que el federalismo es la opción racional a la
situación interna que padece el Líbano. La necesidad emerge del resultado de
experiencias históricas, sociales y políticas. El federalismo ofrecería las
bases fundacionales esenciales y apropiadas que permitan el desarrollo del
sistema político con dinamismo e interacción entre las diferentes comunidades
religiosas; esto aplica exactamente igual para Siria y Yemen.
La guerra y las ocupaciones demostraron sus
consecuencias catastróficas al extinguir la coexistencia entre las comunidades
religiosas, principalmente entre suníes y chiíes.
Las soluciones políticas ofrecidas desde la
comunidad internacional y desde dentro de cada uno de estos países naufragaron
en la indiferencia y los privilegios de las propias comunidades. Cada una de
ellas insistió en mantener sus características distintivas, sea de orden
ideológico, político, institucional o administrativo. Ese grave error político
permitió que hoy emerja una comunidad chiíta ensoberbecida, que se siente
protegida y representada por un grupo armado que secuestró las funciones del
Estado legal en Líbano, que envió sus combatientes a Siria para sostener un
régimen dictatorial como el del presidente Bashar al Assad. Además, que tiene
presencia y ayuda con armamento y hombres a los rebeldes en Yemen.
Los aspectos ideológicos-confesionales
dieron por tierra con el mito de las sociedades unificadas social y
culturalmente. Esta es hoy la realidad del Líbano, de la crisis política y
militar de Siria y del enfrentamiento sectario en Yemen. Quien sostenga lo
contrario incurre en error, sea por desconocimiento o por estar faltando a la
verdad, influenciado por el sectarismo político-religioso.
Lo cierto es que estos tres países no
tienen muchas alternativas para solucionar sus problemas internos y evitar la
profundización de sus conflictos civiles y militares.
El caso sirio es distinto dada la dictadura
del clan Assad, que se ha manejado con puño de hierro y cuyas políticas han
sido las de aplastar y reprimir cualquier intento de disidencia.
En cuanto al Líbano y Yemen, los Gobiernos
débiles de los últimos años han caído por las mismas causas. Sus problemas son
recidivos y sus posibilidades no van más allá de las opciones que describiré a
continuación, y estas son:
a) Dividirse en suerte de cantones, donde
cada comunidad maneje una pretendida independencia de la otra, en un régimen
político separado, pero en una misma extensión geográfica. Algo poco exitoso de
realizarse y que no garantizaría evitar choques confesionales.
b) No modificar las causas de los orígenes
de los conflictos, lo que equivale a volver al punto de partida original de los
problemas, por tanto, a reincidir en el error del desencuentro que dará lugar a
mayor violencia interna.
c) Adoptar un sistema federal, como una
opción que los libaneses, los yemenitas —y aun los sirios cuando resuelvan su
conflicto— todavía no han experimentado genuinamente.
De estas opciones, no cabe duda de que el
federalismo es la mejor alternativa a las conocidas y fracasadas opciones del
pasado, que encarnan el mismo peligro y la violencia de los últimos 40 años,
más aún hoy, con la expansión de la teocracia iraní en la región.
Puede que el federalismo no lleve una
solución mágica y definitiva a los problemas asociados con la administración y
el control en las diferencias entre comunidades religiosas. Sin embargo,
abordará con mejores soluciones las necesidades importantes y urgentes.
Contribuiría positivamente a la relajación entre las comunidades religiosas,
sería una red de contención al factor de tensión política y descomprimiría el
estado de sospecha que ella genera ante la posibilidad de que uno de los grupos
pueda interferir en asuntos autónomos del otro y viceversa.
El federalismo institucional se presenta
como una respuesta lógica a la correcta división de poderes y al equilibrio
entre sociedad y Estado. Ofrece la alternativa más estable para crear puentes y
objetivos plausibles de ser cumplidos exitosamente entre las diferentes
comunidades religiosas y el Estado. Excluye a los grupos armados sectarios como
Hezbollah y las organizaciones que pivotean en torno a ella en los tres países.
La relación intercomunitaria actual en casi
todo el mundo árabe esta imbuida de un formato ideológico atormentado por
complejos sociales y barreras psicológicas que son explotadas sectariamente por
Hezbollah y la influencia siria-iraní. Es allí donde cada comunidad religiosa
proyecta una idea elitista y propia que acompaña una sensación de superioridad
sobre las otras, que conduce inexorablemente a la confrontación. El resultado
que se asegura con ello es que el Estado se convierta en un polo de conflicto
continuo y reiterado, cuyo destino es la pérdida de su propia entidad y la
guerra religiosa.
En este sentido, el federalismo reduciría
la fricción y el nivel de confrontación en un grado importante. Eliminaría
factores negativos que pueden convertirse en disparadores de situaciones
explosivas dentro del propio Estado. Devolvería a las instituciones políticas y
administrativas su lugar y su aspecto legítimo, tomando en consideración la
naturaleza verdadera de la sociedad política y civil.
Si se asume con sabiduría, muchas de las
endemias actuales (como la guerra civil siria y la expansión del terrorismo
político-religioso) pueden ser corregidas y evitadas en el futuro.
La gravedad de la situación existente
presenta la justificación más sólida y la razón más importante para la búsqueda
de un sistema político nuevo y alternativo en estos tres países. El sistema
federal, desde un punto de vista objetivo, es el mejor de los sistemas
disponibles y proporcionaría una solución a la realidad de confrontación
existente entre las comunidades. Sin embargo, no ignoro que poner este sistema
en ejecución provocará resistencia y obstáculos a los que las sociedades
civiles deberán hacer frente con inteligencia y sin fanatismo sectario.
Es tiempo para que los países de la órbita
árabe dejen de ser países hechos por voluntades individuales que fueron y son
desarmados en reiteradas oportunidades en su milenaria historia por una clase
política sin escrúpulos que no ha hecho más que exaltar políticas del odio, la
confrontación que ha llevado a la postergación de sus pueblos y a guerras
absurdas e innecesarias.
Como sea, y como casi siempre, será la
ciudadanía la que debe imponer su palabra. Ninguna solución llegará desde
fuera. En el mundo árabe de hoy, si los propios árabes desean resolver sus
diferencias, se hacen imprescindible cambios y modificaciones de estructuras
mentales y sociales. Aquellas personas que no comprendan esto y continúen
aferrándose a la secta y a la tribu no tendrán opción y acabarán siendo
gobernadas por sectarios y de forma tribal.
Urge un Líbano democrático y federal para terminar con Hezbolá
19/Abr/2016
Enlace Judío, México, Por George Chaya