“La niña que miraba los trenes partir”, el
último libro del Ing. Ruperto Long, desborda los lindes de la novela histórica.
En collage, reconstruye la guerra de Hitler y la tragedia de sus perseguidos
hasta que los hechos se convierten en hambre y fuente de Derecho.
El hilo conductor es una chica judía,
Charlotte, que, para esconderse de los nazis, se vio forzada a vivir en un
ropero en Lyon y a pasar miseria en Grenoble. La niña veía partir trenes que le
simbolizaban lo macabro de los campos de concentración, hasta que un día de
1945 su padre resolvió que la familia regresara a su Lieja natal, en tren
precisamente. Con el alma en trizas, al preguntar por sus seres queridos y
enterarse de su muerte, hasta vergüenza sintió por estar viva a la salida del
Holocausto.
Cuando nos hipnotizamos con “revelaciones
hecatombe” -ayer trapacerías diplomáticas en WikiLeaks, hoy escondrijos
financieros en los Panamá Papers-, cuando por temas de entrecasa -la
inseguridad o el déficit de Ancap- nos reaparece el vicio de no escuchar al
otro y no sintetizar razones, y cuando, para peor, la cultura se sumerge en un
crepúsculo sin aurora a la vista, es imperioso restituirle al pensamiento
público sus bases y fundamentos. Para ello, debemos recuperar la dimensión
íntima de la libertad y el Derecho, debilitados y empobrecidos por la mayor
crisis valorativa que hayamos conocido. A esa recuperación deben contribuir las
verdades que desnuda este libro estremecedor.
Aterra la brutalidad genérica del racismo.
Pero más aún conmueve la dimensión personal del crimen: vidas marcadas, muchas
Charlotte; vidas truncas, muchos David Fremd. En el Derecho nada de eso debe
olvidarse ni silenciarse. Los derechos no se reducen a juego de lenguaje ni a sistema
helado, porque en ellos se juega el destino del otro y de uno mismo. Más aún,
el Derecho es una enorme conquista moral e intelectual: las garantías de la
Constitución son la mayor expresión de paz civil, pero se sostienen por la
lucha sin cuartel del pensamiento que debe abrirse paso, siempre, entre las
pasiones, miserias y tinieblas que llevamos dentro.
Por eso, el libro de Long para nosotros tiene
el valor de una siembra imprescindible. No es el bosque frondoso de las normas
-¡ya vamos en la ley 19.000 y pico!-, no es la abstracción que se expone en
lenguaje abstruso para elegidos. Es el Derecho en la germinación del yo-soy-tú,
en el ensueño del perseguido que sufre y del ciudadano que lucha: allá con el
terrorismo, acullá con la discriminación, y aquí con la inseguridad, que a
todos nos enluta.
Y tiene un valor más: la niña de los trenes
resultó nuestra. La vida la trajo a sembrar al Uruguay abierto de la posguerra.
Hoy es Charlotte S. de Grünberg, dama que se alzó sobre su desgracia, afirmó su
vocación pedagógica, y respalda en la ORT el quehacer de su hijo Jorge, rector
pensador.
Es un ejemplo notable de entereza, expresión
superior de la resiliencia, capacidad de levantar cabeza después de lo fatal e
inexorable. Es testimonio de las verdades del Antiguo y el Nuevo Testamento. Es
prueba de que a pesar de todo se puede decir sí a la vida, como escribió Viktor
Frankl al salir de su cautiverio nazi.
Lo notable no es sólo que ese ejemplo exista
en el mundo, sino que transite nuestras calles.
Carece de estridencia, pero nos grita que,
ante lo que sea, quienes amamos la libertad no tenemos derecho a
descorazonarnos ni a quedarnos quietos en casa.
Nuestra niña, nuestro tren
15/Abr/2016
El País, Leonardo Guzmán