Bruselas fue este martes el escenario de turno
del horror, en un nuevo atentado reivindicado por DAESH, el Estado Islámico. Le
tocó ahora a la capital belga, símbolo de Europa, así como en numerosas
ocasiones fueron otras las ciudades elegidas como tribuna de asesinatos:
Madrid, Londres, Nueva York, París, Moscú, Beslán, Ammán, Nairobi, Peshawar,
Ankara, Estambul, Garisa en Kenya, Bali, Buenos Aires, Jerusalem, Haifa, Tel
Aviv…y tantas más.
Europa y Estados Unidos seguirán intentando
maniobrar entre la necesidad de combatir el fenómeno y de ser “políticamente
correctos”. Al Presidente norteamericano Barack Obama no se le ha oído nunca
hablar de “terrorismo islamista”. En Europa tratan de evitar el término lo más
posible. El creciente número de musulmanes en el continente europeo, es un
freno al respecto.
La explicación de fondo es el deseo de no
manchar a todos los musulmanes como terroristas, por culpa de fanáticos
asesinos que no los representan. El deseo de distinguir entre los terroristas,
que son la minoría de los 1700 millones de musulmanes del mundo, y la mayoría
silenciosa y normal, es más que legítimo. Lo contrario, colocar a todos en la
misma bolsa, o dar a entender que la mayoría apoya el asesinato, sería injusto.
Pero es imposible olvidar que de la enormidad
de atentados perpetrados en las últimas décadas en diferentes partes del mundo,
la enorme mayoría, casi la totalidad, fueron obra de fanáticos islamistas. No
de los musulmanes moderados y normales, sino de terroristas que están
dispuestos a matarlos también a ellos, a sus correligionarios que se les
oponen. Precisamente porque aquí es imperioso contar con la ayuda de los
musulmanes moderados para combatir el fenómeno-en lo que a política y educación
se refiere-, precisamente porque se los necesita para escupir del seno de las
comunidades musulmanas en Occidente a los asesinos radicales, hay que llamar
las cosas por su nombre. Esconder la verdad, no ayudará a lidiar con este gran
desafío.
Es más que legítimo que los musulmanes que con
dignidad y respeto creen en Alá su Dios y Mahoma su profeta, digan “esto no es
Islam sino la perversión de nuestra religión”. Es lógico que digan “estos
asesinatos no son en nuestro nombre, son una interpretación extrema del Islam,
que no guía nuestras vidas”. Pero como los asesinos sí invocan a Alá en sus
ataques terroristas, el disfrazar sus motivaciones no ayudará a combatirlos.
Hay que reconocer que los terroristas salen de
los círculos islamistas más fanáticos no sólo en Oriente Medio sino también en
capitales europeas. Hay que reconocer el problema, para saber adaptar a ello
las medidas a tomar: en las mezquitas radicales, en las fronteras, en todos los
nidos que nutren al terror.
Y lo principal: hay que comprender que en esta
guerra, estamos todos juntos. Todo el mundo libre, y los civiles indefensos en
países oprimidos por gobiernos dictatoriales y corruptos, cuya población queda
a merced de las guerras entre diferentes extremistas islamistas, cuya ambición
es imponer su rama del Islam. La guerra fratricida entre musulmanes sunitas y
musulmanes chiitas, ha cobrado miles de víctimas en diferentes partes de Oriente
Medio, especialmente Siria, Líbano, Irak y Yemen, donde atentados suicidas
cometidos por asesinos de un lado, en mezquitas del “otro”, cobran muertos una
y otra vez.
Inocentes, adultos y niños, mujeres y hombres,
asesinados en aviones, en la calle, aeropuertos, ómnibus, trenes, aeropuertos,
restaurantes y discotecas, entre otros sitios que simbolizan la vida normal que
los ciudadanos del mundo quieren tener, han perdido la vida a manos de
diferentes grupos islamistas, aunque no todos presenten sus actos en los mismos
términos. Algunos, hasta se aferrarán de agendas locales.
Los asesinos de turno, llámense DAESH (el
Estado Islámico)-cuya singular locura parece hacer sombra sobre todos sus
antecesores y paralelos-, Al Qaeda, Talibanes, Al Shabab, Uilaiat Sinai, Boko
Haram y otros criminales, tienen todos un común denominador: desprecio por la
vida de quienes no comparten su visión de mundo, convicción de que la única
verdad es la suya, desprecio por la libertad y por los valores que simbolizan
la vida en democracia y diversidad. Todos estos, son expresiones extremistas
del Islam sunita. La misma sangre se derrama cuando son los extremistas chiitas
como Irán y Hizbala los responsables. Y cuando se pelean entre ellos por “la
verdad” dentro del Islam.
Suele decirse que estos grupos fanáticos,
atacan todo aquello que representa los valores de la civilización occidental,
de raíces judeo-cristianas y griegas. Es cierto. Pero cabe recordar que sus
víctimas son también sus propios correligionarios, como es notorio en el caso
de DAESH, que ha matado a tantos musulmanes.
El horror no es solamente el asesinato, sino
también la esclavitud, las violaciones, el trato a la mujer, el secuestro de
niños cuyas vidas quedan arruinadas al convertirlos en asesinos capaces de degollar.
Hay diferencias entre distintos grupos
islamistas, algunos más “pragmáticos” que otros, por consideraciones tácticas
del momento. Pero el común denominador, es aterrador.
El mundo debe tomar conciencia de que lo que
hay aquí ahora, es una guerra. Por valores, sí. Pero ante todo, por la vida
misma, a la que hay que proteger. Juntos. Sin vueltas ni excusas. Coordinando
la lucha contra el terror. Escuchando a quienes tienen experiencia en ello,
dura por cierto, algo en lo que Israel, lamentablemente, tiene mucho que
enseñar. Europa, trágicamente, está aprendiendo a la fuerza.