Otro atentado terrorista. Otra vez el mundo
paralizado por el odio y el extremismo. Por la intolerancia, el miedo y el
terror. Por la insoportable pregunta sin respuesta de qué nos está pasando. Por
lo que quisimos pensar que eran unos locos sueltos y resultaron ser los hijos
de una idea dispuesta a destruir por completo aquello en lo que siempre
creímos. La democracia, la libertad, el pluralismo, la tolerancia y el respeto.
Mientras nosotros, desde el otro lado del mundo, compartimos y retwiteamos.
Pintamos nuestra foto de perfil, entramos más seguido al portal de noticias,
subimos el volumen de la televisión. Por lo menos por hoy. Por lo menos mañana.
Hasta que ya no haya nada que hacer. Hasta que pase a la historia. Hasta que
llegue el próximo. ¿O acaso alguien piensa que podemos hacer algo al respecto?
Yo también #RezoPorBruselas. #RecéPorParís y
también #RecéPorEstambul el sábado y #RecéPorAnkara la semana anterior, aunque
mi inicio de Facebook no se llenó de noticias al respecto. Quizás porque se
trataba de Turquía y no de Bélgica. Porque nos es fácil acostumbrarnos y en
realidad, después de todo, la capacidad de asombro sí tiene límite. ¿No hay
atentados todos los días allá, en Medio Oriente? Sí, #Rezo, como todos mis
amigos de Facebook. Pero, aunque es ilusamente reconfortante ser uno más de los
virtuales defensores de esos valores que nos forman y definen como sociedad,
ciertamente no es suficiente.
No podemos pensar que los atentados que
conmueven al mundo -o deberían hacerlo- semana a semana nos son ajenos. Que se
ha atentado contra el occidentalismo y su forma de pensar, o contra las ideas
que nos identifican. No. Mucho más que eso, con cada bomba que estalla, se
destruye un pedacito de ese mundo que nuestros abuelos prometieron crear cuando
creyeron que ya habían visto todo el horror posible. Una parte de nuestra
libertad y nuestro derecho a ser por el simple hecho de existir; una parte de
quienes nosotros somos. Más bien, deberíamos #RezarPorNosotros.
Es momento de replantearnos qué sociedades
estamos construyendo. ¿En qué momento plantamos la semilla que creció y nos
hizo tan vulnerables? Y no me refiero a preocuparnos por la inseguridad o las
fallas en los sistemas de protección -que parecen haberse tornado más
importantes que la intolerancia o las fallas en los sistemas de educación- sino
a la otra inseguridad. A la falta de convicción, de creencia en esas palabras
que tanto repetimos y llamamos valores.
Cuando 12% de nuestros niños son víctimas de
bullying y no hablamos de eso, somos vulnerables. Cuando el fanatismo por una
camiseta se cobra la vida de un joven de 19 años y nos conformamos con tratarlo
de “delito de homicidio agravado por el uso de arma de fuego”, somos
vulnerables. Cuando leemos que “fue por defender una de sus motos, que había
comprado hacía unos tres años, que un delincuente terminó con su vida en la
noche del domingo” y tildamos el hecho de delincuencia, somos vulnerables. Si
nos hemos acostumbrado a prender la televisión y escuchar estas noticias, si ya
nada nos parece terrible ni creemos que realmente exista una solución, entonces
mucho más que vulnerables, nos habremos dado por vencidos.
Sí. Somos víctimas del extremismo y de una
forma de entender y concebir la vida tan opuesta y lejana a nuestras mentes,
que difícilmente lograremos analizar y comprender con claridad. Pero también
somos víctimas de nuestras propias falencias. Del momento en que alguien
decidió que lo que pasa repetidamente tiene que convertirse en lo normal. Del
que creyó que no se repetiría. Del que lo repitió. Del que calló. De los que,
sin que nos diéramos cuenta, hicieron que un atentado en el aeropuerto de
Bruselas sea simplemente algo horrible.
Es cierto. Este no es el mundo que me
prometieron mis abuelos. Esto no es lo que escuchaba cuando mi abuela terminaba
la historia de cómo llegó al Uruguay, en el último barco que zarpó de Polonia
antes que el nazismo invadiera su país, y me abrazaba feliz, segura de que
nunca nada de eso me pasaría a mí. Pero sí creo que somos nosotros los
encargados de luchar por ese mundo que ellos quisieron. Que entendiendo que han
atentado contra nosotros mismos, debemos trabajar en la construcción de una
sociedad más sana, más justa y más inclusiva. En opiniones y pensamientos. Donde
el horror no tenga más cabida y la incitación a la violencia no encuentre su
lugar. Donde el arma más fuerte sea la educación y volvamos a convencernos de
que libertad, pluralismo y respeto son más que simples palabras; son las bases
sobre las que construimos nuestra identidad.
Solo así, dentro de algunos años, le
repetiremos a nuestros nietos la promesa que algún día nos supieron hacer.
Este no es el mundo que me prometieron
23/Mar/2016
medium.com, Por Brian Jaffe