Proyecto »Integrando con Gurvich»
desarrolla un taller de cerámica en la cárcel de Punta de Rieles; un mural
busca transmitir mensaje de esperanza.
«Lo más difícil para ellos no es estar
adentro, sino el momento en el que salen», afirma la directora del
proyecto, María Noel Camacho, a Montevideo Portal, en alusión a la reinserción
laboral y social que deben afrontar los reclusos una vez que cumplen su
condena. Y es con esa premisa que el Museo Gurvich se acercó a la cárcel de
Punta de Rieles, con el objetivo de generar una instancia que a través del arte
pudiese funcionar como un espacio de recreación y que a la vez les otorgase a
los internos la posibilidad de desarrollar una habilidad.
El proyecto, denominado Integrando con
Gurvich. Taller de cerámica en la cárcel de Punta de Rieles, fue presentando al
Ministerio del Interior y al Ministerio de Economía y de inmediato tuvo una
reacción favorable por parte del Gobierno. «Al Gobierno le ayuda muchísimo.
Estás ocupando el tiempo de esas personas en algo recreativo, de manualidad,
algo que los ocupa mentalmente. Y que le da herramientas», considera
Camacho, integrante de un equipo del que también forman parte la profesora de
cerámica Josefina Pezzino, Marina García, del Departamento Educativo, y Natalia
Mata. La iniciativa cuenta con diversos apoyos, entre los que se destaca el
financiamiento del estudio PPV (Posadas, Posadas y Vecino).
Pero ¿en qué consiste? Desde enero, se
conformó un grupo de trabajo, integrado por personal del museo, voluntarios y
reclusos de Punta de Rieles, que trabaja en la confección de azulejos de
cerámica con el fin de armar un mural bajo la sombra del ceibo que preside el
establecimiento penitenciario. Se prevé que la obra sea inaugurada en abril.
Así, el grupo, del que forman parte entre
quince y veinte reclusos, se ha venido juntando todos los jueves en el horario
de 9:00 a 12:00 h. Pero aunque hoy en día el trabajo marcha sobre ruedas, los
comienzos fueron más desafiantes. No solo por el hecho de que los internos se
enfrentaron a que debían aprender una técnica nueva para poder construir los
azulejos desde cero, sino porque también debieron hacer frente a trabajar en
equipo y a sus propios retos y dificultades individuales.
«Es un trabajo individual, cada uno
trabaja su azulejo y su espacio, pero también es un trabajo grupal, porque sin
el trabajo de todos el mural no existe. Se necesita la suma de cada una de las
piezas», señala Camacho. En este sentido, la directora del proyecto
remarca que cada recluso desarrolla «la autovaloración, la autoestima y la
unidad grupal».
Así, se pretende que adquieran «un
nuevo recurso, ya sea como terapia, como encuentro consigo mismo o como una
herramienta para el trabajo».
El proyecto del mural y las actividades
artísticas entró en la parte educativa de Punta Rieles, por lo que califica a
los reclusos participantes a descontar la mitad del tiempo en pena; es decir,
cada cuatro horas que hacen de taller, descuentan dos horas de pena.
El mural, que será de tres metros y medio
por dos metros, reproduce la obra Tres músicos en colores puros, en la que se
plantea una síntesis del cuerpo y la unidad de la pieza se quiebra con el juego
y contraste de colores a los que recurre J. Gurvich. «La presencia de
formas sencillas con trazos bien delineados, permite seccionar la composición y
poder reproducirla exitosamente sin tener que dominar la técnica propuesta para
la reproducción del mural, pudiendo obtener resultados que se aproximen en lo
mayor posible a la obra original», añaden desde el museo.
Un mensaje a la sociedad
En diálogo con Montevideo Portal, la
directora del proyecto reflexionó sobre las implicancias del trabajo con los
reclusos y sobre el mensaje que pretende transmitir esta actividad. En este
sentido, además de señalar la importancia del trabajo individual y lo que ello
conlleva, Camacho consideró que el mural busca ser un «mensaje para con la
sociedad, para demostrar qué se hace en Punta de Rieles y contagiar la
iniciativa para que se entienda que las personas privadas de libertad, de
alguna manera, tienen que pasar a conformar la sociedad y tienen que
reinsertarse».
«Lo más difícil para ellos no es estar
adentro, sino el momento en el que salen. Es reinsertarse. Y no solo
laboralmente, que es como la mayoría lo piensa, sino que también social y
culturalmente», agrega Camacho.
El trabajo del día a día
En la línea anterior, la directora del
proyecto valoró lo «increíble» de trabajar con reclusos y de ir
descubriéndolos.
«Te encontrás con un individuo al
principio en un contexto donde vos tampoco tenés tanta experiencia. Y querés un
trabajo despersonalizado, más rígido, con más formalidad. Pero te terminás
involucrando», relata, y agrega: «Desde el primer día no nos interesó
saber por qué cada uno tiene una pena, trabajamos con todos por igual. Pero te
involucrás humanamente, crees en el desarrollo humano de cada uno y conocés en
qué se siente más cómodo cada uno».
Del otro lado, los reclusos también forman
parte de ese proceso de apego. «Vienen con una alerta y una defensa muy
alta. Y hoy en día para ellos somos un apoyo. El taller es una recreación. Al
principio, capaz que te rechazan un poco o te prejuzgan porque venís de afuera
o tenés una suerte distinta a la de ellos, y en el proceso también entienden
que hay una responsabilidad por la que ellos están allí, pero que también hay
una oportunidad que cada uno tiene que elegir para poder reformularse y ver qué
es lo que quiere», reflexiona Camacho.
Estas «jornadas artísticas», que
surgen del respaldo de Aris, de la cárcel de Punta de Rieles, del Ministerio
del Interior, contando con el apoyo de Mosca y Ciro Frutas Exóticas, también
incluyen un espacio para compartir la palabra. «Hay un espacio en el que
se comparte. Los docentes llevan fruta. Se comparte la palabra. Y luego cada
uno se lleva a su barraca fruta, que después la comparte con sus
compañeros», explica la encargada del taller, quien considera que
«más allá del producto final, que va a quedar como un mensaje, interesa el
proceso de cada uno».
Solo el comienzo
Según relata Camacho, de los 700 privados
de libertad que hay en Punta de Rieles, casi 600 trabajan todos los días en el
lugar. «Hay una panificadora, una metalúrgica, una bloquera; eso genera
puestos de trabajo para ellos. Y hay un sistema por el que se le da un depósito
a la familia. Está muy bien organizado. Y eso nos da la posibilidad de formar
parte del sistema», explica.
Pero este mural es solo el comienzo.
«La idea también es hacer murales que queden fuera de la cárcel, por
distintas partes de la ciudad, para hacerle llegar el mensaje a la gente con lo
que los privados de libertad están haciendo y son capaces de hacer»,
concluye Camacho.
Sebastián Rodríguez
Color esperanza
22/Mar/2016
Montevideo Portal, Por Sebastián Rodríguez