Antisemitismo: una constante

14/Mar/2016

El País, Hebert Gatto

Antisemitismo: una constante

El asesinato del comerciante judío
sanducero David Fremd, un hombre apreciado y miembro destacado de su localidad
y su colectividad, constituye un acontecimiento lamentable y preocupante.
Si bien en cierto modo fue inesperado, por
su ocurrencia en una ciudad relativamente pequeña que podría pensarse a salvo
de los grandes conflictos que sacuden a la humanidad. Por más que hoy sabemos
que no existe rincón del globo, por más idílico y alejado que parezca, a salvo
del antisemitismo, una práctica bárbara que se renueva al ritmo de los tiempos.
Un monstruo en transformación incesante que no reconoce continentes, culturas o
ciudades.
Tampoco es casual que el atentado se haya
producido invocando a Alá o mencionando a Al Qaeda, ni que, responsabilizando a
los dioses de las vilezas humanas, su autor pretenda en ésta, su actual
presentación político-religiosa, justificar así el homicidio en cadena de los
judíos en el mundo. Desde la cosmopolita Buenos Aires, a la relativamente
aldeana Paysandú. Por más que el antisemitismo como género resulte tan viejo
como la propia existencia del pueblo judío, alcanzó su pico más extremo con el
Holocausto practicado hace unos decenios por la Alemania nazi. Sólo necesita
algún pretexto de cualquier orden o naturaleza para volver a hacerse presente.
Alcanza cualquier malestar colectivo, pocas imágenes en Internet o la invención
de alguna fábula, por más descabellada que ella sea, para ponerlo en movimiento
e incitar a hombres u organizaciones a martirizar judíos.
Puesto que el antisemitismo (o más bien la
judeofobia) es una de las más antiguas constantes de la humanidad, el mejor
pretexto para crear identidades reactivas en tiempos difíciles, poco de
novedoso se puede agregar sobre el mismo más que mostrar su irracionalidad
asociada a su formidable capacidad para convocar las peores pasiones humanas.
Pese a que aún no se haya podido explicar cabalmente cómo en su momento logró
seducir al pueblo más educado de Europa. Sólo sabemos que hubo un antisemitismo
fundado en el rechazo al extranjero, al otro, al distinto. Existe un
antisemitismo religioso que el cristianismo, tesis deicida mediante, lideró
durante mucho siglos; otro biológico que rechaza al judío como un virus
incrustado en el tejido social presto a exterminar al organismo al que infecta.
Otro, amado por las derechas xenófobas, fundado en la defensa de la patria.
Otro celoso de los logros materiales judíos, su riqueza, su alegado espíritu
capitalista, su astucia comercial. Otro que hace caudal de sus hábitos
revolucionarios, o sus capacidades intelectuales opuestas a la sana vitalidad
de los pueblos. Otro que denuesta por igual sionismo y judaismo. Otro que suma
todos los anteriores o varios de ellos.
Quizás hoy, más allá de la actual variante
político-religiosa, virulenta y organizada, virtual y muy real, sus otras
manifestaciones se encuentren más larvadas, a la espera, sin saberlo, de su
desborde. Ésta es la que se presentó en el Uruguay. Pero no es la única. No es
la que accionó el cuchillo o motiva a inmolarse; se manifiesta en el eco
callado, en la defensa justificatoria que estos atentados producen en muchos,
aún cuando condenen el exceso. Pero sin su anuencia, sin su respaldo anónimo,
quizás la judeofobia comenzaría a desaparecer. Sería el modo de borrar una
injusticia milenaria.