A estas horas vivimos la conmoción por el
asesinato a cuchillazos de un comerciante judío en Paysandú. Alguien me dijo
ayer «¿y por qué te conmueve tanto si no sos judía, no sos sanducera, ni
lo conocías?». Pensé casi toda la noche en esto. En por qué me conmueve. Y
por qué creo debería conmover a los 3 millones y medio de habitantes de este
país.
Crecí en el edificio Shalom, donde aprendí
de niña significa «hola» y «paz», y era la única vecinita
no judía de todos los niños que jugábamos juntos en la vereda sin entender de
odios, antisemitismo ni diferencias. En cumpleaños y tardes de merienda,
sentada a upa de Don Jaime, uno de los vecinos, escuchábamos historias de
campos de concentración, familiares desaparecidos o asesinados, y enjugábamos
las lágrimas de esos abuelos tristes con ternura infantil.
Íbamos a kermesses y bailes en clubes del
barrio, escuelas, el Bohemios, el Trouville, y el Zhitlovsky. Éramos una
comunidad.
Hasta hoy me emociona Yom Kipur como
Navidad, pisar una sinagoga igual que una iglesia, escuchar en una boda al coro
de la NCI, y deseo de corazón Shaná Tová a mis amigos, en un gran % judíos,
aunque no me sepa los ritos ni hable una palabra de yiddish ni tenga parientes
en Israel, porque no entiendo de diferencias. De exclusiones. De un
«nosotros» no judíos y un «ellos», semitas. De divisiones
en cristianos, islamistas, judíos o umbandistas.
En 1987 éramos adolescentes. Una
adolescencia que transcurría entre fiestas de 15 y Bar (y bats) Mitzvás.
Yo tenía 14 años, y ya en democracia un día
vino un nazi a donde vivíamos a atentar contra el papá de una amiga, José
Jerozolomski, director del Semanario Hebreo. Se salvó por casualidad. Y perdimos
la inocencia. Él era el 4º objetivo de una lista que tenía ese nazi, Héctor
Paladino, quien el 21 de octubre de ese año asesinó al promotor publicitario de
canal 4, Enrique Delfino Sico, al dueño de la mueblería Dimesa, Simón Lazovsky,
y lastimó a Horacio Scheck cuando intentó (sin éxito) asesinar a su padre,
integrante del directorio de canal 12 y el diario El País.
Saber que un asesino había estado en el
edificio intentando matar a alguien, que podría haber muerto también el
portero, Don Júber, papá de Laurita, otra vecinita con quien crecimos jugando y
a quien adorábamos, nos impresionó tanto, que nos angustiamos y no dormimos
meses. Ese terror juvenil, ese golpe y despertar a un mundo dividido peligroso
y feroz marca hasta hoy el repudio más absoluto a la violencia venga de donde
venga, la bronca, dolor y el asco que me da cada vez que alguien dice «el
JUDÍO ese», y discrimina o mete en una bolsa de supuestos (como que es
«amarrete», tiene dinero, poder, etc), o cuestiona que sufren como
pueblo una VIOLENCIA ESPECÍFICA, y hasta critican al epíteto de
«paranoicos» o que tienen «coronita ante el Ministerio del
Interior porque tienen plata y peso empresarial y político» (SIC). Y hasta
reprochan que se les procure dar más medidas de seguridad y prevenir otros
ataques (en escuelas o espacios comunitarios).
No se puede pretender combatir una
violencia específica (machista, étnica o religiosa) sin entenderla como un odio
específico. Con víctimas específicas.
Si en vez de en los ochenta hubiésemos
vivido en los años sesenta, en el auge del KuKlux Klan (y otros
segregacionismos), capaz que el blanco hubiera sido el portero del edificio,
Don Júber, porque era negro.
Y si hubieran atentado contra su vida o lo
hubieran matado, y hubieran dejado a Laurita sin papá, por motivos racistas,
como podrían haber dejado a Ana y Sarita sin padre de haber matado a Don José,
por ser judío, sería exactamente igual el horror, el miedo vivido y la
necesidad de decir: lo único que no puede ser específico ni distintivo en la
civilización entre las personas es el amor.
El valor de la vida.
Hoy como nunca, la PAZ, INCLUSIÓN y
CONVIVENCIA DEMOCRÁTICA es el único modo posible de supervivencia.
Todos somos comerciantes, sanduceros y judíos
14/Mar/2016
Por Sol Bauzá (de su cuenta de Facebook)