Héctor Paladino vivía en la esquina de
Gonzalo Ramírez y Barrios Amorín y en el frente de su casa, en la segunda mitad
de los años 80, había una bandera del Tercer Reich.
No fue cosa de un día o dos. La bandera
nazi se exhibió en esa esquina del barrio Palermo durante semanas o meses, a la
vista de todos y la indiferencia de la inmensa mayoría.
Un par de muchachos uruguayos judíos
realizó un día una especie de operación comando para tapar una pintada nazi que
decoraba la casa junto con el pabellón del Reich. Fueron dos amigos míos los
que realizaron aquella maniobra clandestina. Paladino se dio cuenta lo que
estaba ocurriendo y los sorprendió. Todo terminó en una pelea a piñazos.
La mayor parte del tiempo la bandera estaba
colocada del lado de adentro de la principal ventana de la vivienda del
neonazi, a la altura de los ojos de los transeúntes que pasaban por la vereda.
También era muy visible desde los autos que circulaban por esa esquina muy
transitada.
Miles de personas vieron la bandera durante
los muchos días que estuvo orgullosamente expuesta.
El 21 de diciembre de 1987, el neonazi
Paladino pasó a hechos mayores y salió a la calle dispuesto a llevar a la
práctica sus ideas. Asesinó a dos personas: Simón Lazovski y Delfino Sicco.
Quiso también matar a una tercera persona, pero no pudo.
Durante meses o años, Paladino había
avisado. Solo que casi nadie se lo tomó en serio. Disfrazadas de tolerancia, la
indiferencia, la pasividad estatal y ciudadana, y la aceptación del odio al
diferente le costaron al Uruguay dos vidas inocentes.
Ahora la historia ha vuelto a repetirse con
la injusta y gratuita muerte de David Fremd en Paysandú.
Fremd, una persona apreciada y querida en
su ciudad, fue asesinado por un trastornado maestro llamado Carlos Omar Peralta
López, devenido últimamente Abdullah Omar.
Según han relatado periodistas locales, era
asiduo concurrente a algunos cibercafés donde jugaba a videojuegos en los hay
que matar gente. Cada tanto manifestaba que los muertos virtuales que él mataba
eran judíos. “Lo hacía de vez en cuando, no le dábamos importancia”, me dijo un
empleado de uno de esos cibers.
Como maestro había tenido diversos problemas
y denuncias, incluso una por supuestos tocamientos a los niños. Una maestra le
dijo a la periodista local Antonella Arbelo que “se pasaba hablando de Hitler”.
Sus problemas en la enseñanza, Peralta los
achacaba a una conspiración judía en su contra.
Pero nadie le dio trascendencia al asunto.
A pesar de tratarse de una ciudad pequeña, a las autoridades de la colectividad
judía local no les llegó la noticia de la existencia de semejante vecino. A
nadie le pareció importante advertirles.
No hay que hacerse trampa. Eso no es
tolerancia ni signo de una sociedad plural. Es indiferencia. Silencio cómplice.
Un día, Peralta decidió pasar del video a
la vida real y asesinó a Fremd.
Hace apenas unos días, en la edición de
Búsqueda del 3 de marzo, uno de los seis refugiados de Guantánamo que llegaron
a Uruguay por iniciativa del ex presidente José Mujica, el sirio Jihad Dhiab,
se despachó con algunas declaraciones inquietantes.
“Nunca tuve nada que ver con Al Qaeda, pero
con el maltrato que recibí ahora me gusta Al Qaeda”, dijo. “Ellos (Estados
Unidos) crean sus propios enemigos, entonces yo estoy contento con lo que es Al
Qaeda”.
Que el señor Dhiab haya sido torturado en
Guantánamo y que haya estado preso 13 años sin la condena de un juez me parece
deplorable y solo me provoca piedad y el mayor rechazo.
¿Pero Al Qaeda? ¿Hay que recordarle al
señor Dhiab que esa organización que lo pone “contento” secuestró aviones
llenos de personas inocentes para estrellarlos contra edificios llenos de
personas inocentes? Los muertos de aquel día que cambió el mundo fueron cerca
de 3.000. Todos inocentes.
Las tremendas declaraciones del refugiado
sirio pasaron desapercibidas en Uruguay. Que alguien haya reivindicado a
semejantes asesinos parece no haberle movido un pelo al gobierno ni a
prácticamente nadie.
Ahora tenemos a un habitante del Uruguay
que reivindica a la banda terrorista Al Qaeda.
No pasa nada.
Todo está en calma.
No hay por qué preocuparse.
Son cosas que pueden pasar en cualquier
lado, como una bandera del Tercer Reich en tu barrio o un maestro loco gritando
en un ciber que está matando judíos.
La indiferencia mata
11/Mar/2016
Ecos.la, Columna de Leonardo Haberkorn