Un
antiguo consejo, cuyo origen se desconoce, advierte: “Cuando estés discutiendo
con un tonto asegúrate de que él no esté haciendo lo mismo”. Buena
recomendación para llevar en la cartera de la dama y el bolsillo del caballero
en tiempos en que se expandieron como plaga (o moda, según se vea) la
confrontación, la discusión y la disputa, que muy fácilmente derivan en
agresión y descalificación.
El
Talmud, milenario libro que recoge y transmite los fundamentos de las leyes
rabínicas y las tradiciones del judaísmo, señala que Dios dotó a los seres
humanos de dos orejas y una boca para que escuchen el doble de lo que hablan.
Hoy las orejas parecen estar en extinción mientras las bocas se multiplican.
Como resultado se termina por habitar una atmósfera bulliciosa, de voces agudas
y en alza, que se superponen y que no tienen como objetivo desplegar un
argumento sino tapar a las demás. En ese aire inflamable cualquier chispa
termina en explosión.
Tanta
popularidad han alcanzado la discusión y la pelea como forma “natural“ de
relación que un cliché del cine y las telenovelas es mostrar cómo una pareja se
pelea encarnizadamente para terminar, en el paso siguiente, haciendo el amor
Esto
es fácil de advertir en la televisión. Sobran los ejemplos, desde seudo debates
políticos que no arriban a ninguna conclusión y solo dejan como saldo anécdotas
acerca de quién insultó mejor a quién, pasando por mesas de polémicas
deportivas y paneles de dimes y diretes del espectáculo y la farándula que
repiten el modelo de replicar sin escuchar y gritar sin respirar.
Sin
cámaras y micrófonos, el hábito se impone también en mesas de amigos, reuniones
familiares, tribunas deportivas, reuniones de trabajo, aulas, boliches y casi
cualquier lugar que convoque como mínimo a dos personas y, con ello, a la
diversidad. La confrontación nace fácilmente, el consenso es una práctica
dificultosa.
No
es cuestión, sin embargo, de acordar por acordar. Ese ejercicio de voluntarismo
“políticamente correcto” puede embozar resentimientos y tensiones que de un
modo u otro estallarán en algún momento. El consenso “careta” es solo
maquillaje que disimula las grietas de la piel. Muchos consensos reales y
sólidos pasan antes por el desacuerdo y el conflicto.
Desde
el momento en que no existen dos personas iguales, toda aproximación a
cualquier fenómeno se hace desde un punto de vista intransferible y, por lo
tanto, diferente a otro. A veces las diferencias se dan en un rango se
parentesco que no genera conflicto. En otras oportunidades ocurre todo lo
contrario.
El
primer acuerdo es aceptar que el conflicto viene con la vida. Existe entre la
oscuridad y la luz, entre el frío y el calor, entre el agua y la tierra, entre
el aire y el fuego, entre lo áspero y lo suave, y así hasta el infinito. Y los
conflictos naturales se resuelven. Ahí están el crepúsculo y el atardecer, las
estaciones, las playas y las costas como unos pocos ejemplos del espacio nuevo
que los opuestos crean para complementarse sin desaparecer. Esta parece ser una
sabiduría olvidada en las relaciones humanas.
Tanta
popularidad han alcanzado la discusión y la pelea como forma “natural“ de
relación que un cliché del cine y las telenovelas es mostrar cómo una pareja se
pelea encarnizadamente para terminar, en el paso siguiente, haciendo el amor.
Como si lo primero fuera condición necesaria de lo segundo.
Como
si se hubiese perdido la habilidad para llegar a la intimidad desde la ternura.
Incluso las conversaciones entre amigos parecieran no ser lo suficientemente
afectuosas o francas si no incluyen un buen intercambio de insultos (eso sí,
“cariñosos”). Esto incluye también a las mujeres, que han ganado mucho terreno
en este ejercicio.
Si
hubiese una estadística sobre las palabras cotidianamente más usadas en todos
los escenarios de la vida cotidiana “polémica” y “debate” disputarían el primer
puesto. Cualquier cosa (pronto esto incluirá a recetas de cocina o consejos
para trasplantar un potus) debe presentarse como “polémico” para tener
existencia. La palabra polémica viene del griego “polemos”, que significa
guerra. Toda palabra define, ninguna es inerte. La manía por la polémica es,
entonces, una adicción a la guerra. El otro es un enemigo, y como tal hay que
vencerlo. No importa cómo (aquello de que en la guerra hay reglas y
convenciones es una engañifa para la tribuna).
Esto
último bien puede explicar por qué no importa convencer, sino solo vencer. Por
qué no se despliegan argumentos ni se los fundamenta, y por qué no interesa
escuchar los del otro. Por qué, en definitiva, se pierde la valiosa posibilidad
de aprovechar el desacuerdo para aprender a discutir. Porque no se trata de
eliminar la discusión de la faz de la tierra, sino de aprender a ejercitarla.
La lingüista Deborah Tannen (académica en la Universidad de Georgetown, en
Washington, ensayista y columnista en medios como el diario The New York Times
o la revista Time, entre otros) da un ejemplo muy claro en su libro “La cultura
de la polémica”.
Una
persona está abrazada a la pata de un elefante y otra a la cola, cada una de
ellas describe al animal desde el lugar en que se encuentran, y ambas niegan
que la otra esté describiendo un elefante. Así, con mucha frecuencia, se puede
generar una discusión absurda que termine en insultos, ofensas,
descalificaciones e incluso en la agresión física.
En
la cultura de la polémica la provocación desplaza a la reflexión y se exige que
haya un “ganador”. Incluso quienes están de parte de uno u otro de los
oponentes terminan creando sus propias polémicas y enfrentándose por cuestiones
que nada tienen que ver con la inicial. El virus es contagioso.
El
lenguaje bélico se instala entonces en la vida cotidiana y se naturaliza. Están
los “soldados” de Fulano o de Mengano, los “militantes“ (palabra que viene de
milicia) de tal o cual cosa, se dan “batallas” (en lugar de procesos o tareas),
se “lucha” por o contra esto y lo otro. Sin olvidar a quienes declaran su
“fanatismo” (es decir la incapacidad de reflexionar y la imposición de una
verdad absoluta) por lo que fuera, ya sea una moda, una persona, una marca, una
camiseta o una banda.
En
ese fárrago muere la palabra como instrumento para construir puentes entre
miradas diversas, como herramienta para la exposición de ideas y como
organizadora, coordinadora y transmisora del pensamiento. La cultura de la
polémica, advierte Tannen, pone en juego nuestra vida pública y privada. Si
reducimos el elefante a la pata o a la cola, termina por no haber elefante.
Ambos se lo pierden. “No se trata de rechazar el conflicto o la crítica, dice
Tannen, sino de aprovecharlos para nutrirnos con una amplitud de miras. Todo un
arte, que muchos deben recuperar y otros aprender, para que no haya siempre dos
tontos discutiendo.
Discusiones entre tontos
23/Feb/2016
diario El Comercial Formosa Argentina, Sergio Sinay