La lucha de una transgénero judía por exigir su aceptación social

18/Feb/2016

eltiempo.com, Colombia

La lucha de una transgénero judía por exigir su aceptación social

Laura
Frida Weinstein es una mujer adulta, cuyo rostro refleja alegría y ganas de
devorarse al mundo cada día. Como cualquier mortal tiene momentos en que no
quiere salir a trabajar, en los que se siente cansada, en los que se deprime.
Es una ciudadana común y corriente, así la hostilidad del entorno pretenda
convencerla de lo contrario.
Esta
historiadora tuvo un cambio radical cuando a corta edad decidió darle un giro a
su vida y enfrentarse al mundo ya no como el hombre que había nacido, sino como
nueva mujer dispuesta a luchar por su identidad.
Actualmente
trabaja en la Fundación Grupo Acción y Apoyo a Personas Trans, a donde acuden
niños y familias que necesitan apoyo durante el tránsito que vive una persona
que decide realizar este cambio.
Carolina
Herrera, psicóloga clínica de Liberarte, una organización de asesoría
psicológica para personas LGBIT, aseguró que las personas que se identifican
como transgénero o que construyen identidades de género diversas no sufren
ningún trastorno mental y pueden vivir vidas tan satisfactorias como cualquier
otra persona.
“La
disforia de género hace referencia a un malestar que siente la persona frente a
su género asignado al momento de nacer. Hay personas que no se sienten cómodas
con su anatomía, con sus características biológicas y con el rol social que
otros esperan de ellos o ellas al pertenecer a un género; sienten que
pertenecen a otro género. Una persona trans es una persona que al identificar
un malestar o un cuestionamiento frente a su género decide construir una
identidad de género diferente para experimentar una mayor coherencia con cómo
se siente y para poder ubicar un lugar en el mundo que le resulte adecuado para
sí mismo/a. Algunas personas trans hacen un tránsito al otro género y otras
construyen identidades de género diversas y más fluidas, pues que no quieren
encasillarse como hombres ni como mujeres”, aseguró la especialista.
Actualmente,
al hablar de disforia se dejó de emplear el término trastorno dentro de su
definición, ya que según el manual DSM-V (Manual Diagnóstico y Estadístico de
los Trastornos Mentales), utilizado por psicólogos y psiquiatras para
diagnosticar, esta dejó de verse de dicha manera y pasó a ser un malestar.
Laura
habla sin tapujos de su vida, de su sexualidad y de cómo se dedica a enseñar
sobre un mundo que para muchos es raro, malo o desconocido. Para ella, ser
mujer va más allá de lo que socialmente es conocido, hace parte de lo que cada
persona es, decide o no decide ser.
De
su pasado habla poco, su ‘yo’ masculino no tiene nombre ya que para ella esta
persona no existe.
“Omitimos
el nombre porque creo que esa persona ya no está, no hace parte de mi vida, fue
quien dio impulso a la persona que hoy está. Fue una persona que tuvo una
infancia difícil, compleja, sufrió mucha violencia, discriminaciones. Era un
niño afeminado, incomprendido, todo el mundo lo cuestionaba”, asegura Laura.
Con
tristeza, recuerda cómo vivió esos tiempos en los que su vida estaba llena de
preguntas que nadie respondía. Una época en que sentía que nada tenía sentido y
algo debía cambiar.
“La
respuesta que siempre recibía era que eso que pensaba de mí misma era algo
errado. Cuando te imponen algo que no eres, eso genera mucho dolor. No entendía
por qué era una persona triste, no entendía mi atracción hacia los chicos,
creía que era la única persona así y me preguntaba por qué me tocó a mí y por
qué no a alguien más, no veía a alguien en el mundo que sintiera y pensara
igual”, cuenta.
Una
niñez llena de inseguridades
Para
Laura, nacer como niño no le trajo ningún beneficio, por el contrario sentía
cada día que no tenía sentido ser quien todo el mundo decía que era.
“Estudié
en un colegio en donde se me recriminaba mucho, tuve una infancia muy
solitaria, asistí a un colegio judío en Bogotá. Allí se me cuestionaba un poco
sobre quién era y en dónde estaba, eso me llevó a que me retirara y fuera a
estudiar a otro lado, también fueron aprendizajes en la vida. Esos momentos
dolorosos los he transformado en experiencias para mirar qué podemos hacer para
mejorar las condiciones de esas otras personas que seguramente no merecen ser
lastimadas como lo fui yo”, dice.
Sin
entender qué sucedía y tratando de enfrentar a un mundo que tampoco la
comprendía, Laura decidió afrontar los retos que iba a asumir a partir del
momento en que su apariencia cambiara de manera permanente.
“Yo
tartamudeaba, es lo contrario que uno ve ahora. Creo que me construyo a partir
de lo que quiero”, apunta Laura.
Nueva
vida, nuevos retos
Siendo
mayor de edad, Laura decidió empezar una transición que no solo la afectaba a
ella, sino también a su mama y familiares, quienes al final deberían aceptar su
decisión.
“Aunque
ya era una persona grande, mi proyecto de vida era difuso. En el momento en que
decidí hacer mi tránsito, mi camino tomó otro rumbo. Se lo dije a mi mamá
primero que a cualquiera. Yo estaba en terapia psicológica, le decía a la
persona que me trataba que esta vaina me estaba enloqueciendo. Mi experiencia
con los psicólogos desde pequeña no fue bonita porque tampoco me entendían y en
vez de apoyarme me culpaban de lo que pasaba. Eso hacía que no tuviera
confianza en ellos y en algún momento los necesité”, comenta.
La
psicóloga que empezó a apoyar su proceso trabajó en el cambio a través de
metas, una de ellas estaba relacionada con la forma en la que iba a decirle a
su familia y la fecha en la cual lo haría.
“Quién
mejor para saber quién eres que tu familia. Solo era ratificarles lo que ellos
ya sabían. Para mí era importante que mi mamá lo supiera. Para muchas y muchos
nuestros papás son el eje fundamental, para mí lo era mi mamá. Necesitaba que
ella lo supiera, no me importaba el resto”, dice.
“Yo
le dije a mi doctora que desde ese día al sábado tenía que contarle. Era
viernes en la tarde, no había pasado nada, ese día decidí que debía armarme de
valor y decírselo. Ese día apareció ‘un pajarito’ muy lindo que me dijo cosas
muy bonitas, me armé de valor y decidí buscar a mi mamá que estaba acostada
viendo televisión, le dije: ‘Mira, es que quiero hablar contigo algo muy
importante, necesito que apagues el televisor, es algo importante para mí y
quiero que lo sepas”. Mi mamá me miró con cara de ¿qué le pasó? y proseguí con
lo planeado”, recuerda.
Ella
sabía que la forma más fácil de darle a conocer su situación era tratando el
tema desde una patología psicológica, por lo que decidió hablarle sobre la
disforia de género, lo que aparentemente haría que ella se tomara con calma la
situación y pidiera explicación a un término relativamente desconocido.
“Yo
le dije: ‘Madre, resulta que lo que yo tengo es algo que se llama disforia de
género’. Yo me imaginé que mi mamá no lo sabía, no entendía el término y me
dijo: ‘¿Cómo así? No, o sea que ahora se va a volver mujer’, y yo quedé
sorprendida, no esperé que mi mamá lo entendiera, pensé que me iba a dar tiempo
de explicarle, de decirle, pero lo entendió no sé cómo. Ella se puso a llorar y
eso para mí fue muy triste porque yo pensaba: ‘¿Cómo es posible que algo que es
tan importante para mí se vuelva para ella algo doloroso y triste?’ ”, comenta.
Luego
del llanto, la mamá de Laura comenzó a preguntarle qué le iban a decir a la
familia y a la gente que las conocía.
“Muchas
veces el problema de las personas es pensar en qué les van a decir a los demás,
qué le van a decir a la tía o el tío, qué les van a decir a los vecinos, a los
familiares, en fin. Eso fue complejo, yo traté de calmarla y le dije que yo le
quería contar porque fue algo que se volvió insoportable”, dice.
La
larga y dolorosa charla trajo consigo momentos llenos de amor y tranquilidad.
Laura y su mamá le demostraron al mundo que el significado del sentimiento de
una madre va más allá que cualquier cosa.
“Cuando
se calmó me dijo: ‘Eso son los genes débiles de su papá’. Para mí fue chistoso
y me dio risa. Lo primero que hacen los papás es buscar culpables y en dónde
está el problema; como mi papá ya no vivía era más fácil culparlo a él. Yo le
dije que no había culpables”, destaca.
La
familia
Laura
aprovechó una reunión familiar para contarles a sus seres queridos su decisión,
no sin antes haberse cerciorado de contar con el apoyo de personas como su
hermana, quien la apoyaría en el momento en que la ‘bomba’ explotara.
“Todo
el mundo se vino encima, mi mamá se puso a llorar, todo el mundo entró en
‘shock’. Mi hermano se puso furioso, se tiró a pegarme, yo le tomé la mano, me
dijo que se tenía que acostumbrar porque eso era lo que me esperaba en la vida.
Le dije que no, que yo quería cosas mejores y puedo decir que hasta el día de
hoy solo me han pasado cosas muy buenas”, recuerda Laura.
Su
hermano le reprochaba el hecho de no saber qué decirles a sus hijos por no
tener ahora un tío, sino una tía.
“Yo
le dije que no veía el problema, los niños lo entienden mejor que uno. Mi
sobrino cuando va a la casa y le preguntan quién soy yo, siempre dice que soy
una tía linda”, dice.
El
cambio trae respuestas
Los
prejuicios frente a una realidad que pocos conocen han justificado un sinnúmero
de ideas erróneas sobre quiénes son las personas trans, cómo son y qué hacen.
La
desinformación lleva a que se crea que una persona trans es aquella que se
viste como el sexo opuesto y se prostituye en una esquina.
“Hay
que entender que los contextos de una persona trans no son iguales en todos los
ámbitos. Hay trans a las que sus familias decidieron echarlas a la calle muy temprano;
no es mi caso. Nadie tiene la autoridad moral de decirle a una persona trans
cuando está parada de una esquina que se quite de ahí, porque ese es el lugar
en dónde el Estado y la sociedad lo ha puesto”, afirma.
Inquieta
por las historias que veía en televisión sobre personas trans, la mamá de Laura
se comunicó con ella: “Un día me llamó superpreocupada, como en el 2009, luego
de que saliera en las noticias que estaban matando personas LGBTI. Mi mamá me
invitó a almorzar y me dijo: ‘¿Sí ve que los están matando?’, y le expliqué que
conocía muy bien la situación. Me preguntó que si yo me vestía igual que esas
niñas que salieron en ese programa y yo, algo sorprendida, le dije: ‘¿No te
preocupó que nos estén matando, sino que te preocupa cómo me estaba
vistiendo?’. Eso pasa muchas veces”, comenta.
Laura
siente hoy que ser quien es le permitió renacer y vivir como siempre soñó.
“Si
no fuera porque en algún momento pensé en que quería hacerlo y que realmente no
podía esperar a que otros decidieran por mí, no hubiese sido lo que soy y no
estuviera tan feliz como estoy. Esto no quiere decir que mi vida sea color de
rosa, eso no pasa. No quiere decir que no me dé hambre, no quiere decir que no
tenga que trabajar. Me deprimo, me siento muy sola en algunos momentos y en
otros, muy acompañada. Eso hace parte de la esencia de cualquier ser humano”,
dice.
El
judaísmo
Ella
nació en una familia judía, pero su relación con Dios no cambió en el momento
en que su apariencia física sí lo hizo.
“Mi
relación con Dios es una relación muy cercana. Soy una persona creyente, pero
no fanática. Creo que existe un ser superior, pero no en ese ser castigador,
sino en uno que por el contrario te pone personas con condiciones diferentes y
no para incomodar, sino porque seguramente tienen que venir a enseñarnos algo
distinto”, asegura.
“Venimos
a enseñarle al mundo tal vez respeto, tal vez felicidad, tal vez esas
posibilidades de ser tan autentico o autentica como se puede ser. Imagínate a
una persona que un día fue alguien y de pronto hace una transformación de sí
misma para lograr tener una vida digna y feliz. Eso es lo que he aprendido con
las personas trans”, comenta.
En
sus recuerdos mantiene intacto el momento en que viajó a Israel y habló con un
rabino para comentarle su situación: la respuesta que él le dio la enamoró más
del Dios en que cree y ama.
“Él
me dijo que Dios me amaba por ser quien era y no por cómo me veía. Fue la mejor
respuesta que pude escuchar”, dice.