Señora presidenta: aprovecho los minutos de que dispongo no solo para honrar la memoria de las víctimas del Holocausto, sino también para reflexionar acerca de los dos grandes factores que, a mi juicio, posibilitaron tan terrible acontecimiento histórico. Me refiero a los discursos del odio y la indiferencia; ambos igual de incómodos y comprometedores para quienes, pese a estar muy lejos de perpetrar tan atroces actos, directa o indirectamente los promovieron, los naturalizaron, los posibilitaron y los encubrieron.
La génesis del genocidio sufrido por el pueblo judío se remonta a la instalación previa de discursos del odio, promovidos por verdaderos monstruos intolerantes que, a mediados de 1942, en un bosque del sur de Polonia, en el corazón de Europa, tristemente lograron comenzar a cristalizar esos discursos en acción y su prédica en realidad. Allí, los trabajadores comenzaron a erigir edificios e instalaciones de corte industrial; eran de ladrillo a la vista y contaban con chimeneas que, a la postre, serían la síntesis del horror por venir. No solo eran partícipes de la construcción de ese infierno en la tierra los obreros, los operarios, sino que también colaboraron arquitectos, ingenieros, profesionales de la química y de las más diversas especialidades, cuyo esfuerzo conjunto derivaría en una industria que hasta hoy avergüenza a toda la raza humana, sin distinción de orígenes, nacionalidades o credos.
Fue de esta manera que, de un momento a otro, comenzaron a llegar. Condenados a los vilipendios más crueles por el solo hecho de haber nacido, arribaban en vagones luego de ser arrancados de sus ciudades, de sus hogares, de sus afectos, niños, niñas, hombres, mujeres, ancianos, con un único denominador común que los mancomunaba, pese a la infinidad de distinciones y características personales que hacen a cada ser humano único en este mundo: eran judíos.
Los nuevos recintos industriales eran complejos modernos que, entre otras cosas, contaban con cámaras de gas y hornos crematorios. Las cenizas que emanaban de esas chimeneas eran cenizas humanas. Esa industria construida por miles de obreros y profesionales, civiles y militares, era la industria de la muerte, lo que hoy conocemos como los campos de exterminio. Esos campos tenían una capacidad de asesinato de entre diez mil y doce mil víctimas por día. Solamente en Auschwitz, entre fines de 1942 y su cierre, en noviembre de 1944, se asesinó a aproximadamente un millón de judíos de toda Europa.
La industria de la muerte se propagó a lo largo y a lo ancho del imperio de terror nazi mediante la actuación activa de miles y la complicidad pasiva e indiferente de cientos de miles.Este despliegue de la industria de la muerte, que hasta hoy avergüenza a la humanidad entera y que conocemos como el Holocausto, llevó al exterminio de seis millones de víctimas por el solo hecho de pertenecer a un pueblo. Y conforme pasa el tiempo, parecería que cada vez más se concentra la responsabilidad de la autoría de estos crímenes horrorosos en un puñado de miles de psicópatas intolerantes, que dieron o ejecutaron las órdenes.
¡Y vaya si esos monstruos tendrán enorme porcentaje de responsabilidad! La mayoría, sin duda, pero no la totalidad, y eso nos pesa; eso le pesa a la humanidad. Le pesa porque es una realidad muy dura de concebir que los responsables no fueron solamente miembros de las fuerzas de seguridad o miembros de las Fuerzas Armadas del ejército alemán, del austríaco o de los restantes ejércitos del Eje, sino que también lo fueron cientos de miles de funcionarios, oficiales de aduanas, trabajadores de ferrocarriles, empleados administrativos, empleados de fronteras, burócratas de todos los ministerios, profesionales de toda índole: médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, químicos, etcétera. Fueron miles de personas comunes y corrientes cultas, educadas, formadas, hasta religiosas las que se convirtieron también en genocidas por su colaboración en la creación de estos campos o su despliegue y desempeño posterior para que funcionaran, o incluso por omisión, al saber de su existencia o sospechar de ella y no hacer absolutamente nada al respecto. Todas ellas tuvieron un rol, una participación, mayor o menor, activa o pasiva, pero igualmente cómplice, en el despliegue de esta maquinaria de la muerte, que hasta hoy nos hace reflexionar con respecto a la atribución de responsabilidades a todos, no solo a los autores intelectuales y a los ejecutores directos de las masacres, sino también a aquellos cuya colaboración o indiferencia tristemente la historia los convierte en genocidas.
Ciertamente, esto parecía ser un tema tabú en el mundo de la posguerra, pero solamente asumiendo sincera y verdaderamente las responsabilidades que le competen a cada cual, comprendiendo qué y quiénes hicieron verdaderamente posible el Holocausto, estaremos preparados como sociedad para evitar que se repita. Si no, si optamos por el facilismo de atribuir la totalidad de la responsabilidad a ese puñado de miles de maniáticos que dieron las órdenes y las ejecutaron, estaremos cometiendo un error conceptual, solo asimilable en tamaño a la posibilidad de que se reitere una de las páginas más negras de la historia moderna.
Es en ese sentido que la Shoá debe ser recordada, no simplemente para honrar la memoria de esos inocentes que fueron asesinados, sino también para estar atentos ¡muy atentos! a esas señales que a veces son imperceptibles, y otras, muy visibles, que hacen de caldo de cultivo para el desarrollo y proliferación de estos discursos del odio, que luego de un largo proceso de materialización en partidos o movimientos políticos y sociales que, a la postre, serán sus brazos ejecutores como fue el nacionalsocialismo culminan, entre tantos otros horrores, en genocidios como el Holocausto. Estas señales poco a poco van apareciendo, se van esparciendo, van aumentando y permeando en todos los ámbitos de las naciones, no siendo la excepción recintos como en el que hoy hacemos uso de la palabra: los Parlamentos de las naciones.
En ese sentido, es inevitable destacar por lo menos un hito en la génesis del horror que vendría: en setiembre de 1935, el Parlamento alemán, para entonces casi hegemónicamente nazi, sancionó las leyes probablemente más vergonzosas en la historia del derecho. Me estoy refiriendo a las llamadas leyes de Núremberg, por las cuales se establecieron en el Estado alemán dos categorías de ciudadanos: los ciudadanos de primera, que eran los miembros del pueblo ario, y los ciudadanos de segunda categoría, que eran los no arios. ¿Quiénes eran los no arios en ese momento en Alemania? Los judíos alemanes. Estas leyes establecían determinadas prohibiciones, acotando de esta manera el margen de acción y la libertad de los ciudadanos, con el objetivo preservar y salvaguardar lo que ellos consideraban que era la raza superior: la raza aria.
Se prohibieron los casamientos, las relaciones sexuales y la cohabitación entre judíos y no judíos. Se privaba a los judíos alemanes de los derechos electorales y políticos. Se prohibió a los judíos profesionales ejercer sus profesiones dentro del territorio alemán y también practicar el comercio o el ejercicio de oficios menores. Se prohibió a los alemanes tener judíos dentro de su plantilla de personal contratado y, si los tenían, debían ser despedidos sin más trámite. Las propiedades judías fueron desvalorizadas y vendidas a precios irrisorios a los alemanes. Estas leyes fueron seguidas de una cantidad interminable de leyes, decretos, reglamentos que, sobre la base de las leyes de Núremberg, consolidaban la creciente y atroz proscripción, persecución y discriminación contra los judíos alemanes y, posteriormente, a partir de marzo de 1938, también contra los judíos austríacos.
Las señales de un desenlace terrible estaban ahí, al principio solapadas, luego obscenamente visibles y, de todas maneras, pasó lo que pasó. Era la crónica de una muerte anunciada; más bien, de millones de muertes anunciadas, y nadie hizo nada, al menos a tiempo, para evitar el genocidio. Primero, el mundo no solo Alemania toleró, convivió y permitió cuando no adhirió el discurso del odio. Luego de que este se instalara, se materializara, y empezara a ejecutar su prédica, la misma sociedad mundial toleró, permitió y convivió con las atrocidades más grandes, a través de la indiferencia.
Por lo tanto, la Shoá, no debe señalar solo a los monstruos que planificaron y ejecutaron el genocidio, sino que, visto en perspectiva, nos interpela a todos, porque ¡vaya si hoy también habrá en el mundo y en nuestro país discursos del odio! Y yo me pregunto: ¿estamos realmente haciendo todo lo necesario para evitar que la historia, probadamente cíclica, se repita?
Definitivamente, si hay algo que podemos concluir de lo que fue la Shoá y todos los genocidios que vinieron después, como el de Ruanda, el de la dictadura comunista de Stalin y los de tantas otras, es que no hay genocidio si previamente no se da la instalación de discursos del odio, ya sea por etnias, religiones, clases sociales, ideologías o cualquier otro factor de distinción entre los seres humanos. Siempre, inexorablemente, se llega a la perpetración de un genocidio porque previamente se instalaron, sobre todo desde el Estado y desde los principales referentes políticos y sociales, discursos del odio, discursos que proponen diferenciar a los seres humanos, pero no a través de una lógica de la aceptación de lo distinto, sino por el contrario, del odio hacia el que no es o no piensa como uno, discursos que buscan discriminar negativamente, que buscan deshumanizar a un sector de la población, diciendo que son seres inferiores o inmorales, diciendo que son enemigos. Absolutamente siempre antes de un genocidio nos encontramos con un discurso del odio que lo promovió y lo posibilitó. Y de esto la Shoá fue un ejemplo paradigmático que no debemos olvidar jamás, reitero, no simplemente para honrar la memoria de las víctimas, sino también para comprender los principales factores que posibilitaron tal horror y neutralizarlos a tiempo, si los identificamos en la actualidad.
Pero no todo fue indiferencia, no todo fue omisión, no todo fue neutralismo; injusto sería pasar por alto a verdaderos héroes que no miraron para el costado, que se comprometieron, que se la jugaron, incluso estando a mucha distancia y, quizás, sin que el Holocausto y la lucha contra el nazismo tuvieran en sí mayor afectación en su vida cotidiana, pero sí en su conciencia, en sus ideologías, en sus principios. Fueron muchos y de variados lugares del mundo, pero el tiempo escasea y es imposible referirme a todos, por lo que haré referencia a quien fue, es y será siempre la referencia ineludible de mi colectividad política y del Uruguay entero, porque ¿quién duda de que en este país el Partido Colorado y Luis Batlle Berres fueron quienes encarnaron en el sistema político uruguayo la posición de lucha más acérrima y frontal contra esos tiranos terribles, mientras otros partidos, también con representación parlamentaria, y en su total derecho, optaron por un neutralismo igual de acérrimo? Pienso que nadie lo duda. Es una realidad objetiva que, como colorada y batllista, ¡vaya si me llenará de orgullo!
A partir de que Luis Batlle compra Radio Ariel, dicha emisora se transforma, sobre todo a través de las audiciones que él mismo protagonizaba, en un centro de lucha liberal, antinazi, y antifascista, primero defendiendo a la República Española, luego a la causa de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, y pocos años después, adhiere a la lucha por la creación del Estado de Israel, que Luis Batlle abrazaba con fervor, con pasión y, nuevamente, con incomparable compromiso en la región y en el mundo.
Ante estas delicadas y sucesivas circunstancias, para las naciones el dilema radicaba entre el neutralismo, signado por la indiferencia, y el compromiso; el compromiso con las causas justas del mundo, más allá de las fronteras geográficas. Es allí, en la trinchera del compromiso, donde siempre estuvo nuestro Partido Colorado, y en lo que a la creación del Estado de Israel respecta, incluso desde mucho antes de Luis Batlle, primeramente a través de Alberto Guani en la Sociedad de las Naciones, luego con José Serrato en San Francisco y, finalmente, sí, con Luis Batlle, que lidera esta causa desde 1942.
No solo es importante recordar cómo se comportaron los principales referentes y partidos del mundo, y del Uruguay en particular, durante la Segunda Guerra Mundial y durante el desarrollo del Holocausto, sino que también es menester recordar cómo se comportaron con el pueblo judío en el mundo de la posguerra, posgenocidio. Por eso es más que justo seguir recordando el accionar de Luis Batlle Berres, quien en 1946 presidía la Cámara de Diputados y realizó el primer gran acto público por Palestina Judía, en Agraciada y Colonia, siendo él su orador principal.
Pero no cesó allí su lucha, puesto que una vez alcanzada la Presidencia de la República, Luis Batlle nombró delegado ante Naciones Unidas al profesor Enrique Rodríguez Fabregat, quien presidiría la delegación uruguaya para la partición de Palestina. Uruguay cumplió allí un rol relevante, que culminó el 29 de noviembre, cuando se votó la creación de los dos Estados, por treinta y tres votos a favor, trece en contra y once abstenciones. Entre estas estaban Inglaterra, Argentina y Brasil, mientras que Uruguay lideraba la propuesta junto a Estados Unidos, la URSS y Guatemala. Por eso, cuando se proclamó la independencia del Estado de Israel, en mayo de 1948, estos serían los cuatro primeros Estados en reconocerlo, siendo Uruguay el primero de América en hacerlo y el primero en establecer relaciones diplomáticas con el naciente Estado. Y ahí se encontraba nuevamente nuestro partido y su más rica tradición en el compromiso por las causas justas del mundo, que volvía a echar luz sobre la oscuridad vergonzosa llamada indiferencia.
Pertenecemos a un país que, lejos de proteger y encubrir genocidas nazis, como tristemente hicieron algunos regímenes populistas de la región, abrió sus puertas tolerantes, inclusivas, cálidas y llenas de oportunidades a muchos sobrevivientes del Holocausto y a familias judías que pudieron huir de dicho horror. Y eso, como uruguayos, también nos debe llenar de orgullo.
Finalmente, quiero invitar hoy a todos los presentes, señores legisladores, organizaciones que nos acompañan, medios de prensa, y a los más diversos referentes del quehacer nacional de todos los ámbitos, así como también a los ciudadanos todos, judíos y no judíos, sin distinción de credos, clase social, raza, origen o ideología, a que nos unamos en una lucha que parecería nunca acabar, a la que la historia nos exhorta y que nos exige no desfallecer en ella: es la lucha frontal, valiente, comprometida, ¡y vaya si noble!, contra los discursos del odio de toda índole, sin encubrirlos o justificarlos por provenir de nuestro credo, clase social, origen, o tienda política. Que el mensaje sea claro y contundente: hay una familia que debemos proteger y salvaguardar por sobre todas las colectividades étnicas e ideológicas, para no repetir el pasado y porque en ello nos va el futuro, la familia que nos mancomuna a todos: la familia humana.
Muchas gracias, señora presidenta.
(Aplausos en la sala y en la barra)
Diputada Valentina Rapela: “siempre antes de un genocidio nos encontramos con un discurso del odio que lo promovió y lo posibilitó”.
02/Feb/2016
Versión taquigráfica de la sesión del 27 de enero de 2016