Hace algunos días concluyó el encuentro del Foro Económico Mundial, el que ya desde hace años viene teniendo lugar en Davos, Suiza, precisamente en esta época del año.
En la ocasión participaron alrededor de 2500 representantes de la política, el mundo de los negocios, la sociedad civil, la cultura y la ciencia.
En reuniones como estas, en las cuales se encuentra buena parte de la «elite» mundial, se plantean cuestiones que llevan a propuestas y resoluciones que, en la medida en que se apliquen, pueden tener consecuencias favorables para muchos países.
Temas colaterales como los del cambio climático también tienen su espacio y está muy bien que así sea.
Y muchos otros temas necesarios para debatir y resolver.
Sin embargo, en cuanto al problema central -a mi juicio- cuando de un Foro Económico Mundial se trata, el grave problema de «cómo enfrentar la pobreza y la desigualdad»
¿Qué es lo que realmente se hace?
Esto nos conduce al tema que nos ocupa.
Las causas de la pobreza son probablemente casi tan antiguas como el hombre mismo.
La mala- muchas veces voluntariamente mala-distribución de la riqueza, por ejemplo.
Hace algunos días -no por casualidad poco antes de la cumbre de Davos- una ONG, Oxfam, denuncia que 62 personas-¡62 personas!-poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial.
La desigualdad en números. Inconcebible.
Mas allá de la exactitud de estas cifras que realmente cuesta creer, la desigualdad existente es a todas luces notoria.
Un referente mundial en temas relativos a la pobreza, el economista y sociólogo Bernardo Kliksberg, expresaba ya hace algunos años atrás que «El Instituto del Credit Suisse, uno de los bancos líderes en asesoría a las grandes fortunas, estima que el 0.5 por ciento de la población adulta del planeta tiene nada menos que el 35.6 por ciento de la riqueza del mundo. El 7.5 por ciento siguiente en riqueza es dueño del 43.7 por ciento…»
Obviamente que la desigualdad, la pobreza, también tienen mucho que ver con características y actitudes negativas del ser humano -egoísmo, avaricia, falta de empatía, explotación del hombre por el hombre- lo que desde siempre ha incidido e incide profundamente en la forma como se maneja la economía mundial.
Y otros factores muy gravitantes a tener en cuenta que vaya si inciden: la educación, los valores, la idiosincrasia de la sociedad, la capacidad de trabajo, los recursos humanos y económicos, la geografía del país, el medio ambiente, entre otros.
De todos modos y a pesar de las dificultades, hay países que han demostrado que es posible una distribución más igualitaria de los recursos, es posible reducir la pobreza, lo que demuestra que aunque no sea para nada fácil, con un gran esfuerzo, tenacidad, perseverancia, voluntad… ¡se puede!
Pocos días antes de este último encuentro en Davos, el Papa Francisco, uno de los principales luchadores contra la desigualdad de nuestro tiempo, envió un mensaje en el cual, entre otros conceptos expresa que «debemos evitar que el planeta se convierta en un jardín vacío…nuevas tecnologías (robots) no deben reemplazar a los humanos por máquinas sin alma…no olviden a los pobres…no deberían hacer oídos sordos al lamento de los más pobres…»
En su mensaje, el Papa hace hincapié en valores bíblicos, muy humanos en materia de justicia social. ¿Fue recogido su mensaje?
Respeto y no minimizo lo que se hace en Davos. Pero el Foro Económico más beneficioso será aquel cuyos participantes -con sensibilidad, empatía, inteligencia, creatividad-pueda ir consiguiendo, generación tras generación, un mayor equilibrio, equidad y una progresiva erradicación de la pobreza. Por sobre todo de la pobreza extrema, que es la que-prioridad número uno- debemos todos juntos tratar de solucionar.
Davos y después
29/Ene/2016
Lic. Rafael Winter (Rufo), para CCIU