09/03/2011
PATRICIA ALMARCEGUI
Profesora universitaria
Hace diez años, cuando cayeron las torres gemelas, alguien le preguntó al profesor T. Garton Ash qué consejo les daría a los periodistas que acababan de llegar a Afganistán para cubrir las noticias del país donde se había entrenado Al Qaeda: que hubieran llegado diez años antes, contestó. Esa era la mejor manera de poder conocer algo sobre el lugar.
Aún guardo un recorte de prensa de esas mismas fechas en el que se contaba cómo el gobierno americano había pedido a una serie de guionistas de Hollywood que escribieran sobre lo que iba a pasar. Si habían sido capaces de incluir unos años antes en una película la caída de las torres gemelas, quizás acertaran con sus ensayos de ficción, convertidos ahora en pronósticos. En un ejercicio parecido nos encontramos ahora.
Asistimos asombrados a una serie de acontecimientos que nadie parecía adivinar aunque, en este caso, muchos esperaban, a sabiendas de la crisis que atravesaban los países árabes e islámicos y el apoyo de Occidente a los gobiernos dictatoriales con objeto de mantener los intereses económicos en la zona.
Y es precisamente debido a la sorpresa y al extrañamiento de lo que ha ocurrido que se hace necesario buscar otras formas de lectura para ir interpretando el sucederse de las revueltas.
Aquí van algunas propuestas, consecuencia de lo sucedido en las últimas semanas, pero también de lo afirmado por sociólogos, arabistas e islamólogos en los últimos veinte años.
Primera propuesta. Hay que analizar a cada país individualmente. Ni todos los países árabes son iguales, ni tampoco los de mayoría islámica. Muy poco o nada tiene que ver, por ejemplo, Yemen con Egipto y Argelia con Omán. Gracias a las revueltas democráticas, la prensa está dedicando sus editoriales de las últimas semanas a repasar las características sociales, políticas y culturales de paises como Turquía o Irán con objeto de mostrar las ventajas que pueden tener en el futuro para Occidente.
Habrá que esperar también al informe que se está preparando en Estados Unidos, Reforma y recuperación del mundo árabe, para conocer los próximos intereses (esperemos que no sean solo económicos) que Occidente tendrá en estos países.
Segunda. Hay que volver a la historia de cada país, es decir, conocer los acontecimientos y la memoria que los ha configurado. ¿Qué sabemos de Ormuz en el siglo XV? ¿Y de la Turquía de la primera mitad del XIX? ¿Y de los armenios de Isfahan?
Tercera. Hay que evitar que las aproximaciones sean únicamente religiosas. El Corán no puede servir como pre-texto, ni como con-texto de la historia y la conformación de un país. Asimismo, hay que separar la política de la religión y descubrir aquello que bajo el pretexto de la religión ha sido solo interés político, una confusión al servicio tanto de Occidente como de Oriente.
Cuarta. A lo que se publica en la prensa de Occidente y a las valiosas experiencias y opiniones de las redes sociales, se puede añadir la lectura de los medios de prensa de cada país, algunos incluso en lenguas europeas, por ejemplo, Al-Ahram, en Egipto.
Quinta. Tres propuestas de libros, seleccionados entre una lista más amplia, para conocer las razones de lo que está sucediendo. El estado árabe: crisis de legitimidad y contestacion islámica de G. Martín Muñoz: una detallada descripción de la conformación de los estados árabes tras la disolución colonial. Más allá del islam: politica y conflictos actuales en el mundo musulmán de A. Segura: un análisis geoestratégico y económico de los intereses de Occidente por los países islámicos. Y Mil y una voces de J. Esteva: una serie de entrevistas a intelectuales y artistas sobre el Islam y el mundo árabe que muestran la realidad compleja y las diferentes perspectivas que los conforman.
Sexta. A pesar de que en muchos casos las revueltas se están interpretando a partir de acontecimientos similares del pasado, hay que hacerlo también a partir de sus diferencias y singularidades. La historia se escribe con los nuevos acontecimientos que, una vez integrados, obligan a releer también el pasado.
Séptima. Recordar que Oriente y Occidente no han estado separados. Ha habido que adjudicarle a cada uno unas características inamovibles y homogéneas para dividirlos y, así, enfrentarlos. La historia entre ambos está llena de encuentros, trasvases y aprendizajes comunes. Hay que volver sobre ellos.
En definitiva, es difícil saber que sucederá finalmente en Libia, Túnez, Egipto o Yemen. Las revueltas pueden ser largas o cortas, pacíficas o sangrientas y acabar bien o mal, pero todas son experiencias democráticas y, como tales, hablan de la democracia y amplían su significado.
Siete propuestas para leer el nuevo escenario árabe
11/Mar/2011
La Vanguardia, Patricia Almarcegui