Hay una cosa que llama la atención del
currículum de Isabel Montes Romero-Camacho. Antes de desgranar sus numerosos
títulos, publicaciones y premios, hay un primer epígrafe que reza
«Maestros» y en el que se dan dos nombres: Miguel Ángel Ladero
Quesada y Manuel González Jiménez. Es la lealtad de los universitarios de viejo
cuño a sus mentores, a las personas que dirigieron sus primeros pasos en el
proceloso mar de la Academia; la misma lealtad con la que esta catedrática de
Historia Medieval nacida en Sevilla cuida de la casa familiar de Fregenal de la
Sierra, donde recibe a familiares, amigos y parientes con hospitalidad antigua.
Merecedora de premios como el Ciudad de Sevilla (1984), Focus (1987) o el
Alfonso X el Sabio (2003), esta historiadora atesora en su cabeza todo el
medievo español. Desde la primera pregunta, el entrevistador queda casi anulado
por una avalancha de argumentos, nombres, datos, todo dicho a la velocidad del
rayo. «Lo siento, sé que hablo muy rápido», dice antes de volver a
convertirse en un torbellino. No hay duda de que le apasiona la historia. La
entrevista, que pensaba tocar varios puntos sobre su labor entrevistadora
(Guerra de Granada, Historia de la Iglesia, Historia agraria, etcétera) empezó
con los judíos (uno de sus grandes temas) y acabó con los judíos. Eso es lo que
pasa por preguntar a una enciclopedia.
-Usted ha estudiado en profundidad el tema de
los judíos en la Edad Media Española. ¿Eran muchos en Sevilla?
-Sí, muchos. Sevilla albergaba, tras Toledo,
la segunda comunidad judía o aljama más importante del Reino de Castilla.
-¿Y a qué se debía esta abundancia?
-En todas las épocas históricas, desde la
visigoda, los judíos sevillanos fueron muy importantes. También en la musulmana,
una cultura que fue muy tolerante con los judíos hasta la llegada de los
imperios bereberes, los almorávides y los almohades, que tenían una
religiosidad muy intransigente, quizás por su reciente conversión al Islam. En
esta época, tanto los judíos como los mozárabes [cristianos que vivían en
territorio musulmán] optaron por marcharse de Al Andalus, por lo que quedaron
muy pocos. La Sevilla almohade anterior a la conquista de Fernando III no
contaba ya con aljama, pero quedaban algunos judíos dispersos. Esto contradice
la teoría tradicional de Ortiz de Zúñiga o Argote de Molina, que dicen que
cuando llegó San Fernando había una comunidad judía establecida en la ciudad,
pero el famoso medievalista Julio González ha demostrado que no era así.
-Esto nos indica, una vez más, que el Islam
español no siempre fue un paraíso de convivencia cultural, como tanto les gusta
indicar a algunos.
-Los musulmanes, al principio, fueron muy
tolerantes con los judíos, comunidad que les ayudó conquistar España para
librarse del yugo de los visigodos, quienes ya buscaban la unidad religiosa de
España desde el tercer Concilio de Toledo, por lo que la comunidad judía les
resultaba un cuerpo extraño que había que asimilar. Precisamente, gran parte de
la normativa sobre los judíos de los Reyes Católicos está inspirada en la
legislación visigoda y en la ideología de San Isidoro, quien buscaba la
conversión y el bautismo de estas comunidades.
-¿Pero hay una estimación numérica de cuántos
judíos había en Sevilla?
-Fue una evolución de siglos. Al principio no
existían censos y las estimaciones hay que hacerlas con documentos fiscales.
Por ejemplo, se sabe que Sevilla tenía la segunda aljama de Castilla ya con
Sancho IV, gracias a las llamadas Cuentas de la Frontera, donde se reflejan las
contribuciones de judíos y mudéjares [musulmanes que viven en territorio
cristiano]. A finales del siglo XIV ya aparecen censos que han sido muy bien
estudiados por Antonio Collantes de Terán, el gran especialista en la
demografía de la Sevilla bajo medieval. Él habla de que había entre
cuatrocientas y quinientas familias, lo que en personas serían unas tres mil.
La judería se ubicaba en las collaciones de Santa Cruz, Santa María la Blanca y
San Bartolomé el Nuevo, y ocupaba casi el 8% del espacio urbano de Sevilla,
junto al Alcázar, para dejar clara la protección del poder público.
-Un trozo importante de ciudad.
-Sí, pero la judería no estaba entera ocupada.
Tenga en cuenta que hasta Felipe II no se volvió a recuperar la población que
tenía la Sevilla almohade antes de la conquista. En total, los judíos suponían
un 10% de la población sevillana.
-Se habla mucho del judío como gran financiero
o prestamista. Pero se dedicarían a otras cosas, ¿no?
-Por supuesto, lo que pasa es que lo que ha
llamado la atención y ha dejado testimonio es la élite de los judíos
sevillanos. Desde Alfonso X el Sabio hasta Juan II Trastámara, que es cuando
esta comunidad entra en decadencia tras el asalto a la judería, la mayoría de
los almojarifes (algo así como el ministro de hacienda) fueron miembros de esta
raza, muchos sevillanos. El Cuarto concilio de Letrán (1215-1216) sería el que
marcaría las relaciones entre cristianos y judíos durante toda la Baja Edad
Media. No está en contra de los judíos, no quiere su expulsión, pero sí
pretende su conversión y asimilación a la fe y cultura cristianas. A partir de
entonces, toda la acción de la Iglesia y la corona se orientará en ese sentido:
las Partidas, los fueros de Sevilla y Córdoba… Se estipula que ningún judío
pueda ocupar ningún cargo que puedan tener dominio sobre los cristianos, pero
San Fernando hace una excepción importantísima con los almojarifes. Esto nos da
una idea de la protección que le dieron muchos monarcas a los judíos.
-¿Pero además de al sector financiero, a qué
se dedicaban los judíos?
-La gran mayoría, como harían después los
conversos, se dedicaban a oficios urbanos: artesanías del textil, del cuero, de
joyería… También eran pequeños comerciantes, incluso buhoneros… Al igual
que la sociedad cristiana, la judía estaba muy estratificada.
-¿Y tenían instituciones propias?
-Sí, por supuesto, algunas muy parecidas a las
cristianas: el Concejo, con los jueces o viejos que son los representantes
religiosos y políticos; el mayordomo; el escribano… Incluso, tienen unos
impuestos particulares como minoría etnicorreligiosa que goza de la protección
del rey, algo que hay que pagar. También hay un impuesto ominoso que deben
abonar al arzobispo: «los treinta dineros de los judíos» en recuerdo
de las treintas monedas por las que Judas vendió a Cristo. Asimismo, tienen sus
tributos propios dentro de la aljama más los tributos ordinarios y
extraordinarios de cualquier vecino de Sevilla.
-Tenemos una gran aljama, la segunda de
Castilla, pujante demográfica y económicamente. Y entonces llega el famoso
asalto a la judería de 1391, un pogromo dentro de la tradición antisemita
popular europea…
-Sí, existía una larga tradición europea de
asalto a las juderías, algo que se acentuó mucho con las Cruzadas. A España
tarda un poco más en llegar, pese a algunos intentos tempranos. En Sevilla, ya
hubo un primer intento a mitad del siglo XIV porque se acusó a los judíos de
querer profanar la hostia, pero quedó en nada debido a que las autoridades
religiosas y civiles lo aplacaron. Sevilla fue el tubo de ensayo del
antijudaísmo en España: el asalto a la judería, la instauración de la
Inquisición, la expulsión de los judíos…
-¿No fue en 1492 como en todos los sitios?
-No, en Sevilla se adelantó a 1483, casi diez
años antes de la expulsión general. Es como si aquí se probasen las relaciones
entre cristianos y judíos. También para los asuntos positivos y de convivencia.
-¿Por qué dice antijudaísmo en vez de
antisemitismo?
-Los grandes especialistas en la materia, como
don Luis Suárez o el profesor Laredo, prefieren este término en la Edad Media.
-Volvamos al asalto a la judería de Sevilla…
-Está enmarcado dentro del contexto de la
crisis bajomedieval que ha estudiado tan bien Julio Valdeón, quien ha asimilado
este proceso a fenómenos como las revueltas campesinas francesas de la
Jacquerie. Es una crisis acentuada por la guerra civil entre Enrique y Pedro y
en la que se culpa a los judíos de todos los problemas que existen, incluso de
las epidemias de peste. Se dice que envenenan el agua, que matan a los niños…
Todos estos prejuicios están en la mentalidad popular, porque en Sevilla se ve
muy claramente que las autoridades políticas y eclesiásticas de la época
intentan la conversión de los judíos, pero no su exterminio. Este clima popular
es muy importante para comprender el asalto.
-Pero siempre hay una cabeza.
-Por supuesto, esa cabeza es Ferrán Martínez,
canónigo de la Catedral y arcediano de Écija, un gran orador y personaje
complicado que llevo investigando mucho tiempo pero que es muy resbaladizo, se
me escapa continuamente. Tengo la sospecha de que se formó en Aviñón tras
escapar de Castilla para huir de la represión de Pedro el Cruel y que después
regresó. Hay investigadores que han señalado un posible origen converso, pero
no está claro. Ferrán Martínez difiere de la autoridad eclesiástica en su
comprensión hacia los judíos y en sus intentos de que éstos se conviertan. ¿Por
qué difiere? Porque de alguna manera también está en la tradición de esos
predicadores populares de la Baja Edad que se han radicalizado contra los
judíos que son contumaces y no se han convertido pese a las muchas
oportunidades… Observe que el Concilio de Letrán del que hablamos antes es de
1215 y ya estamos a finales del siglo XIV. Evidentemente, como se sabe, también
pesó el hecho de que los judíos fueran los prestamistas a los que la gente
debía dinero.
-¿Pero a Ferrán Martínez no lo contuvo la
autoridad eclesiástica?
-El problema fue que murieron tanto el
arzobispo, don Pedro Gómez Barroso, que llegó a desterrarlo a Carmona -de donde
parece que provenía-, como el rey Juan I. Ferrán Martínez aprovechó ese vacío
de poder para fomentar el antisemitismo y lanzar al pueblo contra la aljama de
Sevilla. No se nos puede olvidar que era una persona muy apreciada en la
ciudad, con fama de santo y piadoso, que había fundado el Hospital de Santa
Marta.
-¿Cuántos muertos hubo en el asalto?
-Eso es muy difícil de estimar. Los
historiadores judíos dicen que muchísimos. Sin embargo, Antonio Collantes de
Terán señala que murieron pocos y lo que se dio, sobre todo, fue un fenómeno de
conversión masiva ante el miedo a un nuevo asalto.
-¿Después del asalto desapareció la judería?
-Completamente. Quedaron muy pocos y poco
significativos. Además de los muertos y los convertidos, otros muchos optan por
marcharse de Sevilla. Se van a ámbitos rurales (Santa Olalla y la sierra en
general, por ejemplo, para estar cerca de Portugal), a lugares de señorío y a
Castilla. Cuando, posteriormente, algunos quisieron volver, los nuevos
habitantes de estas collaciones, muchos de ellos conversos, se opusieron. Hay
un documento fiscal en el que el Rey llega a decir: «los judíos de Sevilla
que paguen poco, porque son muy pocos y pobres», lo que nos indica
claramente su situación. Con Juan II y Enrique IV hubo una cierta recuperación
de la aljama de la ciudad.
-¿El asalto fue un fenómeno local?
-No, se extendió a otras ciudades de los
reinos de Castilla y Aragón. Los textos hablan de los «matadores de
judíos», gentes desarraigadas que seguían las predicaciones de Ferrán
Martínez y llevaban toda esa ideología antisemita por los dos reinos.
-¿Y quién se benefició del asalto en Sevilla?
-La nobleza trastamarista. Enrique III
repartió los bienes de la aljama sevillana entre los Zúñiga y los Hurtado de
Mendoza. Del asalto de la de Carmona se benefició Gómez Suárez de Figueroa, el
hijo del maestre de Santiago… Es decir la nueva nobleza trastamarista (Ayala,
Mendoza, Zúñiga, etcétera) que sustituyó la nobleza vieja castellana, la que
fue más fiel a Pedro I el Cruel.
-¿Y el pueblo?
-Fue castigadísimo. Se le impuso una multa de
135.000 doblas de oro morisca que se pagó gravando el consumo. Los encargados
de recaudar la multa fueron dos conversos.
-Y Ferrán Martínez.
-Sólo un pequeño castigo, porque era una
figura muy importante. Lo desterraron a Carmona, donde parece que pasa la
última parte de su vida.