No se preocupe, el grupo Estado Islámico todavía no ha
llegado a Israel y no hay señales de que los jóvenes iracundos que buscan
judíos para masacrarlos con sus cuchillos estén afiliados al grupo o actúen en
su nombre.
No hay duda, sin embargo, que el maligno espíritu de la
organización, el espíritu del radicalismo y la locura que éste y otros grupos
afines defienden, es el viento en popa y tal vez incluso la causa de la ola de
terror que nos golpea en los últimos días. Tal como es el modus operandi del
extremismo -ya sea en nuestra área inmediata o a nuestro alrededor- utiliza su
red, y el internet, si vamos al caso, para atraer a los jóvenes que están
dispuestos a hacer cualquier cosa, incluso a sacrificar sus vidas, por ello.
Al final de cuentas, Israel no está solo en la selva e
incluso si fuera posible rodearlo con cercas de seguridad para evitar que
entren infiltrados ilegales, células terroristas o soldados enemigos, es
difícil, si no imposible impedir que se propague el virus de la locura radical
que ha anegado el Oriente Medio. El Internet es el portador primario de estos
gérmenes de locura, anidando en las sociedades y países que carecen de
anticuerpos. De hecho, a nuestro alrededor, se ha desatado un verdadero
infierno.
Los extremistas islámicos controlan grandes franjas de
Siria, Irak y Libia, y están perpetrando, en el nombre de Alá, atrocidades
contra los grupos étnicos minoritarios y en contra de sus propios pueblos. No
es de extrañar que muchas personas de todo el mundo crean erróneamente que el
dictador sirio, Bashar Assad, cuyos presuntos crímenes palidecen en comparación
con los cometidos por el Estado Islámico, sea una opción preferible a estos
grupos. Egipto también está experimentando una ola de ataques terroristas sin
precedentes, y olas similares también están golpeando Turquía y Túnez, con cada
ataque dejando decenas de heridos a su paso. Todo está sucediendo en el nombre
del Islam.
Es ingenuo pensar que este espíritu maligno no nos
alcanzaría y no se enraizaría entre los inquietos jóvenes en los territorios
palestinos, tal vez incluso en la población árabe-israelí. De hecho, a lo largo
del mundo árabe y musulmán jóvenes similares se están congregando y acudiendo
en masa por cientos y miles para llenar las filas de los grupos jihadistas que
combaten en Siria e Irak.
La ola de violencia es una prueba más de que el movimiento
nacionalista palestino está en declive, parece haber perdido relevancia y tal
vez incluso ha llegado al final de su camino histórico. Una vez más, este
movimiento es incapaz de movilizar a las masas con su llamado a liberar
Palestina. En este sentido los palestinos están retrocediendo casi cien años a
los días del Gran Mufti de Jerusalén, HajAmin al Husseini, que en nombre de un
supuesto peligro para Al Aqsa lideró la revuelta árabe de los años treinta, que
culminó, por cierto, de un rotundo fracaso histórico que catalizó la ruina de
la sociedad palestina.
El hecho es que ni la Autoridad Palestina ni Hamas están
detrás de la erupción de la violencia. También parece que tienen una influencia
muy mínima sobre el pueblo por el cual afirman estar hablando. Mientras tanto,
están tratando de aprovechar al máximo la situación, bailando sobre la sangre
de los jóvenes incitados que han sido baleados tratando de apuñalar a judíos,
mientras que, por supuesto, extraen algún posible beneficio político. Esto
también se aplica, a pesar de las diferencias obvias, a los diputados árabes, a
quienes nadie fuera de los medios de comunicación israelíes ve como líderes que
vale la pena escuchar, ciertamente nadie en la calle árabe-israelí.
Por lo tanto, carente de sentido y teniendo en cuenta el
declive del movimiento nacionalista secular, junto con la falta de un liderazgo
decente, los vientos del extremismo están soplando sin obstáculos y están
marcando el tono. En una realidad como esta, es difícil frenar el radicalismo y
evitar que se fije en los corazones y las mentes de la gente.
Israel, sin embargo, no es Siria o Irak. No es un estado
fallido y no funciona sin las instituciones y los sistemas de gobierno. La
sociedad israelí, así, a pesar de las críticas, no es una sociedad fracasada o
fragmentada. Es una sociedad fuerte en la que todas sus partes y todos sus
diversos sectores -incluyendo el sector árabe- son socios en el esfuerzo por
mantenerla y fortalecerla.
Tenemos que entender el significado de la ola de terror que
nos golpea, y comprender que no existe una solución mágica para el lobo
solitario atacante que se despierta por la mañana y decide matar a la gente en
nombre de Dios. Debemos darnos cuenta de que esta forma de extremismo no puede
ser detenida por los muros de hormigón y las cercas de metal, sino solamente a
través de la determinación y fortaleza, nuestra verdadera barrera de seguridad.
Así soplan los vientos del Estado Islámico
16/Oct/2015
Aurora, Eyal Zisser