Auschwitz nos enseña que debe mantenerse viva la memoria, y
olvidar es casi una invitación a su repetición. Debido a ello es nuestro
compromiso ético de transmitir su historia, es más, a que no se transforme en
un vano y efímero recuerdo. Para ello es necesario rescatar la cultura y la
educación como antídotos a la barbarie, a que los Lager sean una enseñanza de
lo que han sido capaces de hacer los nazis a los hombres llevados a la bajeza
de nominarlos Infra-humanos, Untermenschen, ni a volver a masificar los gustos,
los ideales, las razas y las religiones.
Después de Auschwitz ya no habría más poesía en el mundo, es
la afirmación de Theodor Adorno. Recién con la poética de Paul Celan se
subvierte ese postulado, sobre todo con su poema Todesfüge. Fuga de muerte,
cadencia horrorosa que intenta cifrar algún decir y poner palabras a esa
gramática del horror, a esa lengua del horror. Allí en Auschwitz se desdibuja
el vínculo con el prisionero, sumido en su mutismo dado que no tiene derecho a
protestar, a defenderse, a decir: los bacilos y las ratas no hablan, y a eso fueron
reducidos los hombres no arios.
La banalización del nombre de Auschwitz
Auschwitz no es historia pasada, es un paradigma que no deja
de ser presente. Marca un antes y un después, de allí que entra en nuestro
vocabulario como una nueva media de Mal y su comparación cuando se dice:
«pero esto es peor que auschwitz”, escrito en minúscula pues es pensado
como un nuevo adjetivo, la nominación de una máxima potencia del Mal.
No se puede educar, ni transmitir a las nuevas generaciones
el concepto de historia sin tener en cuenta que Auschwitz existió y que fue
realizado por hombres cultos que tocaban Schubert por la noche, leían a Rilke
por la mañana y torturaban, asesinaban y gaseaban al mediodía.
Los griegos y el Iluminismo pensaban que la maldad y la
brutalidad eran efecto de la falta de cultura y educación. Auschwitz subvierte
esos postulados pues devienen antiguos dado que cuando la cultura queda
conmovida, banalizada, emerge sin ambages la barbarie inclusive en sujetos
educados como los nazis. El hombre del nazismo se da ese permiso pues ninguna
ley punitoria lo acusaría de cometer sus asesinatos, es más, la maldad estaba
promovida y autorizada por la propaganda del Tercer Reich con su ministro
Joseph Goebbels a la cabeza donde su frase predilecta era:»háblenme de
cultura y saco un arma”.
No se puede estudiar y transmitir lo que aconteció en
Auschwitz como un simple hecho histórico más, como un devenir natural de la
Historia. Más bien rompe con el concepto de Historia y lo enmarca en otra
definición, en otra modalidad. Ya no cumple con el postulado hegeliano de
tesis, antítesis y síntesis. Aparece como un relámpago inesperado de ahí que se
usa el término Shoá y no Holocausto dado que no ha sido ninguna ofrenda a los
dioses y sus sacrificios rituales.
Auschwitz pasa a serel símbolo de lo demoníaco pero no de
los dioses oscuros, sino que es lo que emerge del hombre común, de su lado más
nefasto cuando una política totalitaria le da ese permiso, cuando deja salir lo
pulsional sin frenos, cuando un jurista como Carl Schmitt rompe con la
constitución de la república de Weimar, la más avanzada de Europa para otorgar
a Hitler las herramientas legales y poder regir con plenos poderes
plenipotenciarios que serían gobernar con un poder neutro y un estado de
excepción, o sea, que sus dictámenes no debían pasar por ninguna mayoría
parlamentaria, o sea, regir con un poder absoluto y totalitario. Y cuando este
hecho lo vemos repetir en gobiernos democráticos en la actualidad nos resulta
altamente preocupante.
Auschwitz ha dejado un nuevo paradigma en más de un sentido.
Osó experimentar sobre seres humanos tratados cual cobayos de laboratorio, uso
a los cautivos como mano de obra esclava, empleó Zyklón B, un insecticida para
gasear a hombres, mujeres y niños sin recibir ningún castigo a cambio, y toda
esa barbarie ha entrado en la nueva historia de la humanidad donde los
testigos, o sea nosotros, debemos acoger con respeto y en silencio el
testimonio de los sobrevivientes que aún quedan. Digo en silencio porque ese
horror no es interpretable, tan sólo poner el cuerpo para alojarlo, oírlo y
asumir la responsabilidad de su transmisión a un mundo que aún niega que
Auschwitz existió, que se resiste a saber de ese horror, donde rápidamente
acota:»pero todavía con el tema Auschwitz, si ya pasó, es pasado, ya fue”.
No es pasado y todavía no podemos definir cómo será como
futuro. El tema está aún en plena investigación, su efecto en las futuras
generaciones, tanto de los unos como de los otros, o se, de los hijos y nietos
de los sobrevivientes de Auschwitz como de los descendientes de los verdugos
aún está por definirse. Esa es nuestra misión y nuestra responsabilidad. Y
dentro de la responsabilidad es que el Mal que aconteció en Auschwitz no se lo
banalice, y que como refiere T. Todorov: «cuando se utiliza el término
nazi como simple sinónimo de canalla toda lección de Auschwitz queda perdida”.
El nazi no es una entidad clínica ni psicopatológica y ese
es el gran enigma a resolver. Fue asumido por sujetos normales, buenos padres
de familia que estaban convencidos que gasear a judíos y gitanos era su
trabajo, tanto por amor a la Patria como por devoción a su Führer. Y esa
devoción es lo que aún no se ha desentrañado, develado, y que por cierto
debemos prestar suma atención cuando una sociedad repite sus signos pues cuando
el Mal se despierta hoy en día cualquiera puede ser el nuevo «judío»
de la Historia como el chivo expiatorio que se precisa para descargar sobre él
esa pulsión de muerte dormida pero que siempre está al acecho a cobrarse de sus
nuevas víctimas.
El monstruo dormido siempre está dispuesto a volverse a
despertar si se lo convoca para la Maldad.
Por qué saber de Auschwitz aún: contra la banalización de su significado
09/Oct/2015
Aurora, Por Dra. Bejla Rubin