FILÓSOFA e intelectual, la alemana Hannah
Arendt (1906-1975) es autora de una obra teórica clave para entender el siglo
XX, más precisamente los horrores de ese siglo.Nació en una familia judía y fue
discípula de Martin Heidegger y Karl Jaspers. Con el ascenso del nazismo emigró
a Estados Unidos donde consolidó su carrera académica y escribió la mayoría de
los trabajos por los que ganó prestigio y admiración, y también generó
polémicas y rechazo. El totalitarismo, el antisemitismo, el genocidio judío, el
sistema de los campos de concentración y el imperialismo son algunos de los
temas sobre los que investigó y teorizó. Entre sus principales obras se cuentan
Los orígenes del totalitarismo (1951), La condición humana (1958) y Eichmann en
Jerusalén (1963).
Pensadora difícil de clasificar, se la ha
definido como existencialista, conservadora, liberal o anarquista. Sin embargo
ninguna de esas categorías alcanza a la integralidad de su pensamiento, agudo y
original. Ella rechazó todos los ismos y fue un ejemplo de lo que se conoce
como intelectual libre.
De esa riqueza y complejidad da cuenta Hannah
Arendt, El orgullo de pensar, una compilación de ensayos a cargo de la española
Fina Birulés. La edición es del 2006, pero recién se distribuye localmente.
TRES RETRATOS
Dos amigos y un antiguo alumno escriben el
capítulo más breve del libro, que evoca a la profesora y a la mujer.
«Entraba, ligeramente encorvada, con su cara seria, de mirada melancólica.
Tenía, calculo echando cuenta, unos 57 años en 1963, pero a mí me parecía aún
mayor. Su cara, sus obvias arrugas y ojos grandes, con párpados cansados, era
atractiva: resplandecía en ella la sabiduría. Sus vestidos estaban siempre desajustados
y eran holgados, pero tenía un aire de limpio desaliño», dice Salvador
Giner, quien asistió a sus clases en la Universidad de Chicago.
El ensayo del filósofo Hans Jonas, alemán,
judío y emigrado a Estados Unidos como Arendt, también da un testimonio
personal pero centrado en su pensamiento. Estudia la que considera su obra
magna, La condición humana.
Cierra el trío la entrañable despedida de su
gran amiga la escritora estadounidense Mary McCarthy. La define como una
persona luminosa, seductora y femenina. Una mujer que encantaba con la palabra
y la inteligencia. Generosa e impaciente. Histriónica pero no exhibicionista,
dice McCarthy que cuando hablaba en público, en sus gestos y actitud, en la
manera de caminar, de fumar o poner las manos en los bolsillos, Arendt dejaba
ver su espíritu.
PENSAMIENTO CONSERVADOR
«¿Qué es usted? ¿Es usted conservadora?
¿Es usted liberal? ¿Cuál es su posición en el espectro contemporáneo?», le
preguntó el politólogo alemán Hans Morgenthau en un coloquio realizado en
Toronto en 1972. «No lo sé. La verdad es que no lo sé y no lo he sabido
nunca. (…) Ya sabe que desde la izquierda se me considera conservadora,
mientras que los conservadores a veces piensan que soy de izquierdas, que soy
una inconformista o Dios sabe qué. Y la verdad es que no me importa en
absoluto», respondió.
Casi medio siglo después la politóloga inglesa
Margaret Canovan intenta responder a aquella pregunta. Si bien en los últimos
años ha sido la izquierda la más interesada en ella (por el potencial radical
de su pensamiento), es un error considerarla una pensadora radical. Canovan la
define como conservadora aunque a distancia de formas corrientes del
conservadurismo, tanto religioso como económico. Dice que no subordinaba su
pensamiento al dogma religioso puesto que fue claramente secular y humanista,
ni tampoco al libre mercado como los conservadores más recientes. Por el
contrario, temía el efecto destructivo de las fuerzas que desataba el mercado.
Era muy sensible al potencial desestabilizador
de la acción humana. Entendía que la función de la ley no era tanto proteger
derechos sino contener esa desestabilización. Ejemplo de ello fue el
crecimiento económico sin límites, iniciado en la Reforma Protestante, que
convirtió a la propiedad privada en propiedad a gran escala. Así el goteo se
convirtió en torrente y cubrió todo el planeta bajo la forma de imperialismo. Y
este luego preparó el terreno para el totalitarismo.
EXISTENCIALISMO POLÍTICO
El ensayo del profesor de Historia de la
Universidad de Berkeley, Martin Jay, se concentra en la filosofía de su
pensamiento político. Jay sitúa a Arendt en la tradición del existencialismo
político de la década del veinte. «Hannah Arendt deja claro su
convencimiento de que la tradición que arranca con Schelling y Kierkegaard y
culmina con los que fueron sus maestros en los años veinte es la filosofía de
la era moderna. Los existencialistas franceses, y Sartre en particular, son
excluidos de esta valoración, aunque en años posteriores encontrará muchos
motivos para admirar a Merleau-Ponty».
Jay es crítico con Arendt, sobre todo con la
lectura que hace del marxismo. Dice que, aunque no es posible fijar el momento
en que comenzó a leer a Marx, ella misma reconoció que había empezado tarde
puesto que en su juventud no le interesaban la política ni la Historia. Dos o
tres son los aspectos en lo que, a su juicio, Arendt se equivoca en su
interpretación de Marx: cuando le atribuye el haber reducido al hombre a su
condición de animal laborans (cuya única preocupación es reproducir las
condiciones de su supervivencia biológica) y en la cuestión del papel de la
violencia en la Historia.
ASESINOS DE OFICINA
El filósofo estadounidense Richard Bernstein
estudia uno de los conceptos más divulgados de Arendt: la banalidad del mal. O
más precisamente su evolución desde la idea del mal radical, que formuló en Los
orígenes del totalitarismo, al concepto de banalidad del mal que expresa en
Eichmann en Jerusalén y en la polémica epistolar que tuvo con el historiador
alemán Gershom Scholem.
Para Arendt el mal radical, que también llamó
mal absoluto, surge en un sistema en el que todos los hombres se han vuelto
igualmente superfluos. En ese sistema totalitario, que tiene como institución
máxima al campo de concentración y exterminio, los hombres no pertenecen a
ninguna comunidad y no hay leyes para ellos. Lo nuevo de los campos no es el
sufrimiento provocado ni el número de víctimas sino que allí está en juego la
anulación de la naturaleza humana (de ahí que considere los crímenes del
nazismo como crímenes contra la Humanidad).
Scholem le reprochó el abandono de la tesis
del mal radical por el concepto de banalidad del mal. «Esta nueva tesis me
parece un simple slogan», le escribe. Arendt replicó, haciendo de la
acusación una fortaleza: «Tiene usted mucha razón: he cambiado de opinión
y ya no hablo de mal radical. (…) Ahora estoy convencida de que el mal nunca
puede ser radical, sino únicamente extremo, y que no posee profundidad ni
tampoco ninguna dimensión demoníaca. Puede extenderse sobre el mundo entero y
echarlo a perder precisamente porque es como un hongo que invade las
superficie». El genocidio no fue obra de monstruos ni demonios sino de
burócratas, hombres comunes. La redefinición del mal, lejos de atenuar o diluir
la responsabilidad de los asesinos, volvía la tesis más provocativa e
inquietante.
Aunque parezca innecesario, se impone señalar
que El orgullo de pensar no es, ni se lo propone, una puerta de entrada al
pensamiento de Arendt sino una reflexión académica y erudita sobre su obra,
destinado más a quienes ya la han estudiado que a los interesados en iniciarse
en ella.
HANNAH ARENDT, EL ORGULLO DE PENSAR, compilado
por Fina Birulés. Gedisa, 2006. Barcelona, 287 págs. Distribuye Océano.
La mujer que encantaba
04/Sep/2015
El País Cultural, Virginia Martínez