Imágenes y recuerdos

03/Sep/2015

Semanario Hebreo, Ana Jerozolimski

Imágenes y recuerdos

Pensábamos escribir la columna de hoy sobre Irán-nuevamente-, que anunció no permitirá que el Maestro Daniel Barenboim brinde un concierto en Teherán porque es ciudadano de Israel. Barenboim, criticado en el propio Israel por posturas que ha adoptado que se suelen considerar exageradamente comprensivas de los palestinos e injustamente críticas de Israel, está convencido de que con el diálogo y la música puede derribar fronteras.
De hecho trata de hacerlo continuamente con su East West Divan Orchestra compuesta por músicos judíos, árabes o de ascendencia de uno de los lados, y pensaba que puede lograr cambios importantes también en Irán.
Lamentable pero no sorprendentemente, en Teherán pensaban distinto y dejaron en claro que aunque Irán parezca haber emergido fortalecido y legitimado del reciente pacto del acuerdo nuclear, en la práctica nada ha cambiado. El régimen de los Ayatollas continúa siendo oscuro y su nervio motor, la hostilidad a Israel. No logran aceptar para un concierto, ni siquiera a un ciudadano israelí oriundo de Argentina, que no vive en Israel y que ha criticado en innumerables oportunidades la política del gobierno israelí.
Pero cuando de oscuridad se trata, el tema central no puede dejar de ser lo que está ocurriendo en Europa, el flujo imparable de refugiados que buscan una luz, son frenados por las autoridades y policías en distintos países, con firmeza. No deja de ser simbólico que muchos intentan llegar a Alemania… la Alemania de hoy, de Angela Merkel, tan distinta de aquella, la otra, la de la Shoá.
Vienen de Africa. De Siria. De Irak. Familias enteras cuyo mundo desapareció. Robados a menudo por el camino, por supuestos intermediarios aprovechadores y malvados que bien cobran el dinero para hacerlos cruzar y luego desaparecen. Un ejemplo especialmente trágico fue el de días atrás en Austria, donde fueron halladas decenas de cadáveres de gente asfixiada, abandonada allí encerrada. No hay palabras. O mejor dicho…sí, las hay, porque nosotros ya las conocimos, aunque cambien los números y las identidades.
Y con estas líneas, sólo pensamos en voz alta, sin poder sugerir soluciones. Presentamos dilemas, dolores, no fórmulas mágicas.
Occidente no podrá absorber a toda esa cantidad de gente que golpea sus puertas y pide ayuda. Tampoco podrá dar la espalda a todos. Y para cada uno, un billete de tren hacia ciudades libres que sepan acogerlos, es la salvación.
No podemos evitar pensar en los trasfondos culturales complejos de los que llegan muchos de los refugiados que hoy buscan un nuevo hogar, tan distintos de las democracias en las que hoy piden ayuda. Pero al mismo tiempo, tampoco podemos dejar de pensar en nuestros antepasados, los judíos en el Holocausto, que tanto necesitaban que alguien los ayude… y quedaron casi solos ante la hecatombe.
Esto no es la Shoá. Ni en números ni en otras características.
Pero para cada uno de los escapados de la locura que se vive en su país de origen, la salvación es el mundo entero. Ver las escenas de la estación central de trenes en Budapest clausurada y cercada por la policía, no es sencillo, cuando uno sabe cuánta gente frustrada queda en el medio. Y oír que en la República Checa escribieron números en los brazos de los recién llegados, para hacer un poco de orden. Y la foto del niño de tres años en la costa turca, sabiendo que murió en un barco que naufragó mientras intentaba llegar a la Europa libre en la que su familia creía estaría a salvo. Y ver las fotos transmitidas al mundo, de los niños durmiendo junto a las vías del tren en la Europa del siglo XXI porque no tienen adónde ir.
No, no es lo mismo que lo que el pueblo judío sufrió en el Holocausto.
Pero estruja el corazón, preocupa y desespera…porque nada en el mundo de hoy hace pensar que esto irá mejorando. Al contrario. Si miramos la realidad de Oriente Medio, pues va de mal en peor.