Testimonios de la Shoá en Kovno

19/Jun/2015

Por la Escr. Esther Mostovich de Cukierman (para CCIU)

Testimonios de la Shoá en Kovno

Estamos en dos autobuses de turismo, en viaje a Kovno. En el ómnibus, le muestro a nuestra guía una foto del año 1940, donde se ve el consulado japonés en Kovno, con Sempo Sugihara y su familia en la vereda.
-¿El cónsul Sugihara? Sí, él vivía en Kovno. Esa casa está, pero sólo se puede ver desde la calle. No ha cambiado, tiene la misma reja a la entrada, detrás de la que se paraban en 1940 los judíos polacos durante días, hasta conseguir la visa japonesa para poder ir hacia el Asia. La mayoría de esos judíos acabó en el gheto judío de Shanghai, pero al final de la guerra, de allí salieron con vida.
-¿Solamente los judíos polacos se salvaron de la guerra con las visas de Japón? ¿Los judíos lituanos, no?
-¿Ir a Japón? Para nosotros era una idea tan descabellada… Atravesar toda Rusia en tren, hasta llegar al Océano Pacífico, tomar luego un barco a Japón, con la loca esperanza de conseguir desde allí, cruzar el Océano para llegar a América… Pero ¿de qué y cómo íbamos a vivir en el camino? Los judíos lituanos teníamos nuestra casa donde pensábamos que viviríamos tranquilos. No teníamos idea de que los nazis estuvieran planeando invadir Lituania. Los polacos estaban en otra situación. Los nazis entraron a Polonia antes que a Lituania, todos los días llegaban judíos polacos a Vilna, huyendo de la guerra. No tenían techo, comían gracias a las cocinas populares que se mantenían en la ciudad. Ningún país aceptaba darles visa de entrada, ellos ubicaron lo único que pudieron. Ninguno tuvo dificultades en conseguir el sello del cónsul holandés en su pasaporte. ¿Sabes lo que ese sello decía?
-No.
-Pues no era un permiso de libre tránsito, ni una “visa para inmigrar “. Simplemente decía. “No se precisa visa para entrar a Curaçao“. Ese era todo el sello holandés. Había refugiados que ni tenían pasaporte, pues los holandeses le estampaban el sello en cualquier papel. Y el cónsul Sugihara, ¡puso en esos papeles, visa de tránsito por Japón!
La guía mueve la cabeza, mostrando, todavía hoy, su incredulidad.
-Los pobres judíos no podían ni pronunciar el nombre del país, pero solicitaban al cónsul de Japón, visa de tránsito para llegar allí. Visa japonesa para ir a “Kurasow”, decían. Una remota colonia holandesa en alguna parte de América, ¿qué les importaba que fuera sobre el Mar Caribe? Aquí en Lituania ellos eran refugiados, donde fueran, seguirían siendo refugiados. Las autoridades japonesas prohibieron al cónsul dar esas visas de tránsito para Japón, pero él no les hizo caso. Era un ser humano y no pudo resistir ayudar a otros seres humanos a salvarse la vida. Miles de judíos polacos se amontonaron día y noche en la calle, frente al consulado japonés de la ciudad de Kovno. Unas cinco mil visas llegó a dar Sugihara en esos pocos días de agosto de 1940, hasta que su gobierno lo obligó a irse de Kovno. Cuando llegó a su país, lo mandaron a la cárcel. Varios años más tarde, lo rehabilitaron.
-¿Vamos a ver algún monumento dedicado a Sugihara?
– En Kovno, no. Después que los soviéticos se fueron de Lituania, en Vilna se levantaron dos monumentos y se nombró una calle en su honor. Aquí, en el museo del 9º. Fuerte, que es nuestra primera visita de hoy, hay toda una sala dedicada a él y a los judíos que se salvaron de los nazis gracias a sus visas. Allí verán esas visas consulares,promete nuestra guía.
El 9º. Fuerte en las afueras de Kovno, fue puesto militar y prisión de la época de los Zares, de los nazis y de los soviéticos, ahora es un museo. Nos muestran el enorme monumento que está antes de la entrada, que los soviéticos hicieron para honrar a los comunistas asesinados aquí entre las dos guerras mundiales y las pequeñas placas que el gobierno permitió colocar a muchas comunidades de judíos para honrar a los suyos. Se nota que a la guía, hasta esta diferenciación en el tamaño de los monumentos conmemorativos, le sigue doliendo, pero lo asume como parte de la realidad de las cosas.
La guía nos señala el enorme portón de hierro a la entrada de la prisión y nos cuenta cómo pudo huir de allí un grupo de judíos durante la guerra.
-Ese grupo era el encargado de arrastrar los cuerpos después que los ejecutaban. Entre tanda y tanda de sus tareas, el grupo tenía que retirarse junto al portón. Mientras estaban aquí, tapándose los de atrás con los de adelante, hicieron minúsculas perforaciones en la chapa de hierro, una junto a la otra, hasta que una noche, la chapa agujereada les permitió hacer una abertura en el portón y escapar a los bosques.
El museo está en las antiguas celdas de la prisión. Los nombres de los 64 prisioneros que pudieron huir en ese escape por el portón agujereado y de los 22 de ellos que sobrevivieron al final de la guerra están en la primera celda que visitamos. Le pregunto a la guía si falta mucho para llegar a la exposición de Sugihara.
-Está en unos cuantos metros más adelante, me dice. La foto de él está en la puerta.
Ella sigue mostrándonos el museo. Nos hace ver las fotos del “Convoy 73“ que trajo hasta aquí a 878 judíos franceses , después de la guerra sus familiares han preparado placas y homenajes en su honor. En esta celda se encontraron, arañados en la pared, mensajes dejados por algunos integrantes de ese grupo. Una estudiante joven observa:
-Pero esta celda es tan pequeña. ¿Cómo van a entrar aquí 878 personas? La guía la mira, sacude la cabeza y respira hondo.
-Muchos de ellos nunca entraron. Aquí, en las celdas del 9º. Fuerte no había lugar para prisioneros. En las barracas de Auschwitz y de otros campos de concentración, quedaron sobrevivientes. Aquí y en Ponar, el campo nazi cercano a Vilna, no había barracas, ningún sobreviviente, sólo cenizas ¿Viste a la entrada, el paredón largo, junto al muro de piedra y tierra? pregunta la guía. Cuando el convoy de camiones llegaba, los judíos ya estaban encadenados, 20 a 30 personas por grupo. Los bajaban en fila y los hacían caminar hasta el paredón, ahí se gastaban una bala por cada uno. En unos minutos, los judíos encargados llevaban los cuerpos al gran quemadero a cielo abierto y dejaban el paredón limpio para el siguiente grupo… Si el convoy llegaba temprano, muy pocos se tenían que quedar a dormir hasta el otro día.
Se produce un silencio que nadie rompe. Empiezo a sentir que esas paredes grises me ahogan. Salgo al corredor, quisiera ir a ver la muestra de Sugihara, veo su foto junto a la reja de una celda abierta, quiero entrar, pero me falta el aire. Subo la escalera y salgo corriendo al exterior, siento mi estómago todo revuelto, necesito mojarme la cara y sentir el viento fresco para poder respirar.
Esther Mostovich de Cukierman