Un año de nazismo estilo siglo XXI

15/Jun/2015

El Observador, Eduardo Blasina

Un año de nazismo estilo siglo XXI

Un año atrás, el Estado Islámico tomaba Mosul, una ciudad de tamaño similar a Montevideo, la segunda mayor de Irak, y la convertía en una gigantesca sala de tortura y horror. Pero la noticia no recibió demasiado destaque. Un grupo casi desconocido que tenía la petulancia de llamarse Estado dentro de una multitud de grupos extasiados con hacer la guerra santa, inmolarse, saltar al paraíso donde esperan decenas de vírgenes enviando al infierno a los enemigos. Una manga de locos.
Hoy el mundo está en una situación comparable a la de 1940. El nazismo del Estado Islámico se ha expandido, busca conquistar el mundo entero y por ahora es imparable. Cada día que transcurre está más cerca de tomar Damasco –ya está en el campo de refugiados palestinos de Yarmouk en la capital de Siria-. Cada día que transcurre está más cerca de Bagdad, la capital iraquí, a la que sacuden todas las semanas con coches bomba para matar civiles chiitas y empezar a generar pánico en el conjunto de la población.
Desde la toma de Mosul y las carnicerías subsecuentes, el Estado Islámico no ha parado de avanzar mientras el resto del mundo mira estupefacto e impotente como el terror avanza. Tienen un territorio mayor al de Alemania, pero sobre todo tienen métodos de guerra ante los cuales la racionalidad y la democracia poco pueden hacer.
El Ejército iraquí tiembla ante la proximidad de estos soldados dementes que los degollarán si los capturan y a los que les da felicidad morir en batalla. El Ejército sirio se desmorona ya que representa los intereses de los alawitas, una variante del chiismo que no es más del 10% de la población de Siria y que se mantuvo en el poder durante décadas basado en el asesinato político y la tortura de los opositores.
Y en estos días están avanzando sobre Libia y sus zonas petroleras. El terror organizado funciona y recauda millones de dólares cada día vendiendo nafta y gasoil. Organiza los territorios que domina en forma absoluta para la guerra. Las mujeres quedan sometidas completamente a su tarea reproductiva, los niños son educados desde su primera infancia para la jihad (la guerra santa de los musulmanes), los homosexuales son tirados desde los techos de los edificios, y la crueldad es glorificada y canalizada hacia todos los demás grupos: yazidíes, cristianos, asirios, todos quienes no sean musulmanes sunitas.
De hecho, en la propia Arabia Saudita, cuna y capital del islam, tan amiga de los países de Occidente necesitados de venderle armas y alimentos, Rafi Badawi, por el delito de haber puesto en internet un blog liberal se enfrenta a recibir 1.000 latigazos, de los que seguramente no sobreviva. El propio dinero de Arabia Saudita y los demás países sunitas del golfo ha fluido generosamente hacia el Estado Islámico. Incluido Catar, donde supuestamente se disputará el mundial de fútbol 2022, si la corrupción que medió para su elección no cancela su designación.
Podemos pensar que esto es un tema muy lejano, que poco nos importa a nosotros que no tenemos nada que ver con esa anticultura y que nos cuesta incluso imaginar cómo se puede creer literalmente en un profeta montado en un caballo que vuela, y que se casó con una niña de menos de 10 años.
Pero no lo pensemos tan lejos. Europa está inundada de fanatismo islámico. Aprovechando las maldecidas libertades de Occideente –estrategia con la que tantas ideologías totalitarias han medrado-, hay predicadores de este nuevo nazismo que un día sí y otro también claman contra la democracia, contra los derechos humanos y contra todo lo que nosotros creemos son obviedades de la convivencia pacífica.
Es ilustrativo leer por ejemplo al clérigo islámico Anjem Choudary que desde Londres exhorta todos los días a enviar a los niños a escuelas donde se les enseñe la sharia, la ley islámica. Exhorta a no votar y a odiar a los kuffar (los no creyentes). Y no solo a no votar en Inglaterra, lo ha hecho en las recientes elecciones de Dinamarca, país ejemplar si los hay. Qué dirían John Stuart Mill, John Locke o Bertrand Russell si se levantaran de sus tumbas.
Desde su cuenta de Twitter, esta misma semana ha predicado que la democracia viola la santidad de la creación de Alá, que la democracia trae alcohol, pornografía, promiscuidad y abortos, y que Alá y su ley soluciona todo eso.
Y también nos explica que la promesa de Alá es derrotar a los judíos en Israel, conquistar Roma, la Casa Blanca y el mundo entero.
Dice además –en este caso con razón- que el Islam es la religión que más crece en el mundo. Su tasa de natalidad es por lejos la más alta y es una herramienta de conquista y opresión que sigue funcionando en este siglo.
El Estado Islámico y Al Qaeda –que ahora hasta parece un grupo más “moderado”- tienen un plan y lo ejecutan implacablemente. Siembra el terror y cosecha cientos de miles de personas desesperadas cruzando el Mediterráneo y los Balcanes hacia Europa. Multitudes seguramente infiltradas por sus propios terroristas. Y Europa se debate entre su tradición humanista y compasiva que la obliga moralemente a recibir a los desesperados y la certeza de que ese caballo de Troya contiene en su interior decenas de atentados a la Charlie Hebdo. Un dilema que también tendrá Uruguay.
Los europeos ni siquiera soñaban que esto podía pasar hace 50 años. Nuestros descendientes dentro de 50 años (o menos) van en camino de tener los mismos problemas que tienen los europeos hoy. Y seguramente revisarán la historia para saber quiénes advirtieron el problema y quiénes lo subestimaron.
El círculo desastroso de pobreza y radicalismo es un espiral que no tiene final en Medio Oriente, el norte de África ni la gran mayoría de las sociedades prisioneras del Islam. Hay miles de latinoamericanos que precisan trabajo y que quieren trabajar. No podemos hacernos cargo de los problemas que la guerra islámica causa a los propios musulmanes.
Solo cabe pedir al gobierno uruguayo que esté atento a no dejar germinar las semillas del odio que están diseminándose por el mundo entero. Aquí ya han pedido dinero, casa, mezquita, cementerio, ya se han casado por fuera de la ley uruguaya con mujeres locales que han renunciado a su identidad y a su nombre.
Ellos tienen una estrategia de conquista. A nosotros, como al resto del mundo, el asombro, el escepticismo y la incredulidad pueden encontrarnos sin una estrategia ante un problema que por muchos años más será una interminable tercera guerra mundial.