Rojl Margolis nos lleva caminando por las
calles del gheto de Vilna. Es bajita, de cabello completamente blanco y voz
firme. Ella revive la historia y sus
memorias junto a cada piedra. Llega hasta una avenida y de repente se detiene
en el medio de la vereda. Nos habla en idioma Idish.
-Aquí, dice golpeando con sus zapatos en las
losas del pavimento, aquí mismo estaba la alcantarilla por la cual huyeron a
los bosques unos cuantos combatientes del gheto, en las narices de los nazis.
Después, los soviéticos cambiaron el trazado de las calles, taparon todo, no
querían conservar ni el recuerdo de los partisanos judíos.
Terminada la guerra, Rojl fue profesora de Historia en Vilna hasta que
se jubiló y luego se fue a vivir a la ciudad de Rehovot, en Israel. Todos los
años vuelve a Vilna, a visitar a su hija y sus nietos que viven aquí, a
colaborar en las tareas del museo judío y servir de guía a los estudiantes del
Instituto de Idish de la Universidad. Sus ojos claros brillan y su voz se
vuelve ronca cuando ve en esas paredes, los muros y portones que ya no
están.
-Este gheto ¡estuvo tan lleno de vida y tan
lleno de muerte!, nos dice. La muerte nos rodeaba, pero estábamos llenos de
vida cultural, de teatro, encuentros, discusiones. De día la gente tenía que
salir del gheto a trabajar para los nazis. De noche empezaba una actividad
diferente, hacer aberturas para poder pasar de una casa a la vecina, o cavar
pozos debajo de las casas, para comunicarnos por pasajes subterráneos y tener
refugios disimulados donde esconder los rollos de Torá, los libros en Hebreo y
en Idish, o sobrevivir a los ataques aéreos de los rusos o las búsquedas nazis
casa por casa.
Se
mantiene firme y su voz no tiembla.
-En esta esquina, estaba uno de los portones
del gheto chico, nos cuenta, parada frente a la avenida Vokieku (la avenida de
los alemanes). ¿Ven ese cantero central de varias cuadras, lleno de césped, en
el medio de la avenida? Todo ese cantero era la primer manzana de edificios del
gheto grande. Vokieku era solamente esta calle angosta que separaba, a un lado
el gheto chico, y del otro lado el gheto grande. Aquí, cruzando la calle,
delante nuestro, había un prostíbulo, la noche en que yo me escapé del gheto,
esperamos a que los guardias entraran a entretenerse allí, para escurrirnos por
este portón. Cruzando esta calle, unos metros a la izquierda, estaba la entrada
al gheto grande. Todas esas manzanas que ven cubiertas de césped, se
incendiaron cuando los rusos bombardearon la ciudad para echar de aquí a los
alemanes, hacia el final de la guerra. Cuando entramos a Vilna después de la
liberación, estaban cubiertas de escombros y cuerpos muertos. Los soviéticos
las convirtieron en el cantero central de la gran avenida Vokieku, que tomó dos
calles y toda esa manzana.
La respiración de Rojl se pone más agitada. Sus ojos se vuelven enormes,
casi desorbitados. Ahora no nos ve a nosotros, está viendo el pasado.
-Mi marido era el mejor artesano de metales
del gheto. Un día, Genz, el dirigente del Judenrat (Consejo judío) vino a encargarle
una copia de la llave de este portón. El tenía sus asuntos que lo obligaban a
salir del gheto a menudo y no quería estarle pidiendo permiso a los soldados
alemanes en cada oportunidad. Se quedó todo el tiempo observando para cuidar
que mi marido no se hiciera una copia extra, pero yo lo entendí cuando él le
dio una mirada al pedazo de pan que era lo único que teníamos para comer. Le
alcancé ese pan, él lo metió en la boca y lo masticó. Ni siquiera yo me di
cuenta cómo lo hizo, pero cuando nos quedamos solos, me mostró el molde de la
llave en esa pasta de pan. Así pudimos tener nosotros también esa llave y
gracias a ella, muchos compañeros, mi marido y yo, pudimos escaparnos a los
bosques, pocos días antes de la liquidación de todos los judíos del gheto.
Cruzamos la ancha avenida y entramos al hoif (patio) de la manzana siguiente.
-Esto era el gheto grande. Antes de la guerra,
en esta calle estaba el restaurant de Welfke. Era el punto de reunión de los
intelectuales y la gente linda de la ciudad. Preparaban el mejor gefiltefish
(pescado relleno) de toda Europa… Antes de la guerra, nadie visitaba Vilna
sin venir a probar kishke (tripa de vaca) rellena en lo de Welfke.
Señala varias manzanas a nuestro frente, cubiertas de césped.
-No había jardines en el gheto. Ningún
pedacito verde. Todo esto eran casas, Sinagogas, patios empedrados. Aquí,
estaba la Gran Sinagoga del siglo XVII, el ShulHoif (patio de la Sinagoga) y la
gran escuela judía de varones.
Siento un escalofrío por todo mi cuerpo.
-¿Aquí, la escuela judía de varones? ¿Esta
escuela ya funcionaba a principios de siglo XX?
-Claro.
-Entonces,¡a esta escuela vino mi padre!,le
digo emocionada.
-¿Tu padre era de Vilna?
-No. Nació en Polonia. Sólo asistió a la
escuela en Vilna, durante la Primera Guerra Mundial. Recién ahora sé dónde
estaba esa escuela.
Me da la impresión de flotar en el aire. ¡Apenas puedo creer que sin
buscarlo, he encontrado el lugar donde estaba la escuela a la que mi padre
llegaba en tranvía de caballos! Miro
alrededor, buscando las veredas por las que caminaba mi padre. Pero lo que se
ve junto a estos cuadrados de césped, son algunos edificios de bloques
modernos, del estilo soviético.
– Todo esto era el barrio judío del centro de
Vilna, dice Rojl. Las recuerdo con las veredas llenas de puestos de venta y de
vendedores gritando en Idish… Después
de la guerra, los soviéticos tiraron abajo muchos edificios dañados y
construyeron bloques de vivienda con parque entre medio, como aquí. En otras
calles, algunos edificios más sanos, los arreglaron.
Rojl sigue caminando rápido.
– Esta es la calle Zhydu (Judía). Aquí, a
mitad de esta cuadra, vivía el Gaón de Vilna en el siglo XVIII. ¡El Gaón de
Vilna! La mayor gloria de la historia de
nuestra ciudad. Admirado por religiosos y no religiosos. El se opuso
rotundamente a los judíos jasidim, (piadosos). El inició el movimiento de los
misnagdim, (judíos ortodoxos opositores del jasidismo) y los judíos de Lituania
lo siguieron. Matemático, científico, humanista y por sobre todo el mayor
conocedor de la Ley Hebrea de su tiempo. Por ser quien era, desparramó las
ciencias dentro de la comunidad judía y originó un movimiento de extensión de
los estudios a todo nivel. Vilna se convirtió en la ciudad con más estudiosos
judíos de Europa, en Hebreo y en Idish, religiosos y seculares. Desde ese
entonces le dieron a Vilna el nombre de “Jerusalem de Lituania”. Pero esos días
de gloria murieron con la Shoá. Hace unos años, los soviéticos hicieron poner
este cartel que dice que el Gaón de Vilna vivía en esta casa de la esquina. No
es cierto. Tenemos fotos de archivo, la casa donde vivía el Gaón estaba a mitad
de cuadra, donde ahora hay simple pasto. Pero los soviéticos re escribieron la
historia a su gusto, como también decidieron re escribir el idioma Idish, sin
ninguna palabra de loshnkodesh (palabras escritas en hebreo que están
integradas al idioma Idish). La Lituania independiente arregló algunas calles
del barrio judío y ha cambiado las políticas oficiales antijudías por leyes de
tolerancia a todas las minorías… pero la gente no cambia de forma de pensar
porque salgan nuevas leyes.
Su respiración se torna entrecortada. Camina rápido, entra a la calle Zematijos,
hasta llegar a un edificio de dos plantas, vacío, casi un esqueleto.
-Aquí mismo, estaba la Biblioteca
Strashunas. Antes esta calle llevaba el
nombre de la biblioteca.
Señala
las puertas y las ventanas.
-¡Esto estaba tan lleno de libros y de
lectores! La calle Strashunas No.6. era el centro de los partisanos.
(guerrilleros) Aquí veníamos todos a leer, antes de la guerra y durante la
guerra. Los nazis confiscaron y se llevaron algunos libros, los que ellos
consideraban “antigüedades valiosas“. Los demás libros los dejaron, con un
sello que decía “autorizado“. Nos dejaban leer, porque ya tenían pensado que
nos quedaban pocos días de vida. Lo que ellos no sabían eran que aquí, en el
sótano, detrás de los libros, nos encontrábamos, en grupos muy pequeños, para
comunicarnos los planes de lucha y huida del gheto y las noticias que nos traía
la papirbrigade (la brigada de papel). Esos judíos eran obligados a trabajar
para los nazis en el IWO, el archivo de libros en Idish, que estaba fuera del
gheto. También, en este sótano se armaron algunas veces, los poquísimos
revólveres que se consiguieron comprar del lado ario y se trajeron al gheto
desarmados, dentro de la ropa de alguno de los obreros.
Rojl se ha quedado extenuada al sacar a luz
sus memorias del gheto. Suspira hondo y se detiene. Su vista se posa en un
árbol en el patio del ruinoso edificio de la Biblioteca Strashunas, y nos
repite:
-No había árboles en el gheto. Ningún pedacito verde.
Esther Mostovich de Cukierman