Hace 70 años, el uruguayo Francisco Balkanyi
(86) sobrevivía al horror de Auschwitz; robó cáscaras de papa para comer y
debió taparse con cadáveres para no morir congelado. No hay día en que Isaac
Borojovich (87) no rememore, en su casa de Pocitos, el horror sufrido y el
recuerdo de ver a su hermana menor, Itele, de solo seis años, arrancada de los
brazos de su madre por las tropas nazis. Para BasiaTaube (89), el poder
conservar algo de su cabellera rubia en el campo de concentración, fue el único
vestigio que quedaba de su vida anterior en Lodz, Polonia, de que era un ser
humano, de su dignidad.
Hace 70 años, con la capitulación de la
Alemania nazi, culminaba la Segunda Guerra Mundial en Europa. Entre abril y
mayo fueron liberados la mayoría de los campos de concentración y exterminio
del régimen. La mayor masacre de la historia —que incluyó la muerte de seis
millones de judíos; el Holocausto— salía a la luz. Pero no fueron monstruos
sino hombres los responsables de ese horror. Y hubo otros hombres y mujeres,
los sobrevivientes, quienes se convirtieron en portavoces de una historia para
no olvidar.
«En ocho meses pasé de pesar 80 kilos a
42. Era piel y hueso. Si mi liberación hubiese sido 15 días después no
sobrevivía», cuenta Francisco Balkanyi desde San Pablo, Brasil, donde
vive. El 2 de mayo de 1944, había llegado a Auschwitz, el mayor campo de
concentración de los nazis, junto a sus padres en un tren que transportó
prisioneros preseleccionados para trabajo forzado. Su complexión física le permitió
esquivar la suerte de sus abuelos maternos, derivados de inmediato al
crematorio. «Enseguida que llegué me grabaron en uno de mis brazos el
número 186650, que hasta el día de hoy llevo con orgullo. Desde ese momento
pasó a ser mi nombre, mi identidad».
La voz de Balkanyi es una mezcla de acentos.
Es el único caso conocido de un nacido en Uruguay que sobrevivió a Auschwitz.
Nació en Montevideo el 3 de octubre de 1928. Fue el único hijo de Luis Balkanyi
y Eta Rosenberg, inmigrantes húngaros judíos que decidieron volver a Europa, a
Yugoslavia, temerosos de que la crisis mundial de 1929 también azotara esas
costas, cuando el pequeño aún no tenía dos años. La familia se instaló en
Cakovec, hoy Croacia. Pronto sus padres pudieron dedicarse a los negocios familiares:
librería y gráficos. Pero los vientos que comenzaron a soplar en Europa se
tornaron amenazadores. El fascismo se propagó a un ritmo feroz y se pensó en
volver al Río de la Plata. Ante la inminente invasión alemana a Europa Central,
los padres de Francisco intentaron sin éxito, revalidar la ciudadanía uruguaya.
Aquí, la dictadura de Gabriel Terra puso todos los obstáculos diplomáticos a
esas intenciones.
En 1940, Hungría se unió a las potencias del
Eje. En menos de un año invadió el Norte de Yugoslavia con respaldo germano.
«Los alemanes encomendaron a los fascistas húngaros tomar diez judíos de
rehenes. Nos encerraron en la sinagoga de Cakovec y nos obligaron a hacer una
lista con los nombres de todos los judíos de la ciudad». Los nazis comenzaron
a apoderarse de sus bienes familiares y de su dignidad. En 1944, con Hungría ya
ocupada por Alemania, la persecución se agudizó. Francisco tuvo el triste honor
de ser parte del primer tren con destino Auschwitz desde ese país.
El joven debió trabajar en la construcción de
una fábrica de productos químicos, cargando pesos de 50 kilos. Pronto se
debilitó y vivir dejó paso a sobrevivir. «En la noche esquivaba al guardia
e iba a la cocina para robar cáscaras de las papas que los nazis tiraban a la
basura. Mi madre lavaba los platos con un agua que tenía más verduras que la
sopa que nos daban». Perder peso le salvó la vida ya que fue enviado a
trabajar en un plantío de cebollas. «Los dos meses que trabajé ahí me
permitieron sobrevivir. Plantaba una y me comía otra. Nos vigilaba un
prisionero que gozaba de algunos privilegios y que no le interesaba
apuntarnos».
El avance soviético empujó a los alemanes a
retirarse de Polonia y a evacuar los campos de concentración y exterminio. Eran
las llamadas marchas de la muerte. «El 28 de enero de 1945 los
sobrevivientes partimos junto a un grupo de nazis en la época más fría del
invierno. Caminamos 24 horas de Auschwitz a Katowice. Ahí nos metieron en
vagones abiertos. Viajamos una semana como ganado. Me tuve que tapar con cadáveres
congelados para no morirme de frío. De 200 judíos que habremos entrado, solo
unos 20 llegamos vivos a Alemania».
Llegó al campo de Buchenwald con los nazis
casi en desbandada. La liberación ocurrió el 11 de abril de 1945 cuando el
ejército de Estados Unidos ocupó el sitio. En mayo, Francisco se reencontró con
sus padres en Cakovec; fue una de las pocas familias que sobrevivió entera a
Auschwitz.
Esta vez, las autoridades uruguayas no
pusieron ningún problema. Un tío de Francisco que vivía en Artigas realizó el
trámite. Volvió a Montevideo en 1948 y tres años después conocería a Rita
Murnik, futura esposa y madre de sus tres hijos, todos uruguayos. Tuvo dos
fábricas de ropa y se dedicó al cuero. Pero en los 60, cuando amenazaban
vientos totalitarios en el país, se mudó a San Pablo. «La dictadura
militar es, ideológica y filosóficamente, muy similar al fascismo. No quería
pasar otra vez por campos de concentración ni por todo lo que pasé durante la
Segunda Guerra Mundial». Y así lo hizo.
Narrar.
Los recuerdos de Isaac Borojovich son muchos,
desordenados y cargados de angustia y orgullo; guetos, campos de concentración,
bosques helados, barracones hediondos, hambre y dolor. «Hasta hoy tengo
pesadillas. Mi esposa dice que me muevo y grito. Y debe deser cierto». Le
gusta contar sus peripecias y lo hace cada vez que puede. «En Uruguay la
historia del Holocausto se empezó a conocer a partir del caso de Ana Vinocur
(también sobreviviente, fallecida en 2006). Antes se sabía muy poco, nadie
preguntaba nada. Por eso prefiero ir adonde hay jóvenes y niños».
Isaac acaba de regresar de un viaje a
Bergen-Belsen, el tercero desde el fin de la guerra. En ese campo, hace 70
años, el 15 de abril de 1945, vivió la liberación del régimen nazi. Esta vez
también hizo de protagonista para Menazka («La cacerola»), dirigida
por el catalán David Serrano Blanquer, autor del libro Isaac Borojovich y la
memoria uruguaya de la Shoá (Trilce, 2013).
«Soy más fuerte que cualquiera de los que
no han sufrido, que se ahogan en un vaso de agua», dice sobre las huellas
en su alma. «Cualquier persona en mi situación sabe diferenciar qué
importa y qué no. Me adapto a todo. Eso sí, soy gritón, demasiado, pero al rato
se me pasa. Exploto. Quizá porque dentro mío siempre hay recuerdos».
Isaac nació el 15 de agosto de 1927 en Svir,
Polonia. Su padre, Israel Zlotejablko, era un comerciante que trabajaba la
fruta y el cuero. «Cuando vino la guerra mi padre bajó muchísimo su
fuerza. Yo tuve que encargarme de traer la comida a casa. Y para eso me tenía
que escapar. Me escapaba 20 veces igual». De las 30 personas de su familia
sólo sobrevivieron a la guerra él y su madre, SprintzeBuskaniec. Siempre fue
consciente de lo que vivía: solo pensaba en sobrevivir y en aportar a los
suyos. «Cuando mi pueblo se transformó en un gueto conseguí trabajo en una
cantina de alemanes. Yo cortaba leña y traía las sobras a casa».
Entre 1942 y 1944 Isaac pasó por dos guetos
—Michaliszki y Vilna— y seis campos de concentración: Viivikonna, Vaivara,
Ereda, Stutthof, Dormettingen y, finalmente, Bergen-Belsen. Él siempre tuvo
claro que para sobrevivir había que conjugar fortaleza y astucia. En los guetos
se volvió experto en lustrar botas militares de los alemanes usando cepillo y
franela, sin pomada. «En una oportunidad, en Vaivara (Estonia), salvé mi
vida escondiéndome en un pozo negro. Una noche nos hicieron formar en una de
las plazas. Me imaginé que nada bueno podía pasar. Le dije a mi padre: Me
quiero escapar. Y él me respondió que me iban a matar. Mi mamá, que me apoyaba
siempre, me dijo: ‘Hacé lo que te diga tu corazón’. Me escapé y me metí hasta
un pozo negro que había cerca. Estuve cuatro o cinco horas sumergido hasta los
ojos pero con los brazos hacia arriba, para no hundirme. Cuando sentí que ya no
había barullo, salí. Y vi que a todos los niños de mi edad se los habían
llevado». Sufrió fiebre tifoidea, pero siguió vivo.
Isaac apeló a todos sus recursos para
sobrevivir al invierno sin comida ni abrigo. «Una noche, en Ereda, debí
dormir a la intemperie con 23 o 24 grados bajo cero. ¿Cómo no me congelé? De
niño tenía un librito que decía que los esquimales para protegerse del frío
hacen un pozo en la nieve y se tapan con ella. Lo hice y fui de los pocos que
no se congelaron». Aquí vio a su hermana por última vez, partiendo en un
camión hacia —lo supo luego— Auschwitz. En Bergen-Belsen, un recluso veterano
le advirtió que allí nadie sobrevivía más de dos o tres semanas. Isaac superó
los cuatro meses. «Allá nos acostábamos en el piso 20 o 30 personas y la
mitad no se levantaba. No mataban a nadie, pero al parecer nos envenenaban la
comida con vidrio molido. Cuando entraron las fuerzas inglesas había 15 mil
cadáveres tirados por todos lados».
Seis días antes de la liberación vieron que
estaban arribando mujeres a ese campo. «Me acerco hasta los alambrados y
ahí aparece mi madre. Hacía más de un año que no nos veíamos. Ella no me
reconoció, estaba muy flaco, pero yo sí a ella. Y cuando nos liberaron yo
buscaba ropa, comida y a mi mamá. A los tres días no pude más: me quedé tirado
en una de las calles del campo. Pero ella me encontró. Yo le dije: Menos mal
que te encontré antes de morir, te quería ver. Un médico que me revisó dijo que
clínicamente tenía que estar muerto. Tenía disentería pero también mucha
voluntad, por eso sobreviví».
Isaac quería ir a Israel, pero su madre
prefirió Uruguay donde ella tenía dos hermanos. Previa estadía en París, llegó
a Montevideo en setiembre de 1946. Aquí lo recibió su tío Mauricio, quien le
consiguió su primer trabajo: vendedor puerta a puerta. «No sabía nada del
país, pero era un paraíso. Cuando yo golpeaba, la gente me llamaba el
francesito y me decía: Mirá, no necesito nada, pero para ayudarte te compro
igual. Así vendí de todo». En 1952, su madre se volvió a casar con un letón
inmigrante llamado Aron Borojovich, de quien Isaac tomó el apellido por
agradecimiento. Él, a su vez, conoció a su actual esposa, Raquel Hecht, en
1960. Tienen cuatro hijos y van por los cinco nietos. Junto a su cuñado Jacobo,
en 1966 abrió un negocio de electrodomésticos; hoy está jubilado.
«Estoy agradecido a Uruguay por todo lo
que me dio. Aunque a veces siento bronca de que mucha gente no nos comprende.
La mayoría cree muy poco de lo que pasó en el Holocausto. Yo mismo no puedo
creer todo lo que he aguantado, entonces, ¿qué puedo pretender de alguien que
ni me conoce? Es muy difícil. Por eso hay que demostrarlo, ¿y quién lo hace?
Yo, un sobreviviente cuando habla y cuenta la historia».
Una persona.
El día en que los alemanes invadieron Polonia,
el 1° de setiembre de 1939, BasiaTaube volvía de veranear junto a sus padres y
su hermana. Comenzaban las clases y la Segunda Guerra Mundial. A los 13 años
ella —una bella adolescente de cabellera rubia hasta la cadera y ojos celestes
que aún hoy llaman la atención de cualquiera— se transformó en ciudadana de
última categoría.
Lodz fue tomada por los nazis el 8 de
setiembre. El gueto local se instaló en febrero de 1940. Un día, al volver de
estudiar, notó que unos militares con el símbolo de la SS allanaban su casa.
Por suerte sus padres habían huido a tiempo a lo de unos tíos. Sin previo aviso
se vieron obligados a vivir con otras dos familias: dos piezas para 14
personas. «Estábamos todos hacinados durmiendo en la misma cama,
alternando pies y cabeza para entrar mejor. Como sardinas». No había baño:
«Teníamos que bajar tres pisos porque en el patio había como una casita
con un pozo negro. Miraba el agujero y veía miles de bichos y larvas. Una cosa horrible».
Decir gueto, para Basia, es decir hambre y
frío. «Cuando digo frío, te hablo de 15 grados bajo cero». Había
raciones de comida. Su madre era disciplinada y dividía la comida por día y por
persona. Un tío suyo fue el primero en morir. También fue el primer cadáver que
vio. «Me acuerdo que me negaba a entrar a casa hasta que sacaran el
cuerpo». Al rato, aquello se volvió algo normal: un primo, una prima, otro
tío… De los más de 200.000 judíos que habían entrado al gueto, en agosto de
1944 no llegaban a diez mil. Ella, su hermana y sus dos padres seguían con
vida. Pero cuando nada parecía ser peor, fueron enviados a Auschwitz.
Como no tenían noticias del exterior, no
sabían lo que era un campo de concentración. Pronto se dieron cuenta de que
eran fábricas de muerte. En la primera selección, que separaba a hombres y
mujeres, vio a su padre por última vez. Ya el primer día advirtió que sería
imposible salir de ahí. «Acá se sale solamente por el humo de las
chimeneas», le dirían luego.
Las mujeres eran desnudadas, desinfectadas,
revisadas sus partes íntimas por si escondían algo de valor, despojadas de
dientes de oro y finalmente rapadas a máquina. Por alguna vuelta del destino
que aún hoy no lograr entender, un soldado ordenó que le recortaran a tijera su
pelo rubio. Igual suerte corrieron su hermana y su madre. «No te puedes
imaginar lo que significaba aquello. Entre las 2.000 que llegamos ese día,
éramos las únicas tres con pelo. No sé por qué pasó. Quizá le habré recordado a
una hija o a su novia. La cuestión es que a partir de entonces era lo más
parecido a una persona entre las prisioneras».
El periplo de Basia siguió en Birkenau, donde
vio por última vez a su madre, y luego Bergen-Belsen, adonde fue llevada en
tren de carga, en un pesadillesco viaje de siete días. Sin comida, agua, ni
saber su destino, 50 mujeres se turnaban para respirar. Solo había un balde
para sus necesidades. Para soportar el hedor, todas se abalanzaban contra las
paredes, en busca del aire que se colaba en pequeñas ranuras. Cada tanto, el
tren paraba y los soldados mandaban vaciar el balde. «Después nos daban,
en ese mismo balde, un poco de agua para tomar. Y nosotras estábamos tan
desesperadas que nos tirábamos encima del balde. Los nazis miraban y reían. Al
final, agarraban el balde y nos tiraban encima lo que quedaba. Nos quedaba
lamernos el cuerpo para tomar un poco más».
A fines de 1944, Basia fue trasladada al campo
de concentración de Magdeburgo. Su hermana fue devuelta a Bergen-Belsen, donde
murió de tifus. Ella se quedaba sola mientras los Aliados avanzaban. Una noche,
mientras la ciudad cercana era bombardeada, los nazis se encargaron de vaciar
el lugar y sacar a las prisioneras. «Salimos a las seis de la mañana y
caminamos como hasta las 12, por lo menos, por una carretera angosta. Al llegar
a una especie de bosque, nos tiramos a dormir pero enseguida despertamos con el
ruido de las bombas. Nos levantamos y empezamos a correr». Eran los
últimos días de la guerra y los soviéticos llegaban por el Este. Se escondió en
una cueva y en la casa de un doctor belga judío, donde volvió a sentir el sabor
de una comida y el calor de un hogar.
La vuelta a la normalidad no fue fácil. En
Lodz buscó familiares, pero encontró salvajismo en los soldados soviéticos y
violencia en sus compatriotas. No aguantó más y decidió venir a Uruguay, donde
tenía a un tío. Cuando arribó su barco, el 3 de marzo de 1947, fecha que
considera su segundo nacimiento, ya tenía marido, un hijo de cuatro meses y el
deseo de comenzar una nueva vida. No volvió más a Polonia; sí lo hizo una nieta
suya, quien pisó Auschwitz y leyó una carta que su abuela escribió
especialmente para la ocasión.
«Cuando miro para atrás no puedo creer
que de eso haya sobrevivido. Pero lo hice. Por sobre todo, me obligó a crecer
de golpe. Ya a los 13 años tuve que ser lo suficientemente madura. A veces
también pienso en todas esas cosas raras que me pasaron, que no sé cómo
explicarlas. Dentro de la desgracia, algo de suerte tuve. Otros sufrieron mucho
más que yo. Si fuera creyente te diría que me salvó Dios. Como no soy, solo
puedo decir: no sé».
HABÍA LUGAR PARA LA AMISTAD EN LOS CAMPOS DE
LA MUERTE
Ya siendo empresario, por muchos años
Francisco Balkanyi no quiso saber nada con Alemania, por su pasado nazi.
«En los primeros años después de la guerra no quería saber nada con ese
país. No le quería comprar nada. Luego se me pasó y fui a las ferias textiles
de Frankfurt. Hoy Alemania es uno de los países que más persigue el
antisemitismo y el racismo».
Aún en un infierno como Bergen-Belsen podía
ocurrir el milagro de la amistad. Lo sabe bien Isaac Borojovich. «De mi
edad había pocos niños, entonces nos juntábamos cuatro o cinco y de noche nos
atábamos con una cadena. Cuando tocaban a uno nos despertábamos todos. Era
común que las personas se robaran comida. Ahí conocí a Aron Balbayski, que
también sobrevivió y vive en Buenos Aires. Él estuvo conmigo todo ese tiempo,
éramos carne y uña. Hasta hoy nos vemos».
En Auschwitz, BasiaTaube tenía la tarea de
servir la sopa. Y eso valía oro. «No te podés imaginar el privilegio que
significaba. La sopa era pura agua, salvo algún pedazo de papa que flotaba.
Entonces yo aprovechaba y, cuando pasaba mi madre o mi hermana, buceaba con el
cucharón y les daba lo mejor que encontraba. Cuando terminábamos de servir nos
quedábamos a limpiar. Entonces podíamos rescatar lo que quedaba en el fondo del
bidón, que era un poco más de lo que se servía. Eso me permitía comer algo más
sustancial y, a la larga, terminó haciendo la diferencia».
Sobrevivientes al horror
08/Jun/2015
El País, Domingo, DANIELA BLUTH/ DAVID PÉREZ/ MARTÍN TOCAR