¿El pueblo elegido?

27/May/2015

El Mundo, España, Por Fernando Palmiero

¿El pueblo elegido?

Tiene Kertész escrito en su ‘Diario de la
galera’ que, más allá de Auschwitz, nunca perdonará a los nazis que le hayan
obligado a cargar con una identidad de la que no ha podido desprenderse nunca.
A pesar de todo el tiempo transcurrido, sabe muy bien el premio Nobel húngaro
que toda identidad es un «legado de odio» y la más amenazadora «metáfora del
exterminio», como dijo el filósofo. Y la suya, la judía, la que le impusieron
desde su detención en el verano del 44, significaba una condena a muerte que le
acompañaría ya de por vida. Que le acompaña aún a sus 86 años.
Porque es la judía una identidad intemporal
configurada a lo largo de los siglos como identidad basura o identidad residuo
por la mirada de los otros, a los que ha servido históricamente como excusa
para desplegar sus pulsiones asesinas. La Solución Final, explica Raul Hilberg a
Claude Lanzmann en ‘Shoah’, no fue sino la culminación del ininterrumpido
proceso histórico de judeofobia que comenzó con la obligatoriedad de la
conversión a partir del siglo IV, continuó con la expulsión de los reinos
cristianos entre los siglos XIV y XVI y culminó con su exterminio en el XX.
Después de Auschwitz, quizá por la vergüenza que produjeron, incluso a los
judeófobos, la complicidad y el silencio, Israel desplazó al judío como
condensación de la ‘endiablada maldad’ que está en el origen de todas las
desgracias del mundo. Y ahí estamos ahora.
Pero hay mucho más que eso. O al menos así lo
cree Simon Schama. Más allá de los mitos del desgarro, el éxodo y la tragedia
tan presentes en las manifestaciones culturales y religiosas del judaísmo, el
historiador británico pretende demostrar que la de los judíos es una historia
transversal a cualquier otra que se pretenda universal: «Yo creía que
escribiendo una historia posmedieval destinada a un público general»,
explica en el prólogo de una obra llamada a convertirse en una referencia de la
historiografía hebrea, «una historia que diera todo el peso debido a la
experiencia compartida, y que no fuera invariablemente un relato de
persecuciones y matanzas, podría actuar como interlocutor, persuadiendo a los
lectores (y a los artífices de los programas de Historia) de que no había
historia, independientemente de dónde y cuándo fijara su principal foco de
estudio, que estuviera completa sin el capítulo correspondiente a los judíos, y
de que éste era mucho más que pogromos y doctrinas rabínicas».
Conocido en España por ser el autor de ‘Los
ojos de Rembrandt’, una heterodoxa narración a medio camino entre la biografía,
la historia social, la política y la ficción, ambientada en la Holanda del
siglo XVII (una de sus múltiples especialidades), Schama, además de un riguroso
y erudito catedrático de Historia e Historia del Arte en Columbia (antes lo
había sido en Oxford y Cambridge) es, ante todo, un «narrador de
raza» (ha publicado 14 libros) y «uno de los más exactos ejemplos del
ensayo que deriva a periodismo», en palabras de Félix de Azúa. Sus amplias
y variadas inquietudes le han llevado a escribir sobre la Revolución Francesa o
la Guerra de Independencia Americana, a describir el ‘Auge y caída del Imperio
Británico’ o a valorar el papel determinante de la familia Rothschild en el
desarrollo del movimiento sionista y en la creación del Estado de Israel.
Colaborador de ‘The New Yorker’, ‘TheGuardian’ y ‘Vogue’ es, además, uno de los
más exitosos ejemplos de lo que se ha venido en llamar ‘tellydons’, o
teleacadémicos, un fenómeno mediático muy anglosajón que Schama explota con muy
buenos resultados en sus series en la BBC. Para la cadena pública británica ha
producido, escrito los guiones y presentado, entre otras, una ‘Historia de Gran
Bretaña’ en 15 capítulos; ‘El poder del Arte’, compuesto por ocho monografías de
pintores, de Caravaggio a Rothko, pasando por Bernini y Turner; y,
recientemente, cinco capítulos inspirados en este primer volumen de ‘La
Historia de los judíos’ (editorial Debate), que se detiene con el decreto de
expulsión de España en 1492 y tendrá continuidad en una segunda parte aún
inédita.
De origen judío, Schama explica que, espoleado
por la pasión con la que su padre relacionaba las historias del ‘Antiguo
Testamento’ y las obras de Shakespeare, Eliot o Dickens con la Historia de
Inglaterra, desde hace 40 años tenía la tentación de continuar el relato que el
prestigioso académico británico Cecil Roth (editor de la ‘Enciclopedia
Judaica’) había dejado incompleto. Abrumado por la responsabilidad, lo había
olvidado hasta que le llegó la proposición de la BBC. «Esta vez, iba a
tener tras de sí el persuasivo poder de la televisión», explica, «y a
través de ambos medios -la escritura y el cine- orgánicamente interconectados,
pero no idénticos, esperaba construir con exactitud el puente entre el público judío
y el no judío que parecía habérseme escapado de las manos antes». Ambos,
libro y serie, «están llenos de esas pequeñas revelaciones cuya suma da
toda una cultura». De ahí que dedique una especial importancia a ese
momento en el que el judaísmo convivía sin apenas conflicto con el paganismo y
el cristianismo primitivo. El descubrimiento en los años 30 de las pinturas
murales del siglo III en la sinagoga de Dura-Europos (Siria), además de echar
por tierra la idea preconcebida de que la ‘Torá’ prohíbe terminantemente la
pintura, es un reflejo de que incluso en los difíciles años del éxodo, la
comunidad judía protagonizó, al menos, el mismo desarrollo cultural que los
otros credos: «Hubo una época -no más de un siglo-, tras la aniquilación
cultural de Judea por Adriano, en el que no se construyeron nuevas sinagogas.
Sin embargo, eso no bastó para hacer de ese periodo una época oscura del
judaísmo. Muchos judíos modernos, si no la mayoría de ellos, crecen con la idea
trágicamente predeterminada acerca de los dos siglos que siguieron a la
destrucción del Templo: una zona cero judía, la inmensa mayoría del pueblo
deportado y esclavizado (…) y los judíos de la Diáspora reuniéndose en celdas
austeras para orar y estudiar lo que les habían dejado». Y aunque es verdad,
continúa Schama, que la sinagoga porticada de Sardes (en la actual Turquía),
decorada con magníficos mosaicos, nos da el reflejo de que en el siglo IV ese
esplendor aún no se había apagado, «el edificio del judaísmo más grandioso
y duradero creado en esta época se construyó con palabras, no con piedra».
La ‘Misná’ vino antes que los mosaicos: «Los sabios de esta época
aprovecharon la oportunidad que les brindó la eliminación perpetua de la élite
del Templo, para redefinir el judaísmo y para nombrarse a sí mismos sus
codificadores y jueces».
En la época comprendida entre la destrucción
del Segundo Templo (año 70) y la adopción del cristianismo como religión
oficial de la Roma del siglo IV, tanto «judaísmo como cristianismo fueron
creados y recreados», explica. «Durante algún tiempo -quizá tres
siglos-, y pese a que sus respectivas tradiciones parecían exigirlo, no fueron
excluyentes mutuamente, no hasta el punto de precisar la aniquilación del
otro». Pero la pulsión de muerte que anida en todas las identidades no
tardó en aparecer. Primero en forma de rechazo y acusación de deicidio, como
ocurriría desde que a partir del siglo IV el cristianismo se convirtiese en
ideología de Estado y la judeofobia en su principal argamasa intelectual, fruto
de la cual son las 8 homilías ‘Contra los judíos’ de Juan Crisóstomo en
Antioquía, en las que los identificaba con el diablo y advertía de que en las
sinagogas «se alza también el altar invisible del engaño». Por
primera vez, «se habla de una verdadera patología social de los judíos
(…) La cadencia temporal de los ataques juedeófobos ha sido siempre la misma:
una ciudad, un país o un Estado entran en crisis; los conflictos, las disputas,
la necesidad y el pánico ya han traspasado el umbral, y cosas aún más terribles
llaman a la puerta. Ya está; echadle la culpa al pueblo del diablo; que se la
carguen los judíos».
Siglos más tarde, la judeofobia vuelve a
conocer otro momento de beligerancia con las matanzas (especialmente la de
1391) que se suceden en toda Europa desde el final de la alta Edad Media, la
quema masiva de ejemplares de la ‘Torá’ y su prohibición, hasta la expulsión
definitiva de los reinos cristianos después de que el IV Concilio de Letrán, en
1215, configurase la ‘Universitaschristiana’ en torno a los nuevos Estados
europeos. Tras el fracaso de las órdenes de conversión, de reclusión en guetos
y de la obligatoriedad de ir señalados mediante distintivos; tras la
prohibición de los matrimonios mixtos y del desempeño de determinadas
profesiones; tras el terror de los asaltos a las juderías, de las matanzas y de
la creación de la Inquisición… Tras todos esos siglos en los que se configura
la identidad judía como identidad diabólica, se tomó la decisión de la
expulsión. Entre 1290, cuando Inglaterra toma la iniciativa, y 1492, con el
decreto de los Reyes Católicos, que convierte a España en el último país que
les obliga a iniciar el «destierro del destierro», Europa cree quedar
a salvo de la perniciosa influencia judía. Los siglos XIX y XX verán renacer de
nuevo el terror a lo judío. Muchos europeos, como aquel adolescente Kertész,
que se consideraban antes ciudadanos que miembros de cualquier grupo religioso
o cultural, fueron señalados de nuevo para, ahora sí, dejar Europa libre de
judíos (‘Judenfrei’). Pero eso ya forma parte del segundo volumen de la obra.