Buchenwald, un gris memorial, testigo del holocausto

13/Abr/2015

El Heraldo (Honduras), por Glenda Estrada

Buchenwald, un gris memorial, testigo del holocausto

A 70 años de su liberación, el campo de concentración, considerado el santuario más sagrado de Alemania Oriental, es hoy un museo donde se cuentan las dos versiones de la historia: la de los nazis y la de los soviéticos.
Miles de piedras de grava de diversos colores cubren la tierra oscura en la que cayeron miles a manos de la SS (como era conocida la organización militar, policial, política, penitenciaria y de seguridad de la Alemania nazi).En el campo de concentración, hoy Memorial Buchenwald, está escrita parte de esa estela de dolor y sangre de la República Democrática Alemana (RDA).
Ubicado sobre la colina de Ettersberg, a 10 kilómetros de la ciudad de Weimar, Buchenwald es uno de los mayores campos de concentración en territorio alemán que estuvo en funcionamiento desde 1937 hasta 1945 y en el que se estima estuvieron unas 250,000 personas de todo Europa y donde murieron 56,000 prisioneros, entre ellos 11,000 de origen judío.
Hoy, cuando la ciudad de Weimar rememore la liberación del campo, concebido en principio para albergar a presos políticos de toda Europa, con una misa en recuerdo de las víctimas en la Herderkirche y con un acto a nivel europeo en el que participarán sobrevivientes de los campos de concentración en el teatro nacional de Weimar, iniciamos un paseo por el memorial donde aún se respira el olor de la muerte.
RECORRIDO HISTÓRICO
Antes de iniciar ese recorrido por la historia del campo, hay que explicar que Buchenwald fue el santuario más sagrado de Alemania Oriental. Allí estuvieron encerrados en la época nazi muchos comunistas importantes, y allí fue asesinado en 1944 Ernst Thälmann, líder del KPD, el partido comunista alemán de la preguerra. Además, una supuesta sublevación justo antes de la liberación del campo, en abril de 1945, encabezada por los reclusos comunistas, había ingresado en el acervo de la RDA como uno de los más grandes acontecimientos de la historia. Según el mito, la resistencia organizada dentro del campo (que, de hecho, sí existió y logró hacerse con algunas armas), dirigida por comunistas, lo había liberado justo antes de la llegada de las tropas estadounidenses.
Aunque, después, los presos supervivientes habrían redactado el Juramento de Buchenwald, en el que se comprometían a continuar la lucha hasta destruir el nazismo y a “construir un mundo nuevo de paz y libertad”.
Para llegar se toma la línea 6 del tren en la estación Goethe-platz de Weimar.
Al llegar, a través de lo que queda de una ruta construida por los prisioneros, lo primero que aparece a la vista es la línea férrea construida en 1943 por los presos y un rótulo donde destaca un mapa del lugar. Más allá una imagen de 1943 de lo que era la entrada al campo de concentración, gris e inerte, parece dar en silencio la bienvenida a los visitantes.
Luego, en un recorrido hasta donde alcanza la vista está la estación ferroviaria, una serie de construcciones donde funcionaban las oficinas administrativas, entre ellos una estación gasolinera de la SS, vestigios de la comandancia (1938) y la calle denominada “camino del carajo” que da acceso directo de la estación a la puerta de entrada del campo.
Destinado en un inicio para prisioneros políticos, opositores al nazismo, judíos, testigos de Jehová, homosexuales o los denominados antisociales, los inquilinos del campo de concentración de Buchenwald, en un inicio llamado Ettersberg, por la colina donde se levanta, fueron explotados en trabajos para la industria bélica.
Aunque no fue creado como un campo de exterminio, ahí se realizaron asesinatos en masa a prisioneros de guerra, además de numerosos experimentos biológicos y químicos con los prisioneros, muchos de ellos sometidos al despotismo de la SS.
Ahí, justo en este punto, la señora Wachholz-Wolff, una guía de origen chileno narra historias espeluznantes sobre lo que le ocurrió a un grupo de prisioneros de guerra soviéticos, asesinados a sangre fría mientras pasaban uno a uno a una supuesta revisión médica.
Según un manual que el visitante recibe antes de iniciar el recorrido por el memorial, a través de la selección de prisioneros para ser transportados a los campos de exterminio, Buchenwald se integró al aparato de exterminación nacional-socialista.
En los primeros meses de 1945 el campo se convirtió en estación terminal para los prisioneros evacuados de Auschwitz y GroB-Rosen. Entre 1937 y 1945, 56,000 personas (hombres, mujeres y niños) murieron bajo el dominio nazi hasta su liberación por las tropas estadounidenses de la tercera compañía. Pero el campo siguió operando hasta 1950 bajo el dominio soviético que lo bautizó con el nombre de Campo Especial Número 2 del NKVD, que albergó unos 30,000 prisioneros nazis, de los cuales se estima que murieron unos 7,000 a consecuencia de a desnutrición y el abandono. Los cadáveres fueron sepultados en fosas comunes en la loma norte del campo.
EL MEMORIAL
El campo de concentración de Buchenwald fue entregado por los soviéticos a la RDA y demolido en 1950. Solo se respetaron el crematorio, la entrada y dos torres de vigilancia. Ocho años después se inauguró allí el Memorial Nacional de Buchenwald (Nationale Mahn- und Gedenkstätte Buchenwald).Aunque en un inicio, el museo fue en realidad un homenaje al realismo socialista, donde no se hacía casi mención de los distintos grupos que fueron perseguidos y encerrados allí por los nazis: judíos, gitanos, homosexuales, Testigos de Jehová, presos políticos de distintas ideologías (no solo comunistas), prisioneros de guerra, en 1990 se hicieron cambios para subsanar la parcialidad en la presentación de los hechos y se le cambió el nombre por el de Gedenkstätte Buchenwald (Memorial de Buchenwald) y se abrieron dos museos, uno dedicado al campo nazi y otro al soviético.
Y eso es lo que ve hoy el visitante. La primera impresión es la puerta de entrada que data de 1937, era la torre principal de vigilancia y al lado izquierdo estaba la prisión y a la derecha las oficinas de la SS.
Las celdas de la prisión son espeluznantes, húmedos y oscuros cuartos de 2×2 metros donde apenas podía estirarse el prisionero en una litera de madera. Y luego están los inodoros donde los presos hacían sus necesidades uno a la par del otro, un poco menos inhumano que la enorme letrina en la que lo hacían los prisioneros de las barracas, donde el olor era insoportable, pero eso sí, era el único sitio donde se podía hablar e intercambiar mercancías sin el temor de ser atrapados por los soldados de la SS. La letrina, construida en 1940, era un enorme agujero donde los prisioneros se sentaban en grupos.
Al salir de la torre, un aspecto que llama la atención es el alambrado y las torres de vigilancia, eran 22, solo se conservan dos.
Más allá en un campo lleno de grava una fotografía indica que ahí estaba lo que los nazis bautizaron como la Plaza de los llamados. En ese sitio los presos eran contados dos veces al día y era también el lugar de las ejecuciones y torturas.
Las labores iniciaban a las 4:00 AM, a esa hora comenzaba la primera cuenta, al volver luego de 10 a 12 horas de trabajo comenzaba el segundo conteo. En una ocasión un día de Navidad de 1938, cuenta la guía, en el segundo llamado faltaron prisioneros, la búsqueda duró 19 horas, durante las cuales todos los demás permanecieron de pie en el campo, 95 más murieron de cansancio, hambre, frío e inanición. Al fondo del campo estaban las barracas donde dormían los presos, su ubicación está señalizada por bloques de piedra con los correspondientes números de cada una.
Un poco más allá está la prisión del campo, un búnker construido en 1937 en cuyas celdas están las placas conmemorativas de los prisioneros asesinados ahí.
Pero, el lugar que sin duda oprime el corazón es el crematorio, donde se recuerda una y otra vez los fusilamientos por tiros en la nuca, el depósito de cadáveres y los hornos donde eran cremados de forma indigna hasta de tres en tres los prisioneros. Ahí se respira el dolor, era el último lugar de tortura que sufrían los presos más allá de la muerte.