Tomás de Torquemada, el sangriento Inquisidor General que tenía orígenes judíos

08/Abr/2015

Tomás de Torquemada, el sangriento Inquisidor General que tenía orígenes judíos

Sigue siendo el inquisidor más emblemático,
incluso a nivel internacional. El que representa el papel de villano en
cuadros, leyendas y películas sobre la brutal persecución de los judíos y
herejes. Tomás de Torquemada fue el primer Inquisidor General de Castilla y
Aragón, y el más tristemente celebrado. Se estima que bajo su mandato, el Santo
Oficio quemó a más de diez mil personas y un número superior a los veinte mil
fueron condenados a penas deshonrosas. Una cifra que, no obstante, muchos
historiadores modernos achacan a las exageraciones de la leyenda negra vertida
contra España.
Paradójicamente, aquella sangre que tanto se
aferró en derramar era la de sus antepasados. «Sus abuelos fueron del linaje de
los judíos convertidos a nuestra Santa Fe Católica», escribe el
cronistaHernando del Pulgar, sobre la familia de Torquemada en su libro «Claros
varones de Castilla». El hispanista Joseph Pérez, sin embargo, echa luz sobre esta
aparente contradicción: «El antijudaísmo militante de algunos conversos se
debía a su deseo de distinguirse de los falsos cristianos mediante la severa
denuncia de sus errores». Así lo demuestra que dos de los más fanáticos
colaboradores del Santo Oficio,Alonso de Espina y Alonso de Cartagena, también
tuvieran orígenes hebreos.
Torquemada procedía de una influyente familia
de judíos establecida en Castilla desde hace siglos que habían decidido
convertirse al Cristianismo dos generaciones atrás. La creciente presión social
sobre la comunidad hebrea en el siglo XV desembocó en la conversión al
Cristianismo de casi la mitad de los 400.000 judíos que habitaban en España.
Los hijos de muchos de ellos acabaron ingresando en el clero,como demostración
de compromiso con su nueva religión. Uno de ellos fue el tío del inquisidor,
Juan de Torquemada –cardenal, teólogo y prior de los dominicos de Valladolid,
donde probablemente nació Tomás–, que se encargó personalmente de la educación
de su sobrino.
Al no ser una figura destacada hasta su edad
adulta, la biografía temprana de Torquemada está plagada de huecos sin rellenar
todavía por los historiadores. Así poco se sabe de sus padres o del destino que
sufrieron sus abuelos, los conversos. De su infancia se sabe que creció en la
ciudad de Valladolid y, al igual que su tío Juan de Torquemada, se ordenó
fraile dominico en el Convento de San Pablo. Tras progresar en esta orden, fue
nombrado prior del convento de Santa Cruz de Segovia. Allí conocería a Isabel
«la Católica», que le designó como uno de los tres confesores personales de los
Reyes Católicos por «su prudencia, rectitud y santidad». Tradicionalmente, este
cargo servía a muchos eclesiásticos como puente hacia otras posiciones más
elevadas y para entablar contactos con los personajes más destacados de la
Corte. Por ello, pese a su vida austera y su perfil discreto, el dominico fue
elegido para reformar la institución de la Inquisición española, la cual desde
su fundación en 1478 no estaba cumpliendo los objetivos planteados por los
Reyes Católicos.
Torquemada, el primer inquisidor general
El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición
fue una institución fundada en 1478 por los Reyes Católicos para mantener la
ortodoxia católica en sus reinos. A diferencia de su versión medieval –la
primera creada en el siglo XII en el sur de Francia–, la institución que
pusieron en marcha los Reyes Católicos estaba bajo el control directo de la
Monarquía y tenía como prioridad lograr la unidad religiosa en un territorio
repleto de falsos conversos. A raíz de un informe realizado por el arzobispo de
Sevilla, el Cardenal Mendoza, y por el propio Tomás de Torquemada denunciando
las prácticas judaizantes que seguían realizando impunemente los conversos
andaluces, los Monarcas solicitaron al Papa Sixto IV permiso para constituir
este órgano en la Corona de Castilla.
Inicialmente, la actividad del Santo Oficio se
centró solo en la diócesis de Sevilla y Córdoba, donde se había detectado un
foco de conversos judaizantes. En 1481, se celebró el primer auto de fe,
precisamente en Sevilla, donde fueron quemados vivos seis detenidos acusados de
judeoconversos. Sin embargo, los escasos resultados no eran los deseados por
los Reyes Católicos, que, buscando incrementar el acoso contra los conversos,
nombraron a Tomás de Torquemada para el cargo de Inquisidor General de Castilla
en 1483. La elección respondía a dos razones obvias: era el confesor de Isabel
«la Católica», con la consiguiente influencia que ello conllevaba; y pertenecía
a la orden de los dominicos. Pues, los miembros de la orden de predicadores
–conocida también como orden dominicana– habían ejercido el papel de
inquisidores durante la Edad Media y se dice, incluso, que Dominicanus es un
compuesto de Dominus (Dios) y canis (perro), significando «los perros del
Señor», por su celo en la búsqueda de herejes.
La incansable actividad de Torquemada, «el
martillo de los herejes, la luz de España, el salvador de su país, el honor de
su orden» –en palabras del cronista Sebastián de Olmedo–, llevó a miles de
personas al fuego y extendió estos tribunales por toda la península. En 1492 ya
existían tribunales en ocho ciudades castellanas (Ávila, Córdoba, Jaén, Medina
del Campo, Segovia, Sigüenza, Toledo y Valladolid) y comenzaban a asentarse en
las poblaciones aragonesas. Establecer la nueva Inquisición en los territorios
de la Corona de Aragón, en efecto, resultó mucho más complicado. No fue hasta
el nombramiento de Torquemada en 1483 también Inquisidor de Aragón, Valencia y
Cataluña cuando la resistencia empezó a quebrarse. Además, el asesinato en 1485
del inquisidor zaragozano Pedro Arbués, hizo que la opinión pública diese un
vuelco en contra de los conversos y a favor de la institución.
Torquemada inauguró el mayor periodo de
persecución de judeoconversos, entre 1480 a 1530, que posteriormente fue
sustituido por el acoso a otros grupos considerados subversivos, como los
calvinistas o los protestantes. Del mandato de Torquemada se ha calculado que
fueron ejecutadas 10.000 personas, según el historiador eclesiástico Juan
Antonio Llorente, aunque el hispanista Henry Kamen rebaja la cifra a solo 2.000
personas hasta 1530. Pero, donde no caben dudas es en que de todos esos años
fue en 1492, la fecha de la expulsión de los judíos de España, cuando se alcanzó
las mayores cotas de violencia contra esta minoría religiosa. Por supuesto,
Torquemada, encargado de redactar parte del edicto de expulsión, jugó un papel
crucial en el proceso.
Detrás de la expulsión de los judíos
La decisión de los Reyes Católicos se
fundamentaba en la mala influencia que ejercían los judíos, que no eran
perseguidos por la Inquisición, en los conversos. Tras redactar las condiciones
– básicamente, elegir entre bautizo o expulsión–, Torquemada presentó el
proyecto a los Reyes el 20 de marzo de 1492, que lo firmaron y publicaron en
Granada el 31 de marzo. La influencia de la Inquisición, en concreto de
Torquemada, fue notable para que los Monarcas abordaran una medida tan radical,
para la que ni Isabel ni Fernando se mostraron especialmente predispuestos años
atrás.
También es célebre la abrupta respuesta del
Inquisidor General a los intentos de los judíos influyentes por rebajar la
medida. Entre el mito y la realidad, se cuenta que el empresario judío Isaac
Abravanel, que había servido en distintos cargos a los Reyes Católicos, ofreció
al Rey Fernando una suma de dinero considerable para retrasar la medida. Al
enterarse Tomás de Torquemada, se presentó ante el Rey y le arrojó a sus pies
un crucifijo diciéndole: «Judas vendió a Nuestro Señor por treinta monedas de
plata; Su Majestad está a punto de venderlo de nuevo por treinta mil».
En 1494, la salud de Torquemada empezó a
declinar y dos años después se retiró al convento de Santo Tomás de Ávila que
él mismo había fundado, desde donde siguió dictando las órdenes de la
institución religiosa. A su muerte, el 16 de septiembre de 1498, le sucedió en
el cargo de Inquisidor General fray Diego de Deza.
Su figura ha quedado asociada a la de un
fanático que disfrutaba torturando y quemando a la gente. No obstante,
Torquemada estaba considerado por sus contemporáneos como un eficiente
administrador, un trabajador pulcro y un hombre imposible de sobornar. Era la
virtud personificada para su época, aunque sus prácticas sean sumamente crueles
a los ojos actuales. La leyenda negra contra los españoles, además, aprovechó
para hinchar la cifra de fallecidos bajo su mandato hasta los 10.000. Hoy se ha
rebajado el número a los 2.000, pero sigue siendo imposible justificar los
métodos de interrogatorio y castigo a los falsos conversos que aplicó el
inquisidor general, quien consideraba a cualquier niño mayor de 12 años
susceptible de ser juzgado por la sangrienta institución que vertebró.