La teoría general de la relatividad, que
cumple 100 años, convirtió a su autor en un ícono indiscutido del
revolucionario siglo XX. La dimensión de la creatividad de Albert Einstein supo
encontrar no sólo la energía escondida en el interior del átomo y la trama
multidimensional del cosmos, sino el gran arco voltaico que unen la ciencia y
el arte. Einstein fue también un apasionado violinista que interpretaba a
Mozart para convocar las respuestas que su mente no hallaba por sí sola. A esto
se sumó un estilo excéntrico, solitario y enamoradizo, y un ser comprometido
con los problemas sociales y humanos. Tal vez esta fulminante combinatoria hizo
que su fama lo sobrepasara de tal manera que en cierta ocasión Charles Chaplin,
frente a las multitudes que los ovacionaban a ambos, le hizo la siguiente
broma: «A mí me aclaman porque todos me entienden y a usted, porque nadie
le entiende.». Era en 1931, durante el estreno del film City Lights (Luces
de la ciudad) en Los Ángeles. Habían pasado apenas 16 años desde la publicación
de su teoría sobre la estructura del espacio-tiempo; una nada, teniendo en
cuenta su complejidad. Pero hoy, con un siglo de vida, la teoría sigue siendo
un misterio para la mayoría de la gente, aunque sus consecuencias nos hayan
cambiado radicalmente la vida a todos.
Las primeras décadas del siglo XX fueron una
eclosión de ideas renovadoras. Los ecos de la filosofía nietzscheana y su
«muerte de Dios» se escucharían cada vez más en los ambientes filosóficos
y culturales. Las vanguardias artísticas, con Picasso a la cabeza, consumaban
el fin del realismo figurativo. Freud y Jung abrían las compuertas
inconscientes del psiquismo humano. Bertrand Russell descubría paradojas
lógicas que derrumbaban la ilusión de alcanzar la certeza con la pura razón.
Pero el verdadero golpe de gracia a las concepciones de la Modernidad vendría
de las ciencias físicas: Albert Einstein, con sus dos versiones de la teoría de
la relatividad (especial en 1905 y general en 1915) y más tarde, con uno de sus
vástagos más importantes, la física cuántica, terminó por subvertir los pilares
del universo newtoniano, trayendo una nueva visión sobre el espacio, el tiempo,
el movimiento, la causalidad, la estructura de la realidad y el lugar del ser
humano en el cosmos. El gran cambio de paradigma se constela en esos inicios de
siglo, y Einstein fue sin dudas uno de sus principales protagonistas.
Con 26 años apenas cumplidos, en marzo de
1905, considerado el annusmirabilis (año milagroso), Einstein publicó varios
artículos fundamentales. Sus colegas rápidamente reconocieron que con sus
audaces aportes ya abría horizontes inexplorados. En uno de ellos, proponía que
la luz no sólo se desplaza en forma de ondas, como se sostenía hasta entonces, sino
que también lo hace en el vacío y en forma de partículas: quantos de luz, más
tarde bautizadas fotones. Introducía así una nueva explicación para la
radiación lumínica y también borraba de un plumazo la existencia del éter -su
supuesto vehículo material-, abriendo la puerta a la exploración de la
naturaleza dual (onda-partícula) de la energía, luego continuada por la física
cuántica. Fue este artículo el que le valió, en 1921, el Premio Nobel de
Física.
Pero en rigor su gloria le correspondía
sobradamente por sus otros artículos, que son los que lo hicieron pasar a la
posteridad como el creador de la teoría de la relatividad. En su primera
versión de 1905 -la relatividad especial-, demuestra la interrelación entre el
espacio y el tiempo, hasta entonces concebidos como dimensiones absolutas e
independientes entre sí. Allí propone una cuarta dimensión conocida en adelante
como el «espacio-tiempo». Mientras la velocidad de la luz es
constante, el espacio-tiempo es dinámico y relativo, porque depende de la posición
y la velocidad del observador; algo que hoy nos sigue resultando extraño, aún
después de tantas películas que imaginaron las distorsiones que se generan al
desplazarse en el tiempo. Como si esto fuera poco, en otro de sus famosos
artículos demostraba que la relatividad implica la equivalencia entre masa y
energía, expresada en la famosa ecuación E=mc2. Dicho de otro modo, daba por
tierra con la visión materialista estrecha, al mostrar que el mundo está hecho
de energía y la materia es tan sólo una de sus manifestaciones más burdas.
Diez años más tarde, en 1915, Einstein logra
incorporar a su teoría general de la relatividad el efecto de la fuerza de la
gravedad, algo que ni el mismo Newton había logrado descifrar del todo. Aquel
gran reloj fríamente previsible se convertiría en un tejido elástico -el
espacio-tiempo-, susceptible de curvarse y deformarse por la presencia de
materia o energía, capaz de desviar la trayectoria de la luz.
En 1919, una observación astronómica lo
corroboraba, consagrando definitivamente no sólo a Einstein, sino a la
relatividad como una realidad cosmológica que cambiaría a partir de entonces
nuestra visión del mundo. Porque si bien el impacto de estas ideas en la
ciencia y en la tecnología fue enorme, sus implicancias filosóficas y
culturales fueron mucho más allá, generando una ampliación de la consciencia
colectiva.
Einstein abrió simultáneamente la exploración
de lo infinitamente grande (el cosmos, la velocidad de la luz y el origen del
universo) y de lo infinitamente pequeño (las partículas subatómicas y el
interior de la materia). Dos caminos sólo aparentemente divergentes que, con el
correr del tiempo, se reencontraron en un mismo y asombroso reconocimiento: lo
que conocemos es sólo una ínfima parte de lo que existe. Tanto el vacío del
universo como el vacío del átomo guardan secretos y fuerzas insospechadas, y
sus límites se extienden a medida que nuestra mirada se hace más penetrante.
Con su visión multidimensional, Einstein parece haber abierto la puerta del
inconsciente cósmico, casi en paralelo con el develamiento del inconsciente
psíquico. Quedó claro que la razón y la moral sólo se pasean por la superficie
del iceberg, mientras la realidad en toda su magnitud emerge desde las
profundidades de ese 95% de materia oscura y abismal convocada por nuestra
mirada.
Aunque Einstein nunca participó personalmente
en la investigación nuclear y se convirtió en un activista del pacifismo, sin
duda, destapó la caja de Pandora, al habilitar el conocimiento de un poder destructivo
nunca antes experimentado por la especie humana. Pero al mismo tiempo, permitió
tocar un punto límite. Como quien desciende al Hades y logra sobrevivir en el
intento, la humanidad tuvo acceso a la fuente profunda del poder sobre la vida
y la muerte, para descubrir que es allí donde también reside la libertad de
elegir, de hacernos cargo y ser responsables de su uso. El mito patriarcal que
nos indujo a matar para sobrevivir alcanzó así una suerte de culminación y se
abrió la posibilidad de explorar otro camino, el de morir para renacer y amar
para seguir viviendo.
Se inauguró así un tema existencial que aún,
emocionalmente, nos cuesta aceptar: que el misterio persiste incólume, más allá
de nuestros prometeicos esfuerzos por desentrañarlo, que es inútil resistirse a
la incertidumbre y la paradoja -tan constitutivas de la realidad como el aire
que respiramos- y que la única brújula que tenemos en nuestras manos es la
consciencia y el amor.
Tenía que ser un genio científico -porque ése
era el lenguaje que escucharía el siglo XX-, pero con altas dosis de místico,
de artista y de una cuerda locura. Que sus éxitos no lo llevaran a la soberbia
es también una lección perdurable.
La autora es antropóloga y epistemóloga.
Escribió Del reloj a la flor de loto. Crisis contemporánea y cambio de
paradigmas
Albert Einstein: El eterno joven que cambió al mundo
27/Mar/2015
La Nación, Por Ana María Llamazares