Armenios: Un siglo de resistencia

23/Mar/2015

El País, Por Leonel García

Armenios: Un siglo de resistencia

Liliam recuerda a sus abuelos paternos,
nacidos en Yozgat y llegados desde el Líbano. Ellos vistieron de luto hasta sus
últimos días, en memoria de sus seres queridos degollados o que no
sobrevivieron a la huida por el desierto Deir el Zor. Berch aún ve a su padre,
nacido Harutiún y rebautizado Antonio al tocar tierra en Montevideo, con 15
años, sin saber español, con el oficio de sastre adquirido en los barcos, una
esquirla de granada en el hombro y el recuerdo del hambre y las balas zumbando
cerca de su cabeza, cuando era niño e iba a los campos cercanos a buscar
comida. Roberto tiene presentes los relatos de su abuela materna Mariam; tanto,
que puede trazar un mapa de su escape del infierno turco y compartir su dolor
de haber presenciado, entre varias atrocidades, una matanza de mujeres
embarazadas. Hagop, un sirio que vivió en la Armenia soviética, hoy es
referente de los suyos en esta parte del mundo. Y aún tiene grabada a fuego la
imagen de su abuela llorando y golpeándose el pecho por sus tres hijos
asesinados cuando estalló el primer genocidio del siglo XX, repitiendo sus
nombres: Sarkis, Zahak y Haikuri.
Liliam Kechichián, ministra de Turismo;
BerchRupenián, empresario radial; Roberto Markarián, rector de la Universidad
de la República; y HagopKelendjian, arzobispo de la Iglesia Apostólica Ortodoxa
Armenia en el país; tan distintos ellos, tienen muchos puntos en común solo por
pertenecer a la colectividad armenia de Uruguay. Uno es el orgullo por ser
herederos de una nación de riquísima historia, identidad y acervo cultural.
Otro es la satisfacción de ser parte de un colectivo absolutamente integrado a
este país, al que reconocen no solo haberles abierto las puertas sino el haber
sido el primero del mundo en reconocer el genocidio del pueblo armenio a manos
del Imperio Otomano —a pesar de no usar ese término— en la ley 13.326 de 1965.
Y lo otro que los une es un dolor que el 24 de
abril estará cumpliendo un siglo, transmitido del llanto de sus ancestros,
alimentado por la rabia que provoca que Turquía —heredera del Imperio Otomano—,
y muchos otros países del mundo, aún no reconozcan la matanza de 1,5 millones
de armenios entre 1915 y 1923. Más aún, su lucha es contra lo que llaman el
negacionismo de ese país hacia el episodio que dio nacimiento a la palabra
genocidio.
«Lamentablemente, hemos llegado al
centenario del primer genocidio del siglo XX y aún Turquía continúa con su
campaña negacionista», subraya RubenAprahamián, empresario y cónsul
honorario de Armenia en Uruguay. Cada uno de los integrantes de la diáspora
—unos diez millones en todo el mundo— es producto de un montón de circunstancias,
algunas heroicas, otras fortuitas, siempre dolorosas.
«No hay ninguna familia armenia que no
haya sido tocada por la tragedia», afirma AshotMirkayan, un ingeniero
nacido en Armenia hace 40 años y que hoy tiene en el Centro un local de comida
típica. «Yo diría que el ián de nuestros apellidos quiere decir: acá
estamos a pesar de nuestros pesares», reflexiona la ministra Kechichián,
recordando las tertulias cargadas de nostalgia, tristeza y esperanza que su
padre, un zapatero de Malvín, sostenía con sus paisanos, en su negocio y en su
lengua natal.
La armenia es una colectividad caracterizada
por su pujanza, capacidad de adaptación y resiliencia, muy expresiva tanto en
sus manifestaciones de alegría como de dolor. Pero también por haber estado históricamente
dividida por motivos políticos, religiosos y hasta personales; división que con
el tiempo, el recambio generacional y la implosión de la Unión Soviética tiende
a morigerarse. En todo caso, ese capítulo negro es su mayor factor de
convergencia. Andrés Vartabedián, docente de Historia Armenia del Colegio
Nubarián, sostiene que más allá del pasado común, el acervo cultural, el idioma
y alfabeto que datan del año 404, de la religión cristiana que adoptaron en el
301 —fue la primera nación que adoptó el Cristianismo como religión oficial, en
medio de un vecindario pagano primero e islámico después—, sus danzas,
gastronomía y música, «el rasgo de identidad más fuerte que la
colectividad tiene hoy, su mayor factor de unión, está vinculado con el genocidio».
Historia.
Si bien los primeros armenios que llegaron a
Uruguay lo hicieron a fines del siglo XIX, la gran oleada ocurrió entre las
décadas de 1920 y 1930, y se instalaron en barrios como La Teja, Cerro y La
Comercial. No hay registros oficiales, pero el Consulado Armenio calcula que la
integran entre 12.000 y 15.000 personas. Federico Waneskahián, miembro de Causa
Armenia y vinculado al club Vramián, una de las instituciones más importantes
de la colectividad, dice que para 1985 «la mitad de los matrimonios en la
Iglesia Armenia eran mixtos: ya hacía mucho que había dejado de ser un
colectivo endogámico». Otro síntoma de integracion.
Provenientes de una cultura que siempre se
destacó en lo cultural, lo artístico y lo arquitectónico, pronto debió desarrollar
—como toda población inmigrante— grandes habilidades manuales para subsistir en
tierra ajena. «Nuestro mayor logro ha sido la gran integración a esta
sociedad. ¿Quién no conoce a un armenio en Montevideo? ¿Quién no tuvo un
compañero armenio en la escuela, liceo o trabajo? Y ha habido destacados
integrantes de la colectividad en todos los rubros: profesional, empresarial,
académico, artístico; no tanto en la política, donde no nos hemos vinculado
demasiado», señala Gustavo Zulamián, presidente del Consejo Educacional
del Nubarián, dirigente de la Unión General Armenia de Beneficencia (UGAB) y
exeditor de la revista Hay Endanik (Familia Armenia). La excepción en este
caso, agrega, es LiliamKechichián.
«Si hay una cosa que los armenios tenemos
que agradecer fue el recibimiento y la hospitalidad que nos brindó
Uruguay», subraya BerchRupenián. «Mi padre venía en un barco y quiso
bajar en Brasil, pero ahí había un cupo cerrado para los inmigrantes. Lo mismo
le pasó en Argentina. Y en Uruguay no tuvo ningún problema». Antonio
Rupenián con el tiempo sería un importante dirigente de la colectividad: fundó
la Audición Armenia el 16 de junio de 1935 («la primera emisión radial de
la diáspora en el mundo», resalta su hijo) y fue el principal impulsor de
la creación de la Plaza Armenia (1971) y la denominación de Rambla Armenia
(1972) al tramo costero sobre el Buceo. El agradecimiento incluye el haber sido
el primer país del mundo en reconocer el genocidio, gracias a un proyecto de
ley impulsado por la Lista 99, de ZelmarMichelini y Hugo Batalla, entonces del
Partido Colorado. Solo unos veinte países en el mundo han seguido su ejemplo.
Una historia tan dolorosa como la armenia supo
de divisiones internas. La sovietizacion del país, tras una breve independencia
entre 1918 y 1920, bajo gobierno de la Federación Revolucionaria Armenia (FRA),
dejó heridas en toda la diáspora. En Uruguay, para varias instituciones que se
formaron posteriormente —como el Club Vramián, vinculado a la FRA—, esto era
una lesión a la soberanía; para otras, como las aglutinadas en la Organización
Multinstitucional Armenia del Uruguay, la anexión (forzada) a la URSS era la
única forma de asegurarse que los turcos no terminaran de masacrar a los apenas
700 mil armenios que quedaban en un territorio ya de menos de 30 mil kilómetros
cuadrados, trece veces menos que en sus épocas de esplendor. El país ya había
perdido hasta el monte Ararat, su símbolo nacional, donde se dice que se posó
el Arca de Noé tras el Diluvio Universal. Gustavo Zulamián mencionó más de una
vez que la separación era tal que prácticamente se podía hablar de dos
colectividades.
Por caso, había dos audiciones radiales: la ya
mencionada de Rupenián (que desde 1957 se emitió por Radio Independencia, el
emprendimiento familiar que siguieron sus hijos) y la Gomidás por Radio Rural,
que respondía al Vramián. En Agraciada y Suárez hay dos colegios separados por
un muro: el Nubarián, bajo la órbita del UGAB, y el Nersesián, perteneciente a
la Iglesia Armenia; en su momento, el primero izaba la bandera de la Armenia
soviética (aunque sin la hoz ni el martillo), mientras que en el segundo se
honraba la del breve gobierno de la FRA. Está la Iglesia Apostólica Armenia, la
Iglesia Católica Armenia (que responde al Vaticano), una evangélica y otra
protestante. «Hubo diferencias sobre qué bandera usar, qué himno cantar,
además de rivalidades personales (entre referentes de la comunidad) que siempre
existieron. Eso de alguna manera perjudicó al entendimiento conjunto»,
señala Zulamián.
Grandes referentes de la colectividad hoy
minimizan esas divisiones, asegurando que se han matizado. La independencia de
Armenia en 1991, tras el colapso de la URSS, puso fin a los enconos que,
reconocen, puede seguir presente en los integrantes más añosos. «Para la
mayoría de los jóvenes eso no incide demasiado», afirma Waneskahián.
«Yo creo que es bueno que exista la diversidad. Hoy hay puntos de acuerdo
donde antes no existían y otros que habrá que seguir subsanando, pero nada de
eso impidió el desarrollo de la sociedad. La creación de la Comisión de
Conmemoración del Centenario del Genocidio Armenio (integrada por diversas
organizaciones) muestra que las diferencias pueden quedarse de lado por un
objetivo en común». Y el mayor objetivo en común, más allá de las diferencias,
ha sido exigir el reconocimiento del genocidio sufrido y combatir el denunciado
negacionismo del gobierno de Turquía.
Identidad.
La Iglesia Apostólica Armenia está junto al
colegio Nersesián. Su cúpula, como en pirámide, que alcanza los 17 metros de
altura, recuerda la cima del Ararat. Monseñor Kelendjian celebra que la mayoría
de las nuevas generaciones de armenios tomen el testigo de la lucha contra el
negacionismo, pero se queja de que las actividades «se concentren en torno
al genocidio».
«Yo quiero que nos respeten por la
identidad, la cultura, no solo por haber sido masacrados. ¡El renacimiento
empezó en el siglo X en Armenia, mucho antes que en Europa! ¡El arco gótico
tiene su influencia directa en la cultura armenia!», enfatiza. Kelendijan
se queja de que cada vez haya menos fieles en su iglesia: el año pasado hubo 29
bautismos y trece casamientos, mucho menos que antes. «Por identidad
también me refiero al idioma, la llave de nuestra cultura. De la gente joven,
solo cien lo hablarán y unos 1.500 en toda la colectividad. Con la cocina sola
no alcanza. Además, el lehmeyún es árabe, ¡no armenio!».
Por su lado, Waneskahián, de Causa Armenia y
el Vramián, sostiene que varias instituciones impulsan movidas en pos de
mantener la identidad, profundizando el vínculo con su madre patria, que
mantiene su riqueza cultural pese a las amenazas de vecinos hostiles como
Azerbaiyán, además de los problemas económicos producto de dejar de estar bajo
el paraguas soviético. Y en sintonía con el religioso, sostiene que ellas
buscan que no todo gire en torno a la masacre iniciada hace un siglo.
Hay señales de que las cosas están cambiando.
El profesor Andrés Vartabedián, del Nubarián, hoy toca puerta en el vecino
Nersesián para posar junto a la Jachkar o cruz armenia. El ingreso se le
franquea sin problemas. En épocas de mayor división eso sería impensable. Para
él, la fecha venidera tiene tres ejes importantes: el recuerdo que no precisa
reconocimiento de genocidio alguno, el reclamo en busca de justicia y, nada
menor, «que más allá del horror, la celebración de la vida sobrevivió a la
muerte».
Y si bien hoy es utópico pensar en un
reconocimiento turco al genocidio, que incluiría reparaciones económicas
incalculables, hay vivencias que reconfortan. «Yo viajé al lugar donde
nacieron mis ancestros, en la Turquía que era armenia», cuenta Roberto
Markarián, rector de la Udelar. «En esos lugares no sentí nada de odio. Yo
fui bien recibido, pese a que siempre me presenté como lo que era… La gente
sabía que visitaba el lugar de mis orígenes. De alguna forma, yo era más de
allí que ellos…».
VIAJAN UNOS 300 URUGUAYOS POR AÑO
De acuerdo con RubenAprahamián, cónsul
honorario de Armenia, alrededor de 300 uruguayos viajan por año a aquel país.
«Muchos de ellos lo hacen en grupos de viajes organizados por las
diferentes instituciones, pero también existen turistas uruguayos que van por
un interés histórico-cultural».
Aprahamián destaca de Armenia «el
patrimonio cultural muy antiguo que se encuentra en muy pocas partes del
mundo» y que en los últimos tres años «comenzó a fomentarse el viaje
de jóvenes para que vayan a su Madre Patria a realizar trabajos de voluntariado
y de esa manera conocer más a fondo sus orígenes».
El Consulado funciona de forma honoraria en Uruguay
desde 2009.
«Todo armenio en el mundo trabaja por el
reconocimiento (del genocidio) y llegará algún día en que, así como hoy podemos
ver a nuestra Madre Patria libre e independiente, veremos que se dé una digna
sepultura y honores merecidos a nuestros mártires por parte del mundo
entero».
ACTIVIDADES PREVISTAS
Según se señala en la cuenta de Facebook del
Centenario del Genocidio Armenio, el 24 de abril el acto central será en el
Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo a las 18.30. A las 21 horas
y en la sala Adela Reta, la Orquesta Sinfónica del Sodre actuará dirigida por
el maestro AlvaroHagopián. La Dirección de Correos emitirá un sello
conmemorativo. También habrá otro encuentro en la Plaza Armenia del Buceo. El
23 de abril habrá una marcha por la avenida 18 de Julio.
MOJÓN PARA LA HISTORIA
Hace medio siglo, cuando se conmemoraban los
50 años del genocidio armenio, redactada por el entonces diputado colorado
Enrique Martínez Moreno (lista 99), se aprobaba la ley 13.326, «Día de
recordación de los mártires armenios». Para Gustavo Zulamián, del UGAB,
«aunque la redacción no sea la mejor» (no se habla de genocidio ni se
menciona a los turcos) fue un mojón histórico importantísimo.
ADOLF HITLER: «¿QUIÉN SE ACUERDA HOY DE
LOS ARMENIOS?»
«Werredetnoch von der vernichtung der
armenier?» (Después de todo, ¿quién habla hoy del aniquilamiento de los
armenios?). Con esta frase pronunciada en Obersalzberg, Adolf Hitler anunciaba
el aniquilamiento de los polacos, 10 días antes de la invasión que daba inicio
a la Segunda Guerra Mundial, en 1939.
El genocidio armenio, que aún hoy está muy
lejos de tener el reconocimiento mundial que sí logró el Holocausto judío,
tiene como fecha de inicio «oficial» el 24 de abril de 1915. Armenia
era parte del Imperio Otomano, gobernado por los llamados Jóvenes Turcos. Ese
día comenzó la detención y asesinato de destacados miembros de la comunidad
armenia en Estambul. Muy pronto, se ordenó la deportacion de esa población a
través del desierto sirio, en donde pereció la gran mayoría.
El gobierno de Turquía rechaza que se trate de
un genocidio, argumentando que no existió un plan sistemático de exterminio.
Los armenios alegan que no otra cosa era el panturquismo, una ideología
ultranacionalista que obligaba a «turquizarse» a todas las minorías
del imperio. Y los armenios, la primera nación cristiana del mundo, entonces
rodeada de islámicos extremistas, estaban comenzando a tener posiciones de
privilegio en la sociedad.
En rigor, ya hacía mucho tiempo que los
armenios venían sufriendo matanzas de mano de los turcos. Categorizados dhimmi
por las leyes islámicas, eran considerados ciudadanos de segunda clase en el
imperio. A fines del siglo XIX, bajo el mandato del sultán Abdul Hamid II,
fueron masacrados unos 300 mil armenios. Y en 1909, en medio de un
enfrentamiento entre ortodoxos y reformistas turcos, fueron asesinados otros 30
mil en la provincia de Adana.
Hoy, con una Armenia de 3,2 millones de
habitantes reducida a un territorio que es el doble que Tacuarembó, la frontera
con Turquía es custodiada en conjunto con tropas rusas. El mayor riesgo está en
la frontera con Azerbaiyán, cuya colectividad predominante son los turcos
azeríes. Federico Waneskahián, de Causa Armenia, señala que ese país pierde
decenas de vidas de civiles y conscriptos cada año en esa zona limítrofe.