La Almudena, el primer Cementerio Judío de España

03/Feb/2015

ABC, España, Eva Bárcena

La Almudena, el primer Cementerio Judío de España

En la Avenida Daroca hay
cuatro parques infantiles y tres cementerios que forman la Necrópolis del Este.
El primero, el camposanto de Nuestra Señora de La Almudena, tiene 120
hectáreas. Dentro hay una parada de taxis, una capilla e incluso una casa
okupa. El segundo es el Cementerio Civil, a cuya entrada se encuentran los
restos de Pablo Iglesias, Dolores Ibárruri, Pío Baroja o Blas de Otero. Al
fondo, donde parece que termina el recinto, hay una tapia y una pequeña puerta
verde. Tras ella, el Beit Hajaim, el Cementerio Hebreo. El espacio está marcado
por el rito.
Alrededor de un centenar
de tumbas pueblan el lugar. Aquí las flores son una excepción, y las cruces un
imposible. Todas las lápidas están adornadas con una Estrella de David, una
suerte de firmamento de piedra en el que reposan los judíos fallecidos en
España. Los mensajes de sus familiares están escritos en hebreo. Además, hay
piedras encima de los sepulcros.
Las flores son una rareza
sobre las tumbas
Es un lugar en el que
cuentan los pequeños detalles. A los pies de la tumba de María Rosa, hay un
rosal con más de metro y medio de alto. En otro rincón del cementerio, una
persona decidió dejar un cirio azul con una Estrella de David y los colores de
la bandera de Israel. Justo detrás, donde reposa Salomón, guijarros y cantos
comparten su espacio con una flor solitaria y marchita; quizá alguien pensó que
no era mala idea mezclar ritos.
El Cementerio Hebreo es
pequeño y apenas puede compararse con Nuestra Señora de La Almudena, por cuyas
calles circulan los vehículos con límite de 50km/h. Pero, a pesar de su tamaño,
nada tiene que envidiar a sus hermanos. También se respira paz, esa
tranquilidad tan particular que solo puede encontrarse en una necrópolis y que
solo se atreven a romper, de vez en cuando, los pájaros.
Ni siquiera la puerta
verde se atreve a chirriar y molestar a los que descansan. Por eso, mientras
paseas con curiosidad entre las tumbas intentando descifrar el alfabeto hebreo
y preguntándote cómo será un entierro judío; no te das cuenta de que tienes
compañía.
Los ritos
Ernest es un chico de
unos 20 años, que aunque no es de Madrid está en la capital estudiando en la
universidad. Por deber familiar o por mera curiosidad, se ha acercado al Cementerio
Hebreo para conocer la tumba de un antepasado suyo, aunque con una sonrisa
enigmática evita decir quién es. Lo que sí conoce es la historia del lugar.
El rey Alfonso XIII
otorgó el permiso a la comunidad judía en el año 1922 para inhumar sus muertos
de acuerdo con su religión. Se inaguró entonces el Beit Hajaim, de una
hectárea, con el entierro de un gibraltareño llamado Acrich. Con el tiempo, el
lugar se quedó pequeño y la Comunidad judía de Madrid decidió a finales de los
70 tener su propio cementerio en Hoyo del Manzanares, donde está enterrada la
superviviente del Holocausto Violeta Friedman. «Creo que el nuevo camposanto se
levantó por un problema con los arrendamientos de La Almudena, porque la
religión hebrea prohíbe mover un cuerpo», aventura Ernest. Las tumbas no
pertenecen a la familia a perpetuidad, sino que están arrendadas. Por eso, si
cumplido el plazo las familias dejan de pagar el alquiler, los responsables del
cementerio se reservan el derecho de exhumar el cadaver.
A la hora de explicar
cuáles son los rituales que siguen los judíos para despedir a sus seres
queridos, no renuncia a las similitudes con el Cristianismo. «Nosotros también
tenemos ángeles de la guarda, son la Hebra Kadisha», explica. Una hermandad de
voluntarios que asisten al moribundo y a sus familiares en los momentos
finales, animándole a confesarse y a organizar sus asuntos terrenales. Cuando
la persona expira, son los familiares los que toman las riendas para lavar el
cadáver y purificar el alma del fallecido. Después, se cubre con mortajas
simples, blancas y hechas a mano, confeccionadas con telas baratas. «Aquí tanto
el rico como el pobre se van igual», señala Ernest. Además, explica que una vez
que una persona fallece, se tapa su cara como signo de respeto, y «ni siquiera
su familia puede verla».
Los difuntos son
enterrados por sus familiares en un ataúd de pino u otra madera barata, pegado
con cola porque no pueden llevar ningún objeto metálico. «Tierra eres y en
tierra te convertirás», dice la Torá. De hecho, este es un punto en conflicto
con la legislación del país, ya que la religión judía especifica que el cuerpo
«debe ir a la tierra» y en España es obligatorio que el cadáver se entierre
dentro de un ataúd.
«Nunca encontrarás es a
un judío que pida su incineración»
«Lo que nunca encontrarás
es a un judío que pida su incineración», afirma tajante Ernest, «y creo que los
motivos son obvios». La propia Chabad (un movimiento de estudio de la Torá)
recoge en su página web que «la cremación siempre fue vista con horror por
todos los sectores del pensamiento judío. El cuerpo es sagrado, porque es el
templo del alma y porque es el medio con el cual podemos hacer bondad en el
mundo».
Pero hay que ir más allá
de la obviedad, porque su rechazo tajante a la cremación tiene que ver más con
sus creencias que con su historia. «Si alguien ha cumplido su misión en vida
irá al cielo, y si no se reencarnará», afirma este improvisado Cicerone. Y para
que esto se cumpla, el alma del fallecido tiene que ascender ante Di-s (Dios)
desde la tumba, dejando atrás su cuerpo intacto.
Cuando termina el
entierro, es el momento de recitar el Kadish, una oración para dar paz al alma.
«En realidad es como el último apoyo de la familia, es muy importante decirlo
bien porque Dios lo tiene en cuenta a la hora de juzgar un alma», asegura
Ernest. El texto está en arameo, pero se resume en que «Dios es grande y todo
viene de él, así que todo lo que ocurre es para bien».
Pétalos de piedra
Hay varias fechas en las
que es importante visitar la tumba de los fallecidos, aunque no se puede ir más
de una vez por día. Al final del séptimo día, el trigésimo, al finalizar los
doce meses, al cumplirse cada aniversario de la muerte… Todas ellas calculadas
por el calendario hebreo, son momentos clave para presentar los respetos a un
difunto. Sin flores.
Mensaje en español en una
de las lápidas
«Una flor se marchita,
una piedra no», resume Ernest encogiéndose de hombros. No le da importancia a
algo que para él es normal. Según la Chabad, hay varios motivos para obsequiar
con una piedra a un muerto. Primero, es una demostración de que los familiares
fueron a verle. Segundo, la piedra es una «creación muy antigua y de vida muy
larga», incluso la Chabad la califica de «eterna». Y tercero, antiguamente las
tumbas se rellenaban con piedras para asegurarse que el lugar no fuera
profanado.
Con unas piedras que
representan la eternidad solo las palabras Beit Hajaim son todavía una
incógnita. «La casa de los vivientes», traduce Ernest mientras sonríe al salir
del lugar sagrado. Atrás queda el cementerio de estrellas, oculto tras una
pequeña puerta verde.