Los peligros de callar

02/Feb/2015

El País, Hebert Gatto

Los peligros de callar

Amortiguado el primer
impacto del atentado contra el semanario Charlie Hebdo, cabe reflexionar sobre
su significado. El Papa en declaraciones inmediatas, condenó el hecho, aunque
agregó que las caricaturas de Mahoma eran agresivas y los asesinatos de los
periodistas, si bien desproporcionados y repudiables aparecían como una especie
de reacción instintiva al ataque a una madre mítica.
Por su parte, un
especialista en ética y moral de la Universidad de la República, igualmente
consideró que la violencia desplegada, si bien rechazable, no puede separarse
del hecho que las caricaturas fueran irreverentes para sus creyentes. Creo que
estas críticas y la importancia del tema justifican detenerse en el mismo, en
tanto están en juicio los límites de la libertad de expresión.
Un primer aspecto refiere
a si el asunto puede tratarse en abstracto, obviando las particularidades del
caso. Ciertamente, como se dijo, una cosa es el derecho y otro la moral y sin
duda la libertad en la emisión del pensamiento tiene límites (que no coinciden
en ambas prácticas). Igualmente es verdad que este derecho se detiene frente a
la libertad, el honor y la intimidad de los otros. Mi libertad para
manifestarme no autoriza el daño a otros, excepto que alguna justificación
legitime mi actitud. Precisamente lo que ocurre en el caso que examinamos.
¿Debería considerarse
inmoral que una publicación francesa ironice a Mahoma como medida de lucha
contra el terrorismo islámico cuando este, sin ningún pudor, apela al mismo
profeta para justificar sus acciones? No sucede acaso que en su nombre se
raptan niñas y se ejecutan extranjeros y opositores. Se queman iglesias y se
mata a sus feligreses. Se secuestra y demanda rescate en acciones de piratería
medioeval. Se practican ablaciones y lapidaciones de mujeres. Se venden
esclavos. Se amenaza con echar al mar a millones de israelíes. Se profetiza la
vuelta a la España del Califato.
Se dirá, como se dice,
que el Islam no es una religión guerrera.
Lo que es tan cierto como
advertir que todas en su momento lo son. Como fue yihadista el catolicismo de
las cruzadas, o, en nombre del Cristo verdadero, lo fue la guerra de los
Treinta años. En las caricaturas de Charlie, el profeta no encabeza pacíficos
predicadores leyendo el Corán, sino a un guerrillero con bombas incluidas.
Representa una parte de la política islámica, la inclinada al terror sagrado.
Su interpretación no es la única, pero hoy llena calles y madrazas. Muestra una
religión que no conoció el Renacimiento, la Reforma, o el Liberalismo. Y que
ahora, bajo estados teocráticos, observa dividida los resultados, aunque en su
génesis también haya colaborado Occidente.
Los derechos humanos
integran una moral universal que no admite descuentos, relativismos, ni
religiones que los limiten en nombre de las trascendencias. Se trata, diría
Isaiah Berlin, de un conjunto de derechos negativos, donde nadie, incluyendo al
estado, puede inmiscuirse. El ámbito de la intimidad y su expresión. Lo que no
significa abandono de los deberes públicos. El humor, la irreverencia, la
capacidad de burla, la ironía y la iconoclastia, junto al arte o como el arte,
son algunas de los escasos recursos culturales con que contamos para
defendernos del despotismo, hijo dilecto del dogmatismo. No se trata de
derechos objetivos donados graciosamente por Leviathan. Por eso no cabe
limitarlos ni recortarlos, ése es el directo camino al suicidio.