Los niños del Holocausto

28/Ene/2015

Diario Sur, España, Irma Cuesta

Los niños del Holocausto

Jadwiga Bogucka, la
señora del chaleco a rayas y el gesto ausente, ha dejado durante un rato este
frío enero de 2015 para viajar en el tiempo. La memoria, que no siempre es
complaciente, la ha arrastrado queriendo hasta el primer mes de 1945; hasta el
amanecer de aquel 27 de enero que sería su último día en Auschwitz. Jadwiga
-prisionera número 86356- tenía 19 años cuando los nazis ocuparon Varsovia y
ella y su madre fueron obligadas a dejar su casa y trasladadas al campo de
Pruzsków, en donde cerca de 650.000 polacos estuvieron semanas hacinados hasta
ser redistribuidos. Días después, aquella jovencita de pelo rubio fue arrastrada
hasta un tren que la dejaría a las puertas del infierno. Ella, como otros
muchos supervivientes de Auschwitz, conmemorarán el próximo martes el 70
aniversario del fin del desastre.
Aunque siempre está bien
recordarla, la historia de este lugar es conocida. Heinrich Himmler mandó
construir aquella cárcel sobre un terreno que había servido para domar
caballos, entre los ríos Vístula y Sola. Las praderas polacas se convirtieron,
gracias al comandante en jefe de las SS, en uno de los mayores campos de
exterminio de la historia. Entre 1940 y 1945 murieron en Auschwitz más de un
millón de personas de las más diferentes maneras: agotamiento, congelación,
inanición, cámara de gas… La mayor parte polacos judíos, pero también
soviéticos, húngaros, holandeses, yugoslavos y checos. Aquel día de enero de
1945 los soldados rusos encontraron 7.000 presos, muchos de ellos niños.
Algunos de aquellos supervivientes acaban de posar para varios fotógrafos de la
agencia Reuters, entre ellos el polaco Kacper Pempel, que ha publicado una
galería de retratos rindiendo su particular homenaje a los que lograron vivir
para contarlo.
En cualquier caso,
aquellos siete mil supervivientes no fueron los únicos. La historia cuenta que
los soldados alemanes, al no poder hacer frente al avance del ejército
soviético, decidieron evacuar el campo unos días antes, en lo que se conoce
como ‘marchas de la muerte’. Dejaron atrás a los que creyeron que no podrían
seguirles, pero más de sesenta mil prisioneros fueron forzados a caminar rumbo
al Oeste. De ellos, se calcula que unos quince mil murieron en el camino.
Aquello no fue el final
para Janina Reklajtis -presa número 83043-, que en la imagen de Pempel mira al
cielo mientras sostiene una fotografía suya tomada cuando no podía imaginar lo
que la depararía el destino. A los doce años, cuando uno aún cree que está a
salvo de las cosas malas, unos hombres la sacaron de casa y la encerraron en
Auschwitz-Birkenau. Ahora tiene 80 y asegura, mientras recuerda, que fue su
juventud la que le ayudó a mantenerse con vida entre tanta ignominia. La
historia se repite con Barbara Doniecka, registrada con el número de campo
86341 en Auschwitz, hasta donde fue conducida con su madre tras la ocupación de
Varsovia. Acababa de cumplir diez años y era entonces una niñita de largas
trenzas.
Treinta kilos de peso
Lajos Erdelyi, que ahora
tiene 87, sostiene un dibujo hecho por un compañero del campo de concentración
mientras el fotógrafo inmortaliza su imagen. Hoy, desde Budapest, habla de cómo
le encerraron en aquel lugar de muerte y destrucción con solo 16 años y cuenta
que, aquel día de enero en el que el ejército ruso puso fin a su cautiverio,
creyó que, después de todo, no le quedaban fuerzas para sobrevivir. A Lajos la
libertad le pilló con 30 kilos de peso, pero con el tesón suficiente para no
darse por vencido.
Danuta Bogdaniuk-Bogucka,
la señora que aparece en la foto con los ojos cerrados y la mano en el pecho,
tenía diez años cuando a ella y a su madre las separaron. En Auschwitz, Danuta
se convirtió en uno de los conejillos de indias del doctor Josef Mengele, que
la utilizó para varios de sus experimentos. Acabada la guerra, consiguió
reunirse con su madre y con el tiempo descubrió que ambas habían coincidido en
otro de los campos nazis -Ravensbruck-, sin saberlo. También Marian Majerowicz,
que luce en el brazo su número de prisionero, coincidió con su padre en el
campo de concentración polaco. Pero aquello no duró mucho tiempo: mientras
luchaba por sobrevivir, vio cómo moría, incapaz de sobreponerse a jornadas
interminables de trabajo. También tuvo que asumir que su madre y su hermana
pequeña habían muerto en la cámara de gas.
Cuando hace setenta años
Majerowicz recuperó la libertad, estaba completamente solo. Lo estaban la
mayoría de aquellos siete mil presos que encontraron los rusos el 27 de enero
de 1945. La mayoría, sin embargo, se considera afortunada. «La gente nos
imagina gente triste y llena de rencor, pero casi todos somos felices. ¡Hemos
vivido!», asegura Janina.