Fragmento de “Las Cartas que no llegaron”

26/Ene/2015

De Mauricio Rosencof

Fragmento de “Las Cartas que no llegaron”

Y acá, Viejo, como esos
salmones que saltan la cascada en contra, que trepan cataratas a pura voluntad
y coletazo, macho y hembra, porque a desovar no van todos, pero van, y la
quedan, se los comen los osos, los zorros, el aire, se asfixian, se pudren al
sol para mejor degustación de los carroñeros; pero ellos ahí van, año tras año,
siempre, para ir a heder al lugar de donde vinieron; qué extraña corriente nos
lleva, hombres y salmones (dicen que también las anguilas), a rastrear el punto
de partida, cuando el pescado puede elegir otro remanso para incubar, y uno,
que ya sabe que viene de ahí, para qué ir ahí. Pero ahí van, salmones y
hombres. El pueblito, Viejo, es como de campaña. ¡Qué te voy’a contar a vos!
Belzitse es una plaza al centro, con un monolito que recuerda a cuatro
guerrilleros de la resistencia, algunos bancos y una ternera suelta que pasta,
mansa. Alrededor, comercios chicos, con tolditos viejos, pequeños, muy
pequeños, como si todos fueran de mercería pero fija que no, alguno sería como
la panadería de Lublin, habría zapatero, no sé. Estaban cerrados. Llegamos a la
hora del cierre o simplemente era domingo. La cosa, Viejo, es que cuando
bajamos del coche oficial con Tomash, el traductor, y el chofer sacándose la
gorra y secándose la frente, el pueblo, Viejo, todos, sencillos, humildes, curiosos,
se arrimaron. Casi como un mitin o un acto religioso o un reparto de azúcar en
terrón, para el té. Entonces Tomash les habló de mí. Les dijo que mis padres
(vos, papá, la Vieja) venían de este pueblo, que en este habían nacido; y yo,
papá, me sentía casi como un acontecimiento, hijo pródigo, Ulises llegando a
Itaca, alumno que van a premiar en el fin del curso. Nada. Cuando yo aguardaba
que alguno dijera «sí, conocí a sus padres», o solo a papá, o a un hermano de
él, o que… me cago en la gran puta, nadie conocía a nadie, a nada. Nada.
Entonces voy bajando las expectativas, pero algo me quiero llevar, y voy y le
digo a Tomash: «No es posible, acá vivió toda mi familia, vamos a la sinagoga,
este era un pueblo de campesinos judíos, había sinagoga, allí debe haber un
registro, o al cementerio, vamos al cementerio para leer mi nombre en una
lápida». Entonces un belzitseano responde, y la gente ríe y Tomash que no
traduce, y le exijo, y él: «Dijo que para qué quiere sinagoga este pueblo si ya
no queda ni un judío».
Los miro. Silencio. Es
entonces que uno de ellos recuerda algo, que había un hombre rengo, hace
tiempo, que cuidaba el cementerio, pero ya se fue, hace mucho que se fue, para
Varsovia, dice, y dice que ahora tiene nombre polaco. La leyenda forjada en
hierro, papá, es más pequeña que la imaginada, y portón de rejas, como el de
cualquier casa quinta. Hay gente que entra, gente que sale, los vehículos se
dejan afuera, pero no muchos, no vayas a creer, más bien pocos. Podría haber,
en un Jugar así, suponía, vendedores de refrescos, salchichas, souvenirs,
pepinos. Pero no. Más bien quieto, todo. Entrando, a la izquierda, hay un
tablado. Para la orquesta. Entro a una de las barracas, hay muchas, por el
estilo todas, son grandes pero empequeñecidas por las tarimas que, salvo un
pasillo que va al escusado, poco más allá de la estufa, lo ocupan todo, dos,
tres plantas. Cuchetas. La estufa es como para calentar las manos si las pones
arriba, o como para que mamá ponga la caldera, para mantener la temperatura.
Ahora está apagada. Y yo siento algo: «Acá estuvieron, acá están». Hay en el
corredor una galería de fotografías de rostros famélicos, están enmarcados y
cuelgan en línea. Debajo llevan el nombre, que reviso uno por uno. En algunos
hay, al pie del marco, un pequeño ramito de flores: alguien reconoció a un
hermano, a un padre, y yo busco por el apellido, o por un aire, porque puedo
comparar foto con foto, aquellas que mamá guardaba en la caja de zapatos, «y
esta es Anna y este Samuel y la de acá Sarita, que era la más chica». Hay
alguna que otra, en la larga hilera, que está dada vuelta. Son dos, tres. No
más. Es algún sobreviviente. Alguien que murió pero está vivo, como vos papá,
cuando moriste en la guerra y retornaste andrajoso, pero retornaste, al taller
de Leibu. Uno se va impregnando, Viejo, del clima del barracón. Lentamente va
absorbiendo sonidos que fueron, crujidos, respiraciones, alguna risita, nombres
murmurados, «mame… mame», en agonía. Salgo. El aire es fresco, da gusto
respirar. Y en el horizonte, hacia todos lados, hay laderas verdes, trigales
que nacen, algún poblado pulcro, nítido, que tal vez y sin tal vez estuvieron
tal cual, en los días de las cremaciones, molestos quizá cuando el humo soplaba
de acá, rumbo a las casas. Ingreso a otra dependencia, oficina del personal. Es
curioso que un establecímiento así tenga, como una empresa de
electrodomésticos, o administración de propiedades, «oficina del personal».
Pero no te creas: allí estaban, bajando una escalenta, las celdas de castigo. No
deja de ser una sutileza, Viejo: un lugar de tres por tres (con un pequeñísimo
orificio de ventilación) donde introducían a veinte, treinta castigados, hasta
que en días consumieran los restos de aire, famélicos, cagando todos ahí, sin
agua, hasta el alivio final. Tal vez alguno, el tío, ¿cuál?, no sé, haya estado
ahí. O en esa otra, ataúd vertical, de sesenta por sesenta, sin posibilidad de
una flexión, sentarse ni te sueñes, y ahí, hasta la agonía del último ruego,
agua, tal vez, poder recostarse, la última voluntad, un trago de agua.
Ellos, a diferencia de
acá, Viejo, habían resuelto el tema del plantón sin guardia. Y acá, tan leídos,
ni se enteraron. Después las duchas, como las de un equipo de fútbol, unos
bancos de madera, percheros, ahí dejaban la ropa, y las duchas, igual a las
duchas, y había una maqueta donde mostraban los cuerpos amontonados contra la
puerta de entrada, apilados, muriendo asfixiados ahí antes que por el gas de la
Bayer, que salía de los agujeros con gran perfección técnica, característica
del laboratorio. Los hornos. Había un guía, Viejo, que explicaba su
funcionamiento. Era un guía de museo, papá, que se había aprendido los papeles
antes del examen, que había ganado el cargo por concurso, lo que está muy bien.
Entonces, mirando al grupo que rodeaba la camilla de hierro apoyada en rieles,
hacía una demostración de cómo, una vez colocado el objeto, bastaba un leve
impulso para que la camilla de buen metal se introdujera en el horno, qué te
voy a describir, como el de cualquier pizzería, papá, y ahí otro que, como el
camillero, eran condenados del campo, cerraba el portoncito, de la forma de un
semicírculo como el que llevaba a la escuela, o mejor aún, ya te lo dije, como
el cierre de la plancha de bronce que trajeron de Polonia y tengo en un
estante. Y no quise más y me salí.
Me salí a la plaza, donde
formaban a veces, por horas, cada mañana, bajo cero, antes de ir a los
trabajos, «el trabajo te hace libre», decía en la forja del portón. Cruzaban la
doble alambrada electrificada, vigilada por torreras donde jóvenes dinámicos,
hombres con hijos y madre que los parió, vigilaban la última carne escondida
bajo los trapos que cubrían el esqueleto visible a ojos vista. Y en esa plaza,
Viejo, como si de alguna manera quisieran conservar la falluta filosofía de que
el crimen no paga y que quien mal anda mal acaba, había un cadalsito, una cosa
de nada, algo mas que un cajón de verdura al pie de un madero en «L» invertida,
y la soga, seguramente no la original, donde colgaron al comandante del campo,
tan poco, Viejo, por tanta cosa.
Ya falta poco, esto se
termina, estamos llegando a las vitrinas, donde en una se amontonan las
ortopedias, prótesis, piernas de madera y el que la tuvo entrando a los saltos
a la ducha; brochas, brochas de afeitar, miles, de cerda, que caben cada una
como un pájaro en la mano, las reciclaban digo yo, las enviaban a Berlín para
la reventa, qué sé yo; zapatitos de niño en otra, zapatitos de época, con un
botoncito al costado donde cerraba la tira —habrían llegado en primavera—, esos
otros no, son como botitas de abrigo, sandalias chiquitas para ponerse al
saltar de la cama rumbo al baño, miles, miles y miles de zapatitos, todos
modelo de época, allí algún sobrino tal vez, papá, tal vez hubieras podido
reconocer «ese era como el de Janele, la más pequeña de Leibu». Más difícil te
hubiera sido la vitrina siguiente, donde los castaños, que primaban, se
entreveraban con los rubios, no mucho, y alguna que otra cana, miles, millones
de canas, pero dominaba en ese cerro de pelos, el castaño. Y allí sí. La
mámele, la búbele, la hermana y la niña, orgullo de la mamá por el pelo hasta
la cintura. ¿Qué mas? Uno no quería más, como un líquido saturado por la
temperatura, como un líquido espeso, alguna mermelada o salsa de tomate, que hierve
a burbujas y larga un humito que se va, y todo, a la melaza, lo que va quedando
de líquido, el vaho, ya no le hacen un grado más, un grado menos de
temperatura, ya está.
Pero no. No está. No
quise ver más pero había más, y ya en retirada vi otra «guía», y volví y me
detuve ante ella, casi desafiante: «Aquí sí», me dije, «en esta guía encontraré
mi nombre», y afirmé los pies en la tierra maldita bendecida por tantos que la
anduvieron, y entré a mirar y leer me-ti-cu-lo-samen-te valija por valija, esas
donde guardaron brochas, blusas y sandalias, algún pan, un trozo de salchicha,
esas que llevaron al tren y que tenían orden de pintarle el nombre en blanco y
letras grandes, de imprenta, mayúsculas, sobre el cartón duro imitación cuero,
con remaches metálicos en las puntas, y allí estaban Liberman y Gleijer y
Rosenfeld y Hirsch y Rosenbaum y qué sé yo, eran valijas y valijas estibadas
con el nombre al frente, una pirámide de valijas que habían llegado a destino,
papá, mira qué destino, y te lo juro, Viejo, las miré una por una, una por una,
y nada, allí no estaban, allí no estábamos, ni en esa guía, mi viejo, estábamos
vos y yo.