A setenta años del cierre de Auschwitz: la imperiosa necesidad de renovar compromisos

26/Ene/2015

Gerardo Caetano, especial para CCIU

A setenta años del cierre de Auschwitz: la imperiosa necesidad de renovar compromisos

Corría el segundo lustro
de los años ochenta del siglo pasado cuando se produjo en Alemania la famosa
“querella de los historiadores” (el Histokerstriet). La misma se desató en 1986
cuando Jürguen Habermas condenó desde las páginas del semanario hamburgués Die
Zeit las posturas “revisionistas” sobre el nacionalsocialismo, defendidas
entonces por un grupo de historiadores alemanes conservadores, como Ernest
Nolte, Michael Stürmer y Andreas Hillgruber. Estos últimos, desde enfoques más
o menos convergentes, buscaban relativizar la magnitud de la Shoá en tanto
genocidio, al compararlo con otros casos de exterminio masivo de la historia.
Asimismo, procuraban arraigar la interpretación del nazismo como una reacción
al “GULAG” estalinista, llegando a calificar de ese modo al estalinismo como
causa última del Holocausto. El “LAGER” nazi sería en suma una reacción y al
mismo tiempo una emulación del “GULAG” estalinista.
El debate entonces
suscitado devino rápidamente más político-ideológico que historiográfico o
académico, apuntando al corazón de uno de los núcleos centrales de toda la
discusión cívica acerca del Holocausto y su recordación: los usos públicos de
la historia, en este caso de un pasado traumático y trágico, así como la
comprensión de hasta qué punto las lecturas de esos pasados ignominiosos dan
muchas veces forma y marco al discurso popular contemporáneo. Desde el rechazo
enfático a la identificación de un “lado bueno” del nazismo como expresión de
“lucha contra el comunismo”, Jürgen Habermas reorientaba la discusión sobre el
tópico central de cuál debía ser el consenso mínimo acerca del pasado, en
especial si este contenía un episodio tan inconmensurablemente trágico como el
Holocausto. “¿Qué puede significar ser alemán después de Auschwitz?”
interpelaba de modo radical Habermas, para responder con su famosa invocación
al “patriotismo constitucional” como único “patriotismo posible”. “Las
identificaciones –concluía el filósofo alemán- con las propias formas de vida y
las herencias propias deben ser superadas por un patriotismo más abstracto que
ya no se fundamente en la totalidad concreta de la nación, sino más bien en
procedimientos y principios”.
Este debate coincidía con
el intento del entonces Canciller alemán Helmut Kohl por validar -por primera
vez después de la segunda guerra mundial- un “nacionalismo alemán” aceptable,
defendible y hasta legitimado internacionalmente. La postura de Kohl venía de
hecho a romper con décadas de un consenso histórico tácito en la política
alemana, respecto a que todo matiz en la condena sin reservas del
nacionalsocialismo, significaba un hecho político inaceptable. En cierta
convergencia con las ideas del entonces líder democristiano, lo que los
historiadores “revisionistas” como Nolte y compañía buscaban era, en
definitiva, como sostuvo años después Federico Finchelstein, criticar “que
Auschwitz se hubiera convertido en un emblema compulsivo de la historia
alemana”, en procura de eliminar el “requerimiento de culpa” siempre renovado
en la conciencia histórica del pueblo alemán. En contrapartida con estas
posiciones, Habermas procuraba la elaboración autocrítica de las tradiciones
heredadas como única forma de asunción cabal del pasado, proyectando de esa
manera, como ha señalado Dominick La Capra, un combate permanente al prejuicio
como única forma de establecer las bases de una política democrática legítima.
Las cuentas pendientes de
la llamada “querella de los historiadores” de 1986, renovadas una década
después con las virulentas controversias que acompañaron el llamado “debate
Goldhagen”, venían a probar en el terreno de la trayectoria de la
historiografía lo que también –como vimos- se ponía de manifiesto en el ámbito
de la memoria más popular, en relación a lo que ha dado en llamarse “una
renovada historización de la memoria del Holocausto”. Desde muy diversas
tiendas ideológicas, orígenes nacionales y fuentes disciplinarias, el
compromiso se orientó entonces a reforzar el recuerdo y la conmemoración del
Holocausto como instrumento decisivo a nivel internacional en defensa de los
Derechos Humanos y en prevención de toda reiteración de una experiencia de
genocidio. Desde muy diversas perspectivas pareció abonarse la hipótesis –más
allá de la presencia inocultable de factores que, como hoy ocurre también,
alentaban por entonces el escepticismo y hasta el pesimismo- de un terreno no
sólo propicio sino también necesario para la construcción de una mirada
renovada sobre la Shoá, en términos de referente de valores universales
irrenunciables y de “observatorio” histórico necesario de la Historia
Universal. En esa dirección es que se inscribe la propuesta de un compromiso
reforzado de lucha por los derechos humanos y contra toda forma de
discriminación en la interpretación del Holocausto en términos de una “memoria
ejemplar”.
En ese marco, que a
nuestro juicio no solo persiste sino que los acontecimientos más recientes
vuelven más vigente que nunca, resurge, por ejemplo, como imperativo ético
insoslayable, la elaboración e implementación, como señala la Resolución
aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas sobre la “Recordación del
Holocausto” de noviembre de 2005, de “programas educativos que inculquen a las
generaciones futuras las enseñanzas del Holocausto con el fin de ayudar a
prevenir actos de genocidio en el futuro”.
Como trágicamente lo indican los acontecimientos más recientes de este
luctuoso enero de 2015 en todo el mundo, la prevención de los genocidios y del
“Estado criminal”, como advierte Yves Ternon, resulta un desafío tan vigente
como preocupante. Persisten de manera increíble movimientos neonazis y versiones
negacionistas sobre la historicidad de la Shoá, así como de otros genocidios
como es el caso del genocidio armenio, del que este año se conmemorará nada
menos que un siglo. Vuelven a emerger en el escenario internacional, amenazas
directas y acciones de un neoantisemitismo creciente y violento. Se multiplican
en distintas zonas del planeta, como también expone la Resolución de Naciones
Unidas antes citada, “manifestaciones de intolerancia religiosa, incitación,
acoso o violencia contra personas o comunidades basadas en el origen étnico o
las creencias religiosas”. Todo esto lo hemos visto consternados por estos
días, de lejos pero también de cerca.
Nuestra “caja de
herramientas” frente al desafío de –como señala en uno de sus textos Enzo
Traverso- “hacer del recuerdo de los vencidos de la historia la palanca de una
teoría crítica de la sociedad y de un combate contra la opresión del presente”,
aparece entonces hoy tal vez más desafiada que nunca. Esa suerte de “impotencia
analítica”, que no solo involucra a los historiadores sino que también alcanza
por cierto otros oficios y disciplinas, debe sin embargo reforzar una acción
fundada en convicciones radicales e inclaudicables. Una vez más, de lo que se
trata, aunque cueste, es como bien sintetiza Andreas Huyssen, que “el
Holocausto devenido tropos universal (sea) el requisito previo para
descentrarlo y utilizarlo como un poderoso prisma a través del cual podamos
percibir (y prevenir) otros genocidios”. Aunque a menudo sea negado, esa es la
lucha más efectiva contra la plaga resurgida de toda forma, directa o
indirecta, de antisemitismo. La condena eterna contra la más emblemática de las
discriminaciones debe fundarse en la lucha innegociable contra toda forma de
discriminación. Esa es la base moral primera de nuestra solidaridad más radical
con las víctimas de Auschwitz: la defensa crítica de las víctimas de toda
discriminación. Ese es el fundamento humanista de hacer de la Shoá una “memoria
ejemplar” de proyecciones universales.
La propuesta apunta a
reelaborar una nueva forma de memoria del Holocausto que, sin perder su
particularidad y su rasgo intrínseco de “unicidad” radical, lo transforme en un
referente universal para juzgar y prevenir toda forma de genocidio o
discriminación, en cualquier lugar que se produzca y provenga de cualquier
tienda ideológica, política, étnica, nacional o religiosa. De acuerdo a la
distinción trabajada por Todorov entre “memoria literal” y memoria ejemplar”,
la idea es la de optar de manera firme por la segunda. Tal como señala el
propio Todorov: “El uso literal, que torna al acontecimiento pasado en
indispensable, supone someter el pasado al presente. El uso ejemplar, en
cambio, permite usar el pasado en vistas del presente, usar las lecciones de
las injusticias vividas para combatir las presentes. (…) El uso común tiende a
designar con dos términos distintos que son, para la memoria literal, la
palabra memoria, y para la memoria ejemplar, justicia. La justicia nace de la
generalización de la ofensa particular, y es por ello que se encarna en la ley
impersonal, aplicada por un juez anónimo y puesta en acto por personas que
ignoran a la persona del ofensor así como la ofensa”.
La remisión a la
construcción de una “memoria ejemplar” supone entonces toda una definición
acerca del rol que cumple la recuperación de las narrativas plurales del
pasado, siempre en un marco de polémica argumentativa no violenta y rigurosa.
Como señala bien Dominick LaCapra, en una postura compartible: “… la posición
que defiendo propone una concepción de la Historia que involucra una tensión
entre la reconstrucción objetiva (no objetivista) del pasado y un intercambio
dialógico con él y con otros investigadores, en el que el conocimiento no
entrañe solamente el procesamiento de información sino también afectos, empatía
y cuestiones de valor”.
Zygmunt Bauman, en su ya
clásico trabajo sobre “Modernidad y Holocausto”, pasaba revista a una serie de
dispositivos interpretativos sobre el nazismo que, a su juicio, comportaban el
peligro de la “normalización” de sus crímenes de exterminio: i) la
“alemanización” excesiva del crimen perpetrado (“Cuanto más culpables sean
“ellos”, más a salvo estará el resto de “nosotros” y menos tendremos que
defender esa seguridad”); ii) la presentación del Holocausto “como algo que les
sucedió a los judíos, un acontecimiento que pertenece a la historia judía (…),
algo único, cómodamente atípico y sociológicamente intrascendente, (…) punto
culminante del antisemitismo europeo y cristiano”; iii) el énfasis en la
“locura” e “irracionalidad” de Hitler y sus secuaces (“¿No estarían ustedes más
contentos si hubiera logrado demostrarles que todos los que lo hicieron estaban
locos?”, recuerda Bauman que una vez advirtió Raoul Hilberg, otro historiador
del Holocausto); iv) una presentación de los acontecimientos como absolutamente
irrepetibles en su “unicidad” (“en consecuencia, irrelevantes para la teoría
general de la moralidad, ajenos a la historia de la moralidad, de la misma
manera que la lluvia de meteoritos gigantes no exigiría reformular la teoría de
la evolución”); entre otros.
Bauman concluía tratando
de demostrar –sin duda, no sin polémica-
que resultaba mucho más certero y más ético interpretar el Holocausto
como “una ventana” y no como “un cuadro”. De un modo deliberadamente
inquietante y provocador, el filósofo procuraba agregar argumentos para volver
más persuasiva su convicción acerca de que el Holocausto constituyó un fenómeno
terrible pero al mismo tiempo estrechamente relacionado con las características
de la modernidad. “Todos mis argumentos –sintetizaba este autor- vienen a ser
argumentos a favor de que incluyamos las lecciones del Holocausto en la línea
principal de nuestra teoría de la modernidad y del proceso civilizador y sus
efectos. Todos ellos proceden de la convicción de que la experiencia del
Holocausto contiene información fundamental sobre la sociedad a la que
pertenecemos”.
A la luz de los
acontecimientos que hemos seguido presenciando luego del Holocausto y que
lamentablemente llegan al presente más actual, no resulta necesario estar de
acuerdo en su conjunto con la interpretación de Bauman sobre el
nacionalsocialismo y el Holocausto para coincidir, sin embargo, con el signo
inquietante de su advertencia. La misma resolución de la Asamblea General de Naciones
Unidas para que la “Recordación del Holocausto” sirva de advertencia preventiva
y universal frente al peligro de un nuevo genocidio se inscribe en la misma
línea de preocupaciones.
La configuración de estas
nuevas formas de “recordación del Holocausto” en términos de la construcción de
una “memoria ejemplar” comporta sin duda un compromiso múltiple. Como hemos
insistido en el pasado, su proyección al campo educativo, en el marco del
respeto irrestricto al principio histórico de defensa de la laicidad en el
Uruguay, implica una faena compleja y de largo aliento. Sin embargo, el desafío
no solo vale la pena sino que se ha vuelto de actualidad más acuciante. Aunque
más no sea para que el asesino fracase en su intento de “usar el tiempo y
provocar el olvido” y para que “nunca más” pueda cumplirse la advertencia
inquietante de Albert Camus: “Las víctimas acaban de entrar en los límites de
su desgracia: aburren.”
Por eso mismo, ante los
inmensos retos del presente, mantengamos y profundicemos estas convicciones. No
cedamos a la confusión a la que nos quieren arrastrar los victimarios de hoy.
Sin ingenuidades ni retórica facilista y distante, sin idealismos vagos y tranquilizadores,
no tomemos el atajo infértil del “choque de civilizaciones” o de las
polarizaciones belicistas. No perdamos la primacía moral y humanista de la
lucha eterna contra el terrorismo y la discriminación, vengan de donde vengan y
cualquiera sea quien los perpetre. Luchemos más que nunca y con todas nuestras
fuerzas contra este escándalo ignominioso del renovado antisemitismo, esa lacra
que se inició antes de Cristo y del Islam. Y hagámoslo desde compromisos
radicales y universales contra todo avasallamiento de derechos e identidades,
buscando las bases de un ecumenismo moral de nuevo cuño, que pueda acomunarnos
en ideas y valores esenciales compartidos, no solo más allá sino desde nuestras
diferencias.
Reiterémoslo. Este es sin
duda uno de esos compromisos para siempre, que exceden cualquier identidad o
condición, que nos involucran a todos, no sólo como ciudadanos sino ante todo
como seres humanos. Parafraseando a Jorge Drexler, cantor popular y cercano a
estas sensibilidades: “Nosotros tenemos sus mismas manos, nosotros tenemos su
misma historia, todos nosotros pudimos o podemos ser víctimas.” Nunca más.
Nunca más. No somos neutrales. No lo permitiremos.