Aquello con lo que no pudo la brutalidad nazi

26/Ene/2015

por Juan Raúl Ferreira, Director del INDDHH, especial para CCIU

Aquello con lo que no pudo la brutalidad nazi

“Ser Libre depende de uno
mismo.” Vencer o no, depende de muchos
factores. Lograr la merecida prosperidad, la justicia, la paz, disfrutar la
libertad que se tiene… Todo ello depende de muchas cosas y, lamentablemente,
a veces de otros ajenos a uno mismo. Pero hay valores que tenerlos no depende
más que de cada uno. Y ello, porque nos han sido dados con la condición humana
y son inherentes a la misma. Esta es la lección más importante que he aprendido
de los judíos. De las tantas cosas que hoy integran mi patrimonio de valores
irrenunciables. Cuando me pidieron estas líneas sabía solamente que empezaría
así y cómo las terminaría.

Hay valores, la libertad
es uno, entre tantos otros, que sólo de nosotros depende preservarlos. Me
vienen ahora a la memoria, salvando la distancia enorme y cualitativa del
sufrimiento del pueblo judío, algunas circunstancias trágicas que nos tocó
vivir junto a mi padre, tras la muerte de Zelmar y Toba. Una: la solidaridad.
Siempre en los momentos de dolor y peligro aparecía una mano judía amiga. Sin
Edy Kaufman y el Rabino Rosenthal no hubiéramos salido vivos de Argentina, por
ejemplo. He contado varias veces que un día le comenté a mi viejo, “que
casualidad, siempre un apoyo judío en el medio de la tragedia”, a lo que el
respondió “no es casualidad.” La vida me enseñó a entender cabalmente aquella
sentencia.

He ahí pues otro valor
que sólo depende de cada uno de nosotros: la solidaridad. La persecución nazi,
la judeofobia, costaron millones vidas. La historia es testigo de milenios de
persecución a un pueblo que no era conquistador sino liberador. Pero ni la Shoá
misma pudo otra cosa que fortalecer en el pueblo de Abraham y Moisés la
solidaridad como valor supremo de la vida.

Cuando ya los años le
habían vuelto muy sabio, un entrañable amigo, el Dr. Jacobo Polakiewicz, escribió el libro Huída del Mal.

Un sobreviviente de la
Shoá que nunca estuvo en un Campo, sino en el campo. Nunca fue capturado.
Durante casi dos años hablamos del sueño de su libro con él y con César
Jerozolimski. Cuando el mismo se concretó, tuve el honor de estar a cargo de su
presentación.

Para presentar un libro
hay que leerlo de corrido y eso fue lo
que hice. Durante años. Polakiewicz vivió solo. Dormía en un hoyo escondido,
comiendo frutos del bosque. Un día un Pastor Protestante le descubrió. Desde
entonces como y cuando podía le llevaba una canasta de comida que colgaba en las
ramas de un árbol. La visita era periódica pero irregular. Con eso sobrevivió
hasta el fin de la ignominia.

Un día Jacobo se cruzó
con alguien que había escapado de un Campo de Concentración. El ex prisionero
se asustó y huyó con la poca fuerza que tenía, y con igual escasez de energía él le persiguió gritando en idish
que quería ayudarle. Le llevó a su hoyo, a su hogar. Lo cuidó y compartió con
él las raciones, cada vez menos frecuentes a medida que el control nazi se
volvía más severo.

El libro no contiene una
gota de rencor o de odio. Es un libro de Amor. Jacobo fue feliz, al precio de
su propia hambre. Tenía un amigo al que cuidar y ayudar.

Hace pocas semanas visité
por primera vez el, relativamente nuevo, Memorial de la Shoá en Washington. Distinto de todo lo que había
visto hasta ahora. Me impactó. Pero acá en Uruguay tenemos nuestro pequeño y
removedor Recordatorio.

Allí hay, entre otros, un
ejemplo que, más allá de lo cerca que toca mis afectos, es una lección de las cosas que no se roban por la fuerza. Un
peine. El que consiguió a cambio de una ración de comida Ana Vinocur. Prefirió
pasar más hambre, pero sentir que peinarse, le devolvía su dignidad. He ahí
otro valor contra el que no pueden los culatazos de metrallas ni el humo del
exterminio: la dignidad

Alguno dirá, pero ¿el
artículo no era sobre los 70 años del Levantamiento del Gueto de Varsovia? Si,
es que de eso se trata. Nunca olvidemos la tragedia y que no dejen las
generaciones futuras, a través del recuerdo, mantener vivo el compromiso de
Nunca Más.

En los años de dominio
nazi en Europa, hubo vejámenes, crímenes degradantes y los más crueles delitos
de lesa humanidad. Pero en medio de ello hubo espíritus con libertad, dignidad,
amor y hubo… nunca lo olvidemos: la lucha. Y eso fue el levantamiento del
Gueto.

Dicen que la historia
recuerda sólo a los vencedores. Si es así, Mordejai Anielewicz, murió luchando,
sabiendo que perdía pero luchando. Por eso fue un vencedor y entró a la
Historia. Por la puerta grande.

Peleó, como patriota polaco,
para evitar la invasión alemana que dio inicio formal a la Segunda Guerra
Mundial. Tras ser liberado por el ejército ocupante, resistió, organizó grupos
de combatientes hasta que en el 42 volvió a Varsovia. Allí se enteró de las
sucesivas deportaciones de judíos al campo de exterminio de Treblinka. Quedaban
tras los muros del gueto 60 mil judíos de una población original de casi 400
mil.

En el 43 los alemanes se
vieron sorprendidos por una resistencia organizada de la población. Mordejai y
su novia Mira Fuchrer habían liderado lo que marcó el inicio del Levantamiento
del Gueto de Varsovia. Formaron la “Organización Judía de Combate” (ZOB en su
sigla polaca). Sabían que no podían vencer, pero prefirieron morir luchando,
que indefensos como muchos amigos, vecinos y parientes, exterminados en
Treblinka.

A pesar del muro que
impedía su desplazamiento, más allá de la supremacía militar de los invasores,
la resistencia duró casi un mes sin poder ser sofocada. En esas semanas
murieron luchado casi 15 mil judíos.

Los historiadores
difieren en las cifras de cuántos fueron los sobrevivientes del Levantamiento
que sufrieron la venganza nazi. Algunos hablan de 10 mil, otros tres veces más.
Prácticamente todos fueron llevados al exterminio, otros fusilados. De todos
modos hubo sobrevivientes. Y con ellos la memoria y la sed de Justicia.

En la década del 60 en la
famosa hazaña del hallazgo de Eichmann en Buenos Aires, narrado
apasionantemente por el autor de la operación en el libro “La Casa de la calle
Garibaldi”,[1] algunos sobrevivientes del levantamiento del Gueto de Varsovia
testificaron en el juicio en su contra en el Estado de Israel.

Mordejai no quiso morir
de una bala nazi y se quitó la vida. Algunos dicen que sus cenizas fueron
esparcidas. No se sabe a ciencia cierta donde están los restos físicos de
Mordejai Anielewicz. Simbólicamente figura entre  a lista de los enterrados en el búnker desde
donde comandaba el levantamiento. Así dice la placa que al día de hoy lo recuerda
que supera la duda:

«Tumba de los
combatientes del levantamiento del Gueto de Varsovia … Estas ruinas del
búnker de la calle Mila 18 son el último lugar de descanso de los comandantes y
combatientes de la Organización Judía de Combate, así como de algunos civiles.
Entre ellos se encuentra Mordejai Anielewicz, el comandante en jefe … En el
búnker … reposan más de un centenar de combatientes, sólo algunos de los
cuales son conocidos por su nombre. Aquí el resto, enterrado en donde cayó, nos
recuerda que toda la tierra es su tumba.”

La lucha por las causas
justas, es un valor que enaltece, y como la dignidad y el amor, podrían
reprimirlos pero no quitárselos al pueblo judío. Como nunca por la fuerza se le
puede quitar a nadie. Y si se lucha como en Varsovia, que no se podía ganar, la
dignidad se agiganta. “A veces en la vida hay que saber luchar no sólo sin
miedo, sino también sin esperanza.” [2]

La memoria, es también un
valor. Por eso es responsabilidad de todos, que a Mordejai no se le busque en
tumbas si no en el recuerdo y el ejemplo. Por ejemplo, que en Uruguay haya
estudiantes que se formen en un liceo que lleve su nombre. Y que nos recuerden
que hay cosas con las que no pudo ni siquiera la más cruel de las brutalidades
nazis.

[1] Isser Harel.

[2] Ex Presidente
Italiano Sandro Pertini, combatiente contra el fascismo en su país.