Al aproximarse el Día
Internacional de Recordación de las Víctimas del Holocausto, que este año marca
el septuagésimo aniversario del cierre de Auschwitz, son innumerables las
historias de sobrevivientes que podríamos compartir con los lectores. Esta vez
optamos por recorrer otro camino, conversando con la segunda generación.
Nuestra entrevistada es
Sandra Veinstein (50), docente en el Yavne desde hace 24 años. Es maestra
jardinera y también egresada de profesorado de Historia.
P: Sandra, esta es la
primera vez que estamos en contacto y te agradezco desde ya por tu tiempo. Sé
que te es importante contar la historia de tu papá como sobreviviente de la
Shoá. Resumamos pues, ante todo, la historia de tu papá, y luego lo central
será tu enfoque, como segunda generación.
R: Su nombre es Samuel
Veinstein, aunque su verdadero apellido fue cambiando en el pasaporte, es
Wainstein. Nació en Rumania, en un pueblo llamado Hotin, o Khotyn (se lo puede
ver escrito de estas dos formas). Cuando estalló la guerra, él vivía con sus
padres: su madre, Basia Skolnik; su padre, Mauricio Moshe; su hermano, Yankel,
y su abuela materna, Eva Skolnik.
Cuando los nazis llegan a
su pueblo, él solo tenía 5 o 6 años. Nos contó que aún recuerda las bombas
cayendo sobre su ciudad, recuerda que él y su familia, junto a otros judíos, se
escondieron una noche en un bosque. Pasó hambre, vio cosas terribles, corrió
peligro constante de muerte y perdió a seres queridos. Después de la guerra, un
hermano de mi abuela -que había viajado antes de la guerra a Uruguay- los
encuentra y les envía los pasajes. Así, mi abuela y mi padre llegan a Uruguay y
comienzan a reconstruir sus vidas, y sin lugar a duda lo logran.
P: Esa es la lección
principal. Sandra, me comentaste antes de la entrevista que tu papá no contó
nada sobre la Shoá hasta que sus nietos -o sea, tus hijos, y quizás también
sobrinos tuyos- comenzaron a preguntar, ¿verdad?
R: En realidad, cuando
tenía 7 u 8 años, un familiar cercano nos dice a mi hermana y a mí que la
persona a quien llamábamos abuelo no lo era, que nuestro abuelo verdadero había
muerto. Fue entonces que ante esta situación nuestro padre nos cuenta de su
familia en Rumania y cómo había llegado a Uruguay. Esa noche le dije a mi padre
que cuando fuera grande y tuviera un hijo varón se llamaría como su padre. Así
fue: mi primer hijo fue varón y lleva el nombre de mi abuelo, Mauricio Moshe.
Después de esa
conversación nunca más hablamos sobre el tema, tampoco con mi abuela, que vivió
un tiempo en nuestra casa. Nadie hablaba del tema y tampoco preguntábamos. Sí
recuerdo que mi abuela rezaba en su cuarto y muchas veces la veía llorar. Mi
abuela era muy especial, tenía una adoración muy profunda por sus nietas, era
una persona muy arrugadita, siempre pensaba que cada arruga era una parte de
todo su sufrimiento.
El tiempo pasó, y cuando
mis hijos crecieron querían saber… y fue entonces cuando papá comenzó a
hablar. Mis hijos viajaron a Israel en el programa de Shnat y realizaron el
viaje a Polonia, que para ellos fue muy conmovedor. Estuvieron en contacto con
su Seide, contándoles sus experiencias. Tengo tres sobrinas, hijas de mi
hermana, que también preguntaron.
P: Pero ¿qué es lo que tú
sabías antes? ¿No sabías que era sobreviviente?
R: Sí sabía que era
sobreviviente y que había llegado al Uruguay porque un hermano de mi abuela
estaba aquí antes de la guerra. Sabía también que mi abuelo había muerto
luchando como soldado del ejército ruso y algunos detalles más.
P: ¿Cambió tu forma de
verlo a tu papá cuando, tan chica, con 7 u 8 años, te enteraste de parte de su
historia?
R: Cuando lo supe era una
niña y no recuerdo ningún cambio. Todo fue distinto cuando papá comenzó a
hablar no solo de la guerra sino también de su infancia, los recuerdos de
juegos con su hermano, la relación especial con su querida abuela materna Eva,
de bendita memoria. También están los recuerdos tristes, que son muchos y que
nos conmueven a toda la familia. Hoy pude entender parte de su personalidad,
por qué trata de disfrutar sobre todo el presente y lo vive con intensidad. Él
siempre le dice a mi madre que hay que disfrutar de los momentos buenos porque
los malos llegarán.
De derecha a izquierda,los adultos son: Basia Skolnik
Z»L (abuela de Sandra), Eva Skolnik Z»L (la bisabuela), Mauricio
Moshe Veinstein Z»L (el abuelo). Los dos niños: a la derecha, el padre de
Sandra, Samuel Veinstein, y su hermano Yankel.
P: Ser sobreviviente
implica llevar en el corazón y la memoria una carga terrible y, al mismo
tiempo, quizás también un gran agradecimiento por haber quedado vivo. ¿Se veía
eso en tu hogar? ¿Había algo en la educación, en la actitud de tu padre que te
podía hacer pensar que no había tenido una vida normal?
R: Doy gracias a mis
padres porque el hogar donde crecí fue totalmente normal. Fui educada con mucho
amor y nunca nos trasmitieron deseos de odio o de venganza. Mi padre siempre
fue cariñoso y afectuoso con sus hijas y hoy con sus nietos, con los cuales
tiene una relación especial.
Hace muy poco tiempo mi
padre me dijo algo que escuché decir a muchos sobrevivientes: «Cuando
llegué a Uruguay, quise olvidar todo, dejar atrás el pasado y no recordar para
no sufrir, dejarlo enterrado. Hoy siento que quiero recordar a mi familia que
quedó en Europa».
P: Qué fuerte y qué
lógico, Sandra. ¿Cómo incidió en ti saber lo que vivió tu papá? Quizás algo así
ayuda a tomar con las proporciones debidas cada cosa que pasa en la vida…
R: Siento que desde niña
seguramente esto me marcó, aunque no lo pusiéramos en palabras. Sentí mucha
necesidad de saber cuando fui madre, tenía que intentar reconstruir nuestro
pasado para mirar al futuro. Sentí que era mi responsabilidad como madre
contarles a mis hijos quiénes habían sido mis abuelos, de donde venían. En
definitiva: saber quién era yo.
Hace un tiempo escuché a
un hijo de sobreviviente decir que él también lo era y a partir de ese momento
pude entender mucho de lo que sentía. Sentí, como hija de un sobreviviente de
la Shoá, que soy parte de esa historia que no he querido olvidar, que debo
recordar para las generaciones futuras.
P: ¿Cómo explicarías a
alguien que no tiene a nadie que pasó la Shoá, que por suerte no lleva a
cuestas esos recuerdos, lo que significa ser hija de un sobreviviente?
R: Es muy difícil poner
en palabras lo que uno siente como hija de sobreviviente y creo que cada uno lo
lleva a su manera. En mi caso tengo un sentimiento de gran responsabilidad, con
mi familia primero y luego con la humanidad toda. Esto podrá sonar como una
gran carga, pero es así. Siento que debo hacer cosas para que no se olvide lo
que pasó, que debemos recordar y cultivar la memoria. Muchos sobrevivientes
murieron sin contar sus historias y eso no debe pasar.
P: Y ahora que se cumplen
70 años del cierre de Auschwitz, ¿qué te inspira esta fecha?
R: Desde el vamos me gustó
como me formulas la pregunta, el «cierre», pues generalmente se habla
de la liberación y sabemos bien que eso no fue así. Es sin duda una fecha muy
significativa que nos recuerda los horrores que vivieron las víctimas y los
sobrevivientes que estuvieron allí. Solo ellos saben lo que fue Auschwitz. Uno
puede intentar imaginar leyendo los diarios de los sobrevivientes, pero creo
que nadie nunca podrá sentir lo que era estar allí.
Es la responsabilidad de
la humanidad toda recordar Auschwitz, escuchar a sus sobrevivientes y nunca
callar sus voces, que deben estar siempre en el presente y en el futuro.
Primo Levi, en su
Trilogía de Auschwitz, nos hace sentir en alguna forma lo que era estar allí:
«Lo que fue de los demás, de las mujeres, de los niños, de los viejos, no
pudimos saberlo, ni entonces ni después: la noche se los tragó, pura y
simplemente».
Primo Levi nos pone a
flor de piel los sentimientos más tristes, más espantosos que un ser humano
vivió en Auschwitz, y es nuestro deber como humanidad hacer todo lo que está a
nuestro alcance para que otro Auschwitz no se repita.
P: Él llevaba todo eso en
su memoria y en su ser y no pudo más… Terminó quitándose la vida.
R: Así es. Estoy
convencida que para esto la educación es lo que nos puede salvar. Educar en
valores, en respeto al otro, y sobre todo promover en nuestros jóvenes la
capacidad de tener un pensamiento crítico, para lograr así discernir entre el
bien y el mal.
P: Y ese es el mensaje
más actual y clave de cara al futuro, que sale precisamente del recuerdo del
pasado. Sandra, te agradezco infinitamente haber compartido con nuestros
lectores todo esto. Tiene un gran valor.
R: Gracias a ti, Ana.
Sin olvido
23/Ene/2015
Montevideo Portal, por Ana Jerozolimski